| LA JIRIBILLA | |||||
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MARTÍ NUNCA ESTUVO EN EL EXILIO
El
apóstol, cual haz de inspiración, ha sido —a través de
los años— visto desde los más disímiles costados. Su
pensamiento, acción, lírica, ética…en fin, su huella
toda, ha constituido centro de atención de poetas,
ensayistas, narradores y artistas plásticos.
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Recientemente pudo verse en La Habana (Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís y Casa Natal de Martí) una serie de rostros (acrílico sobre tela) del Héroe Nacional Cubano, piezas en las que la línea perfecta y el trazo seguro se complementan con el desbordamiento del color.
—Estamos festejando el aniversario 150 del natalicio del maestro y el 185 de la fundación de la Academia de San Alejandro donde Martí fue discípulo.
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Para mí Martí es fuente de inspiración y tema de referencia obligada porque constituye el espacio en el cual vivo.
Recientemente escuché afirmar al doctor Armando Hart Dávalos, director del Programa Nacional Martiano, que el apóstol es el “equilibrio del mundo”. En días pasados comprendí en toda su magnitud ese postulado y es que, como profesor de artes visuales, uno está obligado a enseñar leyes y principios. Cuando se habla de equilibrio se habla de composición, se habla de masas estructurales que definen la vida. Él es columna de una cultura, es eje básico que sostiene todo un pensamiento de inmensa carga conceptual. Ese es el misterio del maestro, que está presente en nuestras vidas, y en la forma en que cada día se nos presenta en los textos y en las nuevas imágenes. Como hombre martiano, lleno de sencillez, trato de dar estos rostros martianos repletos de amor, de poesía y optimismo ante la vida.
Martí vivió en la luz y vio las sombras y también en las sombras fue capaz de ver la luz. Momentos de buena salud y otros de no tanta, instantes de sufrimiento y de amor pleno; años de exilio, pero nuestro maestro, jamás, ni en su obra ni en su proyección, dejó entrever algo que interrumpiera su proyección conceptual. Nunca salió de Cuba, nunca estuvo en el exilio porque vivió las 24 horas del día añorando esta hermosa Isla, ese es uno de sus tantos misterios.
Conoció el dolor, conoció la traición, pero cuando escribía era capaz de superarlo todo, tanto en su vida como en su obra.
–Durante muchos años fue profesor de San Alejandro. ¿Por qué desde los inicios de su vida creativa hubo acercamientos a la figura de Martí?
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—En 1974, en el Concurso 26 de Julio, obtuve mención honorífica con Pensamiento Martiano. La devoción a esa gran figura viene gracias a las enseñanzas de mi familia. Recuerdo que en la casa de la Calle San Miguel 119, entre Unión y Maceo, en la provincia de Villa Clara, donde nací y pasé mi niñez y adolescencia, mi madre y mi padre siempre tuvieron el rostro de Martí. Le ponían flores, jamás olvidaré este detalle. Fue la enseñanza. Mis hijos siguen el mismo ejemplo, por eso pinto al maestro.
– ¿Por qué tanto color en su obra?
—Estremecimiento porque es vida, vibración porque es proyección en el espacio, color porque es la lucha de los complementarios. Ese es mi Martí; una irradiación de luz. No hay mayor belleza que en el estremecimiento de un rojo con un verde, de un azul con un naranja, de una luz con una sombra. Hay que ser diestro para poderlo llavear.
Así veo a Martí: se me presenta en un contraste de máxima luz. Su figura ha sido tratada por grandes pintores de la plástica nacional cubana, mis maestros que aún viven, como Adigio Benítez, recientemente Premio Nacional de Artes Plásticas, Orlando Yánez me enseñaron a sentirlo, pero — sobre todo— hacerlo mío. Pienso que Martí tiene que ser como lo sientas, como lo leas, como lo lleves dentro de ti; de ahí este Martí fuerte, enérgico con una estructura en un dibujo muy firme tal cual fue y es pensamiento.
–Sin embargo en su obra percibo no solo una recurrencia marcadamente figurativa, sino una referencia explícita a distintos momentos de la vida del maestro.
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—Había un nivel de riesgo: el repetirse y uno no debe caer en esa trampa porque empobrece el resultado. Lo presento en distintas etapas de su Vida: Martí adolescente, Martí gladiador, Misterio martiano, es decir, diversos contextos. ¿Por qué virtual? ¿Dónde hallar la figura y dónde el fondo, si para mí Martí es el espacio? ¿Por qué complemento? Porque me auxilio del color para dar la carga conceptual. Su cabeza es una proyección y una explosión complementaria del color. Fue un reto ya que podía perder la obra cuando ponía la acción del brochazo en la cuerda de los complementarios, sin embargo, lo atrapo con la más dulce de su mirada. ¿Por qué Gladiador? Porque supo enfrentarse a la vida, la conoció en todo su esplendor y cada momento le sacó partido. A los instantes de sufrimiento, felicidad o agonía hay que extraerle provecho. Eso me lo enseñó Martí. Cuarenta y dos años, muy poca vida, un gran exilio y, sin embargo, ¡qué huella!
—Las obras que hago de Martí no las vendo, no las comercializo, son mi patrimonio y lo único que heredará mi familia y se quedará en Cuba. Lucho, trato de ser un hombre verdadero en la vida. Pintándolo me purifico.
Intento ser un buen martiano en ejemplo, en sencillez, en dignidad ante mi familia, en educación a mis hijos, en fidelidad a mi patria.
– ¿En esta serie de rostros martianos hay más sentimiento que técnica?
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—No puedo separar, constituyen un binomio indisoluble
porque están perfectamente imbricados en un matrimonio
feliz. Hay a quienes les interesa hacer un virtuosismo
técnico y comprendo esa preocupación. No obstante,
cuando se llega a una determinada etapa —como la mía en
la que me acerco a los 53 años— se acumula experiencia y
también amor. Lo que quiero es simplemente vivir para
poder pintar.
© La Jiribilla. La Habana. 2003
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