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LA
JIRIBILLA Esa actitud se explica porque Monterroso sufrió tempranamente uno de los zarpazos de la CIA en Latinoamérica, el golpe de Castillo Armas en Guatemala. Desde entonces se convirtió en un perpetuo desterrado, un adversario de tiranías y avasallamientos. México fue para él más que una segunda patria, fue el hogar generoso y tibio que le permitió llevar su vida errabunda sin desgarramientos cardinales. La tradicional acogida de esta tierra a los perseguidos fue para él el amparo liberal que su naturaleza reclamaba. Monterroso fue un autodidacto. Su paso por bibliotecas y editoriales le inclinó a la lectura sistemática y la asimilación ilimitada de percepciones intelectuales que su organización mental clasificó. Con este adiestramiento de la lectura se preparó para escribir una prosa clara y límpida como un manantial virgen. Sus textos se caracterizaron por una poda del sobrante, una eliminación de lo periférico. Sus narraciones se concentraban en la semilla de la anécdota, en el núcleo de la revelación humana. Hemingway decía que hay escritores que incluyen en sus obras una vasta información sobre el tema que han seleccionado; hay otros que, por el contrario, excluyen todo lo que no es eficaz para la estructura que están erigiendo. Monterroso era de estos últimos. A las virtudes de su brevedad añadió el culto a la precisión. Ninguno, como él, pudo emplear la palabra exacta, tal como pretendía Flaubert. También aprendió el arte de las referencias encubiertas en el empleo de la fábula y el uso de la alegoría. Supongo que estas bondades las haya alcanzado con un infatigable sistema de corrección y pulimento. James Thurber solía afirmar que el principal enemigo de un humorista era el embrujo con la primera versión de aquello que escribía. Era necesario ser muy exigente consigo para evitar el embeleso del borrador inicial. Por eso la obra de Monterroso es, como quería Durrell, “un gigantesco tablero de inhibiciones”. En suma, su existencia se ha caracterizado por un profundo amor a las palabras y un intento de darle significado a la vida ordenando los hechos. Otro rasgo de Tito Monterroso, su humor irreverente, iluminó a quienes le rodeábamos. Era una ironía seca, punzante, radical, con poca almíbar y mucho limón. Sus constantes alusiones a su corta estatura, tema sobre el que llegó a escribir un ensayo, fueron el condimento de más de una deliciosa velada. Aquella expresión suya de que los enanos tenían un sexto sentido que les permitía reconocerse a distancia alimentó el regocijo de sus amigos. También intentó fundar una internacional de diminutos nombrando presidente a José Juan Arrom. Y confesaba que “desde pequeño fue pequeño” y que “nunca le cupo la más mínima duda”. Tras su candente sátira siempre subyacía una buena dosis de verdad. Para Bertolt Brecht la verdad debía ser dicha para enseñar cómo se debía actuar. Hay que cumplir con las exigencias de la verdad, pretendía el escritor alemán, y fue en ello que consistió la maestría de Monterroso: el arte como manera de alcanzar victorias sobre el insumiso ego.
Augusto Monterroso fue uno de los grandes escritores
americanos y aún con una obra concisa llegó a ser objeto
de culto y paradigma de nuevas generaciones. Para
vergüenza del régimen neofranquista del arrogante José
María Aznar, Monterroso murió sin haber recibido el
Premio Cervantes que se le ha otorgado en los últimos
años a tantos mediocres desconocidos. Su mejor epitafio
fue escrito por César Güemes: “cuando el dinosaurio
despierte descubrirá que Augusto Monterroso aún está
allí”. |
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