| LA JIRIBILLA |
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LAS CONFIDENCIAS DE —Si tuvieras que presentarte mañana mismo ante un público que no te conozca de nada, y te pidieran un currículo de lo mejor que has hecho, y además, una definición de ti misma, cómo estarían redactadas estas dos notas introductorias. —No redactaría nada, saldría corriendo despavorida. Me da terror, me parece horrible tener que explicar quién soy y lo que hice. Yo me paro ahí y les digo, ustedes pregúntenme y yo les respondo... No les enseñaría nada, qué puedo yo enseñarle a alguien, lo único que sé es aprender. Muestro y doy lo que tengo y lo que soy, con eso pueden hacer lo que quieran. Lo único que puedo es compartir, disfrutar a la par de aquel que quiera recibir mi invitación. Eso no significa que no tenga criterios concretos y que los defienda, incluso, de manera muy vehemente, por eso algunos me creen molesta, o que pienso sabérmelo todo, no importa, eso sucede. Me angustia exhibirme y ser observada, aunque disfruto observando a los otros, y comprendiéndolos desde el “intento” de la no calificación. Juzgar es un acto de intromisión muy desagradable, aunque sumamente tentador. —No hay entonces ni una pizca de vanidad, de autosuficiencia o afán por sobresalir en Beatriz Valdés. —Cuando era chiquita, tenía entre once y quince años, me recuerdo atravesando a pie la loma del Vedado que me llevaba a Saumell. En el largo camino, me soñaba muy exitosa, en un teatro lleno a reventar y que me llamaban del escenario. Yo atravesaba aquel pasillo rodeado de lunetas, con mucha gente aplaudiendo en cámara lenta, y llegaba a escena y agradecía la ovación. Y bueno... alguna vez pasó. Pero más allá del contexto en el que entonces me proyectaba, ya sufría el terror de saberme 'expuesta'. Si soy vanidosa es porque me encanta ser como soy, ocupar el lugar este que ocupo y no otro. Y cualquiera que me conozca superficialmente me acusaría de descaro, si te digo que soy también muy tímida y que padezco de un atroces pánicos. El temor es mi eterno compañero y enfrentarlo me ha permitido ser precavida, estar alerta, y también me ha regalado el enorme placer de mandarlo, casi siempre, al carajo". —Así que el miedo es constante. Yo pensé que te aguijoneaba más bien la necesidad de sentirte osada, de retar y desafiar. Algunos de tus papeles no podían hacerse con miedo. —En el caso de La bella... sí fue un desafío, pero también hubo mucho de disciplina y de ejercitación. Estuve un año preparándome para esa película y colaboraron conmigo muchas personas que me ayudaron a conformar ese personaje. No fue producto ni mucho menos de la "voluntad inexpugnable y férrea" que yo tuviera para atreverme a tal o más cual cosa. Tuve el privilegio de contar con gente que individualizaron cada objetivo a cumplir y me acompañaron en un proceso que resultó maravilloso. ¿Qué hubiera sido de mí si no hubiera contado con Olivia Belisaire, que me enseñó a bailar, sin el coreógrafo Gustavo Herrera, sin Zenaida Castro, que me recibió en su casa todos los días para dar clases de canto, sin ese cineasta que se llama Enrique Pineda Barnet? En el caso de Manuela Sáenz tuve poquísimo tiempo para prepararme, apenas quince días, y sabía de ella lo mismo que sabemos todos, así que de pronto hube de cubrirme con los fragmentos de un personaje histórico maltratado por la historia, una mujer de quien se sabe poco y no siempre se habla bien, cuando se habla. Me fue preciso invocarla casi, para que me brotara de adentro, y resucitarla en mi rostro, con mi voz y mis gestos, y hacerla vivir otra vez en todas y cada una de las situaciones que el guión planteaba. Lo que salió, me brotó de adentro. Ahí está el resultado, que lo evalúen otros. —Debes disponer entonces de todo un repertorio de trucos, en el buen sentido, para incorporar esas otras vidas, para exhibirte del modo en que deben hacerlo los actores. —Yo adquiero los elementos para actuar preguntándolo y averiguándolo todo. Es algo tan notable en mí que algunos se desconciertan cuando se ven obligados a ceder el espacio que yo exijo. Trato de no abandonar ninguna posibilidad antes de enfrentar un trabajo. En el momento en que dicen ¡Acción!, ya tengo una cantidad de información que está ahí y que de alguna manera va a salir. Tengo la responsabilidad de reconstruir toda la vida de mis personajes, sus porqués y cómo actúan ante cada circunstancia. Mi manera es detenerme en la trascendencia y en el valor de cada cosa, porque cada palabra y acción dramática es el resultado de una exploración anterior. Soy responsable de emitir ese discurso limpio y por eso me permito este escrutinio inevitable. Trato de hacerle caso a la intuición y al raciocinio. Una complementa al otro. Encárgate tú de clasificarme como actriz intuitiva o reflexiva. Hay actores que pasan por mi proceso mucho más rápidamente. Yo tengo que dedicarle tiempo, y me encanta. —Después del grandioso éxito de La bella del Alhambra, el público se quedó esperando otra película cubana contigo en el protagónico, y eso no ocurrió hasta ahora, que estás rodando aquí Perfecto amor equivocado. ¿Qué pasó?, ¿no recibiste propuestas de nuestros realizadores? —Pasó... la vida, simplemente. Salí embarazada y la decisión de tener un hijo invalidó la posibilidad de hacer en ese momento otra película. Claro que hubo otras propuestas muy hermosas. Pero un embarazo requiere un mínimo de dos años sin trabajar. Después la vida volvió a cambiar... Ya estando en Venezuela, en 1993, Orlando Rojas me ofreció Cerrado por Reformas. Estuve aquí varios meses en la preparación de la película y lo disfruté muchísimo. Llegamos a filmar algunas escenas, pero finalmente no se realizó . —En líneas generales, ¿qué hiciste desde entonces, a partir de que te radicaras fundamentalmente en Venezuela? —Hice cine, teatro y televisión. Por mencionarte solo lo último en que tomé parte, llevo casi dos años haciendo Monólogos de la vagina. Una obra de teatro norteamericana que ha tenido un enorme impacto en las ciudades más importantes del mundo entero. Sé que cuando se montó en Cuba fue una versión un poco más libre, y tengo muy buenas referencias de lo que hicieron aquí. Creo que es una obra extraordinaria, que permite un acercamiento a la feminidad desde la aceptación y la celebración, y el resultado es muy enriquecedor y reconfortante. Hace años, como en el 95 ó 96, no le pidas mucho a mi memoria que está muy malita, hice también en teatro La casa de Bernarda Alba. Con José Ignacio Cabrujas, director y escritor fundamental, tanto para la televisión como para el teatro venezolano. Imagínate que aquí en Cuba, la había hecho ya con Berta Martínez. Yo estaba empezando, creo que no me había graduado todavía en el ISA. Por ese entonces, formaba parte de Teatro Estudio, allí crecí. A ese lugar le debo todas las referencias más importantes de mi carrera. Berta Martínez por supuesto la dirigía, yo hacía el coro, pero recordarás que en su puesta el coro era otro personaje, tal vez el más importante. De manera que fue una experiencia extraordinaria, un privilegio, experimentar ese lenguaje tan rico y tan particular de Berta. Hago poco teatro, pero siempre el que me gusta. A la televisión sí me dedico permanentemente. Las telenovelas me alimentan, de eso vivo. Ojo... no solo me alimentan el estómago, sino también el espíritu, porque disfruto lo que hago, a pesar de que las telenovelas no tienen mucho prestigio intelectual. Pero trato de disfrutar, de jugar con todo lo que hago. — ¿Y no te han encerrado en un personaje-tipo? —Sí, ha pasado, hay cierto patrón que se repite, de acuerdo a una imagen que pareciera que les gusta de mí. Siempre me dan personajes de... Mira, lo que pasa es que en Venezuela no eliges lo que haces. Son así las estructuras, las pautas establecidas, y uno poco a poco se va acostumbrando. Básicamente te dicen: Te quiero para tal personaje y tú lo aceptas o no, sabiendo que puedes tomarte libertades solo a la hora de abordar ese personaje, de hacerlo a la manera en que lo sientes. Uno conoce las reglas del juego y juega, ese es el reto. — ¿Te has sentido alguna vez irrespetada, subutilizada profesionalmente? —Sí, me ha ocurrido, como a otros, supongo. Y me pasó aquí en Cuba, en mis mejores tiempos y créeme que no es nada agradable. Ahora, cuando me pienso en esa época, comprendo que es probable que mi convocatoria no fue suficientemente plural, para que me vieran en ciertos y determinados personajes para los cuales yo me sentía capacitada. Hay maneras de uno enunciarse, y anunciarse, sin hacerlo directamente, que en mí quizás fallaron, y me hicieron lamentar no haber formado parte de uno u otro proyectos. Pero en esta profesión no basta con ver, también hay que saber "mirar" y eso es más difícil. Recuerdo cuando hice La bella... que algunos juzgaban errada mi elección. Fue una apuesta total y absolutamente hermosa la de Enrique (Pineda Barnet). Enrique quiso y creyó en lo que "miró". Como creyeron Eduardo Moya y Juan Vilar, al que le debo lo mejor de mi memoria profesional por tanto hermoso trabajo compartido, y otros más que sería largo mencionar. Antes, si me eligieron y deseligieron al mismo tiempo, fue seguramente porque no sintieron esa misma confianza y certeza. Pero hay una parte de mí que reconoce mi responsabilidad y aprende. Esta profesión te permite abordar cada trabajo como si fuera la primera y la última vez. Es más bonito pensar que es la primera, porque una vez que así lo sientes, sabes que te faltan muchas cosas por hacer. Pero ocurre que si piensas que es la última, das todo lo que tienes, y te vacías, sabiendo que luego te vas a volver a llenar. No digo que esta sea la mejor manera de pensar, digo que es la mía. Por eso te lo decía antes: a pesar del desprestigio que acompaña a la telenovela, es un ejercicio profesional provocador de enormes sensaciones. No por el resultado, que ya no me importa tanto, sino por el proceso de escrutar días, meses, años. Ahí disfruto una sensación de libertad absoluta, es mi parque de diversiones. — ¿Qué contenido encierra para ti la frase “buena actuación”? —No lo sé muy bien, eso es tan subjetivo, para mí un buen actor es aquel al que yo le crea. El actor es una suerte de vehículo, un instrumento para contar una vida pero en resumen, sin contar con la cotidianidad, que siempre es más explícita. De manera que si me creo el "resumen" de esa vida, para mí es bueno. Si no me lo creo, no significa que sea mal actor. No es mi ejercicio permanente juzgar ni lo que hago ni lo que hacen otros. El acto de elegir al actor que me gusta, pasa por la aceptación natural de lo que recibo de él. Algo extraordinariamente placentero se percibe con lo que trasmiten y comunican los buenos actores, o los pintores, o los músicos, o los artistas en general, pero es muy relativa la aplicación de esa subjetividad enjuiciadora. Nadie tiene la verdad en la mano, y el proceso de percepción tiene que ver también con las energías, con la disposición de alguien en el momento en que recibió ese estímulo. —Casi todos los actores coinciden en afirmar que no es esta la profesión más regalada del mundo. ¿Qué móviles te llevaron a este oficio y cuáles te estimulan todavía? —El cuento lo he hecho muchas veces. Empecé en Teatro Estudio, donde tocaba guitarra, cantaba, jugaba cada semana a ejercer el arte en el sentido más amplio de la palabra. Lo primero que hice con propósito concreto, fue entrar en el Conservatorio a estudiar música (guitarra) por cinco años. Nunca fui tan disciplinada ni tuve tanta voluntad como cuando me sometía a cuatro horas diarias delante de un atril. Una parte de mí me decía, desde siempre, que no era ese el camino con el cual debía comprometerme para toda la vida. Necesitaba emitir otras señales de una manera más cercana a mi personalidad. Después de tantos años en esta profesión, me doy cuenta que mi punto de observación tenía que ver con prestarle mi emoción, mi piel y mi archivo de sensaciones, a los personajes. Eso tiene que ver con la manera con que el creador observa lo que le rodea. Unos lo traducen en letra o en danza, otros lo expresan en un modo tan abstracto y hermoso como la música. Mi modo de entenderme, de conectarme con lo que tengo dentro, con lo que quiero decir, es la actuación. Sigue siendo hasta hoy de la misma manera y ahora lo puedo explicar un poquito mejor. — ¿Preferirías que el público se quede en el limbo de creerte similar a tus personajes, o te gustaría entregar una imagen más cercana a tu experiencia personal? —Yo no prefiero nada. El espectador tiene cuerpo y alma, y se apropia de mí en un ejercicio del cual es totalmente dueño, porque recibe no una imagen personal mía, sino de un "personaje" que yo interpreto. Por lo tanto, no me está conociendo a mí, sino a ese ser que yo le estoy regalando. Con esa información puede hacer, y de hecho hace, lo que le da la gana. Suele suceder que el público se adueña tanto de una que saca conclusiones con una contundencia tremenda y muy alejada de la realidad. —Y tal apropiación, ¿te molesta?... —Me parece muy gracioso. El espectador siente que tú le perteneces hasta el punto de poder disponer de tu vida y tu persona. Esa es su voluntad, no la mía. Cada uno tiene derecho a pensar lo que quiera, a fabular lo que decida, y elegirme o no. ¿Cómo voy yo a pretender que se piense o no se piense esto o aquello? No tengo ninguna intención ni el poder para detener ese proceso, y de tenerlos, sería inútil. Por eso, ni siquiera lo intento. —Será por eso que no te gustan para nada las entrevistas.
—Me gusta conversar, intercambiar opiniones, me gusta
escuchar y que me escuchen, Así como hemos hecho hoy. A
partir de hoy, los dos nos conocemos más y por ende,
hemos ganado. |
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