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DEL CARIBE: LAS MÁSCARAS
 
Eduardo M. Potrillé, no ha escapado a la seducción de las máscaras. De sus raíces culturales y de su imaginación creadora han surgido estas que ahora nos trasmiten sus temores ante el mundo  mediante la transfiguración en ente antropomórfico.


Sandra González|
La Habana
 

Las máscaras han sido empleadas por el hombre desde esa remota antigüedad que ahora llamamos paleolítico.  Puede decirse,  sin temor al error, que están presentes en todas las culturas que han encontrado en ellas una vía para expresar problemas vitales. Desde las emblemáticas máscaras venecianas hasta las realizadas con huesos de foca por los esquimales, incluyendo las preciosas máscaras aztecas con ornamentos de obsidiana o las incas con incrustaciones de esmeraldas peruanas, las imponentes  japonesas o las extrañas máscaras siberianas su función ha sido siempre la de ocultar la cara, transformar a su portador  en otro. El hombre ha encontrado así protección frente a sus enemigos tanto reales como sobrenaturales. Por eso mientras más terrible la máscara más efectiva, más poder otorga a su poseedor, más fuerza transmite tanto en el sentido físico como en el espiritual. Rostro humano transmutado en demonio aterrador para ahuyentar el mal. 

Hombre transformado en diablo o ser maligno para encubrir su propia debilidad.  Empleadas también  por los egipcios en sus prácticas funerarias, y por comunidades primitivas para la administración de la justicia, la máscara crea un nuevo individuo más poderoso, proporciona una seguridad que no se logra de ninguna otra forma, pero a la vez engalana, satisface de manera peculiar ese deseo estético que parece ser inherente al género humano y que lo ha hecho tratar de embellecer su entorno y hasta  su propio cuerpo.

En la historia del arte tal vez han sido las máscaras africanas las de mayor influencia. Cuando a principios del siglo XX se dieron a conocer en Europa fueron asimiladas por diversos movimientos artísticos como el cubismo. Resulta casi obligatorio recordar aquella máscara africana de Las Señoritas de Avignon, obra con la cual Pablo Picasso marcó un hito en las vanguardias artísticas. A partir de entonces no pocos creadores se han sentido atraídos por su misterio y esplendor. 

Eduardo M. Potrillé, no ha escapado a esta seducción. De sus raíces culturales y de su imaginación creadora han surgido estas máscaras que ahora nos trasmiten sus temores ante el mundo  mediante la transfiguración en ente antropomórfico. Pero Potrillé es cubano y en sus ancestros se entremezclan la sangre europea y la africana. Por eso su acercamiento es auténtico y singular. Y, como en muchos  pintores cubanos, la línea negra de claro poder demarcador, ocupa un lugar preponderante. Es la línea que enlaza, pero es también el freno, la disgregación, la ruptura. Ella dibuja la boca crispada, el ojo que todo lo ve y que amenaza, los detalles del ser que invoca. Pero el color a veces dulce y  a veces violento introduce una nota nostálgica. 

Estas figuras recuerdan sus orígenes, las largas travesías en los barcos negreros, el desarraigo y la injusticia. Ahora están aquí. Han venido para revelarnos sus secretos más íntimos. Para decirnos que, a pesar del dolor y la sangre, el hombre pervive y sale triunfante de todas las encrucijadas. Para hacernos creer en el mañana y en la vida. 

Eduardo M. Potrillé nació en La Habana, en 1941. Es egresado de la Academia de Dibujo Comercial Diego Rivera. Su desarrollo profesional ha abarcado no solo la pintura, sino además la fotografía, el humorismo y el diseño gráfico, donde ha realizado un trabajo sobresaliente.

Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), de la Asociación Internacional de Artistas Plásticos (AIAP) y de la Asociación Cubana de Publicitarios y Propagandistas. Ha realizado más de diez exposiciones personales y cuarenta colectivas, tanto en Cuba como en el extranjero.

Ha  recibido numerosos premios y distinciones, entre ellos el I Premio en la VI Bienal del Cartel de Varsovia, Polonia en 1976 y la Medalla Félix Elmuza que otorga la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC).

Sus dibujos e ilustraciones han aparecido en importantes órganos de prensa nacionales y extranjeros. Obras suyas se encuentran en colecciones privadas, galerías y museos de Bolivia, Estados Unidos, Alemania, España, Italia, Brasil, Inglaterra, Paraguay Bulgaria, Panamá, Jamaica y  Chile, entre  otros países.

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