LA JIRIBILLA

REGALO DEL COLIBRÍ
 
“Si muero fuera de Cuba, hermano, que me devuelvan aquí y si muero en Cuba, que me entierren en Lajas.”


Lisandro Otero|
México

Así es, Bartolomé Maximiliano, no quieres enredarte con la Pelona. No quieres que te lleve, y te untas las manos de ron y lo hueles como un perfume de Francia porque ya no puedes beberlo. Pero no habrá remisiones. Tienes tu cita concertada y cumplirás. El Enviado pudiera ser este viejo exhausto que conduce un carromato tirado por caballos bermejos y con amabilidad te dice: “Es la hora, Maximiliano; cumple con lo pactado y ríndete mansamente a tu destino. Ven conmigo, ¡vamos!” Habías rondado tu ventura con tres accidentes; sobre todo cuando se partió el ala del avión y comenzó a incendiarse. Presentías la Providencia cuando no pudiste ingerir un alimento más y le dijiste al flautista: “No puedo, no puedo comer”. La bestia te mordía el hígado con un pico porfiado. El primer vómito de sangre fue en Colón, el segundo en Tinguaro y el tercero en Perico. La bestia lamía tu herida con su lengua bífida. En Jovellanos pidieron una esponja para absorber la sangre en el piso del auto mientras te limpiaban la boca con un pañuelo. De ahí a tu casa, porque deseabas despedirte de tus hijos, y después dijiste: “Me cogió la rueda”. En el hospital te sumergiste en el letargo del que no retornaste. Los salones del Liceo estaban llenos de flores. Cuatro comandantes te llevaron en hombros. Los congos batieron sus parches y en una urna quedaron tu sombrero y tu bastón.

Pero no, Bartolo Moré, no deseo recordarte en un lago de sangre, quiero verte en el camión de coles marchando hacia tu estrella. En un camión de coles hacia La Habana. “¿Hacia dónde va, puede llevarme?” Le mentiste al camionero: tu madre no estaba enferma en un hospital: aguardaba confiada que los Dioses te acompañaran. Eres descendiente de reyes, de Gundo, que vino de monarcas del Congo: tu tatarabuelo, raptado de las playas africanas para servir al conde de Casa Moré en el Central La Santísima Trinidad, de Santa Isabel de Las Lajas. De la simiente de Gundo nació la bella Julia que fue amada por el coronel Simeón Armenteros, sin recibir su apellido; y seguiste siendo un Moré de linaje matriarcal cuando tu abuela Patricia Moré fue gozada por un español de bolsillos repletos que tampoco reconoció a Virginia, tu madre. En un camión de coles, podridas por el violento sol, hacia La Habana; el mayor de los dieciocho hijos de Virginia, el de mejor letra, el que leía mejor. Flaco y desgarbado, con dos colmillos hambrientos como los de un lobo en acecho, deambulaste despreocupado y feroz en busca de tu oportunidad. Primero vendiste frutos y viandas maltratados por el acarreo, las “averías”, y luego, como yerbero, trasegaste ruda para la digestión, anís para los vómitos, cañasanta para el asma, siguaraya para el hígado, romerillo para el reumatismo, cundeamor para la diabetes, adormidera para el dolor de muelas y albahaca para los desvelos. Entonces continuaste con lo mismo que habías hecho en Lajas, cantar. Los turistas ingerían cangrejos rojizos como cardenales en El Templete, frente a la bahía, y tú les cantabas sones de tu tierra, sones claros como la madera de tu guitarrita vieja, y si lograbas llegar al final de tu trova, es decir, si no enviaban a un esbirro diligente a echarte del portal, podías pasar el platillo mientras exhortabas a la generosidad: “¡Coopere con el artista cubano!” Frente a ti flotaban las goletas pescadoras y sobresalían las chimeneas de los vapores que traían indianos aplatanados desde España y los transbordadores de la Peninsular and Occidental Steamship que conducían desde Miami, en solo una noche, rubias platinadas que venían a probar el ron cubano en el Sloppy Joe´s y la calentura de los mulatos. Era la época de Orlando de la Rosa y Tito Guízar, de Mario Fernández Porta y Pedro Vargas. Se cantaba “Nosotros que nos queremos tanto”, y se bailaba el danzón “Almendra”, que luego tomó Leonard Bernstein para su Fancy Free. Las muchachas de la Orquesta Anacaona eran dueñas de la terraza frente al Capitolio. Y en la madrugada te ibas a los cabarets de la playa de Marianao a escuchar la voz nasal de Panchito Riset, que tanto te complacía, mientras intentabas ocultar las perneras zurcidas de tus gastados pantalones. Aquel era el ámbito de la rumba desvergonzada, la rumba de la patada de mula en que la bailarina movía la grupa obscenamente como si fuese fornicada por el bailarín que la incitaba con un trallazo de su pañuelo sobre la punta de la nalga. Eran los tiempos en que el Chori, el bongosero que tanto gustó a Marlon Brando, andaba haciendo crucecitas con tiza por toda La Habana y escribiendo su nombre debajo, cosa que lo hizo famoso; método que la J. Walter Thomson jamás vislumbró entre sus iniciativas. Cuando llegaste a la CMQ de Monte y Prado creíste haber alcanzado la cima porque pisabas el escenario de la Corte Suprema del Arte, pero te tocaron la campana y te retiraste desanimado. No olvidaste tu humillación hasta que lograste una victoria en el sitio mismo de tu primera derrota. En la Mil Diez cantaban los mejores y alcanzaste un hogar entre ellos y fue cuando Miguel Matamoros te oyó cantar y te pidió tu voz. Ahí comenzó el giro. ¿Qué involuntaria ayuda pretendió quien te dijo que en México se le llamaba bartolo a los burros?, no lo sé, pero tomaste tu decisión: desde entonces te llamarías Beni Moré, ¿Benny Moré? Sí, Benny Moré.

En México debutaste en el Río Rosa y cantaste en la XWW con los Matamoros, pero era siempre lo mismo y querías un camino propio, no te era fácil someterte al esquema: eras tentado por tu voz que te indicaba el rumbo. Con los Matamoros tenías que cantar como quisiese Miguel, no podrías introducir jamás tus modificaciones. “Mañana nos vamos para Cuba.”. Decidiste quedarte, probar fortuna. Miguel te entregó tu pasaje de retorno. Eran los tiempos de Jorge Negrete, José Sabre Marroquín, Miguel Aceves Mejías, el trío Los Panchos. Comías y dormías en casa de amigos. Sin el carné del Sindicato no podías actuar. Repetiste el gesto de Hernán Cortés: Vendiste para subsistir tu pasaje de regreso. Te casaste y te llegó el carné. Volviste al Río Rosa y al Montparnasse y comenzó la plenitud, el reconocimiento, la popularidad. Hiciste la primera grabación con la RCA Víctor y la orquesta de Mariano Mercerón. Entonces llegó el “Caraefoca”, el matancero Dámaso Pérez Prado, que como Cristóbal Colón estuvo tratando de convencer inútilmente a los empresarios habaneros de las posibilidades de una nueva ruta, el mambo, con un formato de jazz y ritmos emancipados del danzón. De la armonía se encargaban los saxos, y la percusión cubana, del acento. Don Dámaso sustituía la palabra por gruñidos y mugidos. En México encontró el apoyo que necesitaba. Lo revolucionario, un golpe audaz: “Inventé el mambo en una noche de desvelo”. En realidad Orestes López y Bebo Valdés ya lo estaban inventando desde un decenio antes. Cantaste con la orquesta de Pérez Prado: “Yo me pregunto hasta cuándo/ llegaremos a la meta/ ellas locas por el mambo/ y yo por las mamboletas”. El “Caraefoca” sabía usar la tecnología naciente del sonido: alta fidelidad, cámaras de eco, estudios especiales. Caballo negro, El Ruletero, Mambo Número Cinco, Mambo en sax. “Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas, mueven la cintura y los hombros igualito que las cubanas”. Entonces se van a Panamá, a los carnavales. Y son narices postizas y bigotes y barbas, y las guirnaldas y los gorros de papel, los buscapiés y los mamarrachos, las matracas y caretas, las comparsas bullangueras y la Gran Orquesta de Dámaso Pérez Prado con Benny Moré. Entonces, ¡a Cuba! Te apeas del tren en Vertientes con cuatro maletas. “¡Virginia, ahí está tu hijo, viene muy flaco!” Con tu extraña —moderna—, manera de vestir llevas un saco que te alcanza hasta la rodilla. Apenas te dejan tranquilo, cables, telefonazos, proposiciones de contratos, solicitudes de empresarios. Vuelta a México: el Follies, el Waikikí. Retorno a Cuba: ¡a Santiago! “De fiesta con Bacardí”. Eran los años en que cantabas “¡Oh, Bárbaro!” Y un transeúnte te dijo al salir de la CMKW: “¡Qué va compay, el bárbaro es usted!” Y ahí te apodaron el Bárbaro del Mambo que luego se convirtió en Bárbaro del Ritmo. Y así quedaste bautizado para la eternidad: ¡El Bárbaro del Ritmo!

Pérez Prado pretendió suplantarte con una impostura y te desconoció: “El verdadero Benny no es tan flaco ni tan feo, aunque usted lo imita muy bien”. En 1950 se inaugura la televisión. La Habana: la RHC Cadena Azul, las grabaciones de Panart, Radio Progreso, los bailables en provincia (la carretera, siempre en la carretera); comienza el feeling: César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Elena Burke. Fuiste el sinsonte de los cuatrocientos cantos, Benny Moré. Alcanzaste por fin tu estilo definitivo. Tu voz penetrante como un cristal, atiplada a veces, que parece quebrarse pero no se rompe, y se condensa para volverse torrentosa y transparente sin abandonar su delgadez, tan mórbida como un tejido de espumas, “Te quedarás porque te doy amor”; con ternura de amante inagotable y júbilo de enamorado inaugural: “…mi cantar quiero que sea perfumado…” ascendía a ese timbre que tuvo la palidez de un ocaso donde no había lamentos pero la nostalgia llegaba a ser provocadora: “…y cuando tus labios besé mi alma tuvo paz…”

Vitalidad, bonhomía y vitalidad te hicieron trabajar con gracia, vivir con gracia. La creación no implicaba para ti desazón ni ansiedad. No perdiste el sueño por temor a desaciertos. Tu invención surgió con una leve alegría y te brotaban las ideas musicales de una relajada tarea. Algún cronista cursi habría podido llamarte El Mozart del Bolero, si hubiera sabido que Mozart inventaba lo suyo igual que tú lo tuyo. Rectificabas apenas lo que parecía brotarte espontáneo de tu intuitiva creatividad. Tu insólito oído te indicaba el componente que estaba necesitando un arreglo. “¡Aguanten, aguanten ahí!... Ahí falta algo… Hay alguien atrasado; fíjense bien como es la cosa…” Nunca estudiaste música formalmente y cuando te propusiste hacerlo te lo desaconsejaron porque podías perder tu frescura expresiva. La excepcional memoria de Capablanca se reprodujo en ti y podías recordar cada nota sin poderla leer en el papel pautado. Improvisabas tarareando lo que debían decir las trompetas, la voz que asumirían los saxos; marcabas con un dedo el respaldo que debía ofrecer la percusión y cuando todos los elementos se acoplaban un poderoso canto ascendía, arrollador o lánguido, y una purísima avalancha sonora se precipitaba hacia los santos que te protegían.

Entonces decidiste formar la Banda Gigante. Sí, Benny, emprendiste tu alabanza del suelo nacional con la invocación de las gentes que lo habitan, “… tus hijos son caballeros y tus mujeres altivas”, y tu voz se hizo una ofrenda de la palma, un regalo del colibrí, una cortesía del criollo. ¿Cómo te entró esa condición del alma, esa manera de asumir la patria? “Yo soy guajiro —dijiste—, yo me crié con los pies en suelo.” Cantaste a Varadero, a Santiago, Manzanillo, Cienfuegos, Guantánamo, Santa Isabel de Las Lajas, Marianao, Palma Soriano. Con tu andar intranquilo supiste de la noche bajo la lluvia, del nácar en la espuma y la dulce costa, conociste el sabor de las pulpas, el blando alisio, la perfección de un jazmín, tu Isla.

Comenzaste a girar por tu continente. En Venezuela, que amaste como solo se puede amar el sitio donde se engendra un hijo, se te nubló la vista ante aquel tahúr que rehusaba compensarte lo que habías ganado y la furia impulsó tu brazo punitivo. En Colombia comprobaste tu poder de imantar multitudes. En Haití desdeñaste el homenaje de las cumbres. En Panamá supiste dar al César lo que es del César y en Estados Unidos te llevaron a Hollywood y cantaste para las constelaciones en la noche del Oscar. Y después volviste tranquilamente a tomar tus cervezas al bar de Infanta, frente a Radio Progreso, y retornaste al barrio de La Guinea, en Lajas, porque Anteo, porque como Anteo… Perdías tu independencia en las celadas del sistema: los empresarios eran la guía imprescindible y faltaste a lo prometido. Nació tu reputación de incumplidor, de tornadizo, de irresponsable. Cuando llegaste tarde al baile, en Placetas, el directivo no te dejó entrar. Tomaste tu guitarra y cantaste en la plaza y el club se vació en la calle, en la misma calle donde aprendiste a tocar todo lo que sabías. Fue en esos años cuando se percató de ti el agente artístico japonés; después de escuchar impasible a todas las glorias, se movió inquieto en su silla cuando actuaste. “¿Y Stravinski, lo ha oído Stravinski?”

Te fatigabas. Supiste que existía esa cosa que se llama reloj. Ensayos en la mañana, la radio en la tarde, la televisión en la noche y el teatro y las giras y las grabaciones. De madrugada en la carretera, cabeceando al timón; detenerse para diez minutos de apresurado sueño y al cabaret y otra vez a ensayar, montar nuevos números, componer, componer todo el tiempo para legar a tener treinta y tres números en el Hit Parade. “Si muero fuera de Cuba, hermano, que me devuelvan aquí y si muero en Cuba, que me entierren en Lajas.” El médico te advirtió de tu cirrosis hepática. “Vamos a darnos un trago de los nuestros”, dijiste mientras quitabas el celofán a un caramelo.

Bien dice Alejo Carpentier que el guajiro cubano no es músico, no crea melodías pero sí es muy poeta y canta sus décimas sobre diez o doce patrones fijos. Por el contrario, en la música mestiza y negra el interés de las letras es muy escaso aunque la metería sonora es de una riqueza inmensa; hay que refugiarse en ella, en alguno de sus géneros o ritmos, cuando se pretende hacer obra de expresión nacional. Combinaste, Benny, lo mejor de ambos mundos: el repentismo guajiro, su capacidad para la improvisación verbal, con el opulento ritmo de los negros. Desde muy pequeño remedabas en tus ritmos a un músico. Encajabas en una tabla y le atabas unos hilos y pretendías manipular una guitarra y con aquel juguete silencioso te acompañabas tus canciones. Después hiciste el conjuntico con dos latas de leche que eran bongoes y los maderos pretendían ser claves; el hierro de la guataca y la hoja del machete, golpeados con pernos, creaban las sonoridades de la percusión. En cuanto oías el bongó —“aquí el que más fino sea / responde si llamo yo”, decía Guillén —, corrías a su convocatoria. Virginia fue a buscarte por una desvelada larga y te halló, muchacho indómito, cantando y bailando sin zapatos encima de una mesa —tu primer escenario—, y viendo a tu madre iracunda por tu disciplina improvisaste unos besos de terneza que disminuyeron su cólera hasta que también se sumó a la fiesta. Los congos de La Guinea rendían su homenaje a Oggún sacrificando un chivo, preparando el caldo, la yuca y el quimbombó, las pelotas de maíz; bailando macuta, palo de yuca y reguindinga. Besaban la piedra que continuaba creciendo, tal como crecían los tuyos que habían quedado en la Otra Orilla. Allí, en el Casino de los Congos, los de tu estirpe, donde Ta Ramón Gundo Moré, tu tatarabuelo, fue rey de los congos de Lajas, allí oíste sones y guarachas, rallaste el tres y aprendiste la guitarra. Cuando mocha en mano cortabas las criollas cañas lo hacías cantando, cantando a pulmón lleno para las palmas de Cuba. Allí, metido en la fiesta agobiante de las cañas, allí naciste, Bartolomé Maximiliano, junto a la tierra, la misma tierra que te acogió.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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