LA JIRIBILLA

GALLOS PARA EL COMBATE
 
Cuentan que fueron los conquistadores quienes desembarcaron los gallos en estas tierras. Desde entonces aquellos “animales de pelea”, al decir de nuestros nativos, se convertirían en uno de los símbolos representativos de nuestra idiosincrasia.


Leandro Estupiñán |
La Habana

 

El final de un gallo fino puede encontrarse bastante lejos de la tradicional valla. Si en ella el animal no se bate como verdadero gladiador, su dueño olvidará de inmediato el tiempo destinado a su crianza. Quizás por este motivo los veinte minutos de combate se vuelven tan valiosos, no solo para los rivales, también para sus dueños.

La preocupación comienza cuando encierran al primero en la jaula del patio. El animal desconoce su suerte y el criador se esmera en mostrársela. La idea es sencilla: cuidarlo hasta que se encuentre listo para enfrentar al primer adversario, quien puede ser experimentado o tan novato como él en asuntos de trifulcas.

Cada mañana al gallo deberá exponérsele a la luz del sol luego de un baño con agua y alcohol para eliminar cualquier infección del cuerpo. Le sigue una correcta alimentación compuesta por maíz, huevos y carne. “Un gallo que peleará debe encontrarse bien alimentado. Por lo menos debe suministrársele comida tres veces al día; aunque en pocas cantidades para evitar los excesos de peso”, insisten los expertos.

Ya fuerte, luego de un cuidado correcto,  puede conducírsele a la valla donde se produce el momento más importante para un criador, la prueba de cría o, como popularmente la conocemos, la pelea de gallos.

Por lo general, ocurren los fines de semana. En la valla comienza la afluencia de personas, apenas el sol asoma. Llegan de todos lados y trasportados por cualquier medio. Comienzan las ofertas gastronómicas, las ansiedades, las apuestas… Mas la prioridad resulta  inscribir inmediatamente a sus guerreros.

El pesaje, la revisión de las espuelas, un exhaustivo chequeo médico donde podrá saberse si posee alguna sustancia venenosa en sus plumas, serán los pasos que antecedan la pelea. Entre comentarios de las mejores batallas en el pasado, los criadores esperan el inicio de la jornada. Así ha sido por años la tradición y crianza de los gallos finos en Cuba. 

Dicen que fueron los españoles quienes los desembarcaron en estas tierras; y esta, como otras propuestas ibéricas, se volvió parte inseparable de la cultura, entonces en formación.

Atraídos por su belleza o por la valentía de estas aves, de la cual se enorgullecen, quienes se dedican a la crianza de los gallos vuelven a deleitarse con una tradición mantenida a discreción desde el triunfo revolucionario. Entonces una de las primeras prohibiciones  del naciente gobierno había sido la eliminación de los muchos vicios reinantes en la sociedad. Fue así como la cría de gallos finos quedó condenada a la ilegalidad.

Sobrevivió gracias a los fieles que nunca renunciaron al cuidado de aves tan elegantes. Para ellos la reproducción de estas no se traducía en ganancias monetarias; sino en un poco más. Se trataba de una habilidad transmitida por sus padres, y a la cual apenas podían resistirse.

Vuelven a establecerse por casi todo el país las vallas estatales, controladas y organizadas en esta ocasión,  por la Dirección de Flora y Fauna en cada región; y quienes tienen por encomienda, además de motivar y agrupar a los criadores, el contrarrestar las peleas clandestinas, como bien afirman los rectores de La vega, ubicada en Holguín. 

“En la actualidad existen importantes vallas en muchas regiones, como El palenque, en Ciudad de La Habana. Los criadores, además de intercambiarnos los mejores animales para pie de cría, exportamos lo más destacado de la especie a otras partes de América.”  

Muchos han regresado a la vieja costumbre. Transitan por las calles llevando entre sus manos uno de estos gallos, peculiares por sus muslos desabrigados y su mirada desafiante cuando se cruzan con cualquier semejante. La tradición resurge del olvido.

Bien pudo haber sido por la  misma herencia, o por el encanto inherente, que tanto Mariano como  el coronel a quien nadie le escribe, decidieron por una u otra causa identificarse con los gallos.

Y cuando la pelea termina también termina el sobresalto. Si a nuestro púgil lo agobia la derrota, de nada valen las jornadas de preparación y cuidado. Su dueño no vacilará. De un flamante guerrero de mil batallas, nuestro gallo puede, simplemente, quedar transformado en sustancia para cualquier plato de sopa.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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