| LA JIRIBILLA |
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Para José Miguel Pérez, martiano.
Rafael Acosta de Arriba El sábado pasado pasé unas horas en casa de José Miguel Pérez para apreciar y disfrutar lo último de su creación artística. Vi estos cuadros donde José Martí es la imagen predominante pero vi otras temáticas, mujeres, naturalezas muertas, gallos y otras más. La primera impresión era clara: José Miguel está trabajando frenéticamente o, con pasión, como se prefiera decir. Disfruté además de su cordialidad, del calor solidario que él sabe prodigar de manera muy peculiar, una suerte de estilo o elegancia en las formas que le nace con toda autenticidad. La segunda impresión me la produjo la colección de imágenes martianas que hoy inauguramos y sobre las cuales el artista me pedía algún comentario. Fui repasando una a una las piezas. Medité en cuánto gravita la figura de José Martí en todo buen cubano, una gravitación afortunada, saludable, pudiera decir que proteica, como era el caso de los cuadros de José Miguel. Allí —ahora aquí— estaba la inocencia, la tristeza húmeda, el soñador, la firmeza y la resolución, el oceánico Martí. Cada rostro me deparaba una sensación diferente, con lo cual entraba en el juego arte, espectador que se había propuesto con toda sencillez el creador. Sí, no cabe duda, Martí es un gran misterio para la historia, la identidad, la cultura y el ser nacional. Un misterio fundador en constante renovación, un misterio capaz de lograr la autoría intelectual de la Revolución de Fidel, de engendrar obras literarias como la de Fina García Marruz y Cintio Vitier, músicas y canciones extraordinarias, obras de arte de un gran sentido poético y visual. Alimentar una cultura. Salí ese sábado con la certidumbre de que la muestra poseía un valor artístico que rebasaba la sencilla composición del dibujo, el dinámico empleo del color, la reverencial actitud del artista. Era otro Martí, y por tanto, merecía ser exhibida y apreciada por muchas personas. Era el Martí de José Miguel. Después leí un grupo de reseñas sobre su obra y comprendí que desde sus inicios, allá por 1974, ya José Miguel había ganado una mención con un cuadro sobre el apóstol. Era, es, pues, una relación de años entre el creador y la figura histórica. Esto supone una madurez en su reflexión y en su proyección visual. No me demoro más con estas simples palabras de presentación que José Miguel no necesita. Todos conocemos su entrega al arte y a la enseñanza artística, es un hombre de la cultura, de su familia, un buen hombre que es respetado por todos. Es un artista reconocido. Le agradecemos esta excelente muestra al entregarnos su visión personal de José Martí.
La Habana, julio del 2002 |
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