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CREDENCIAL ABIERTA AL TALENTO
 
Interrogaciones, controversia y por supuesto mil galaxias de imágenes, a veces auténticamente renovadoras, trajo este segundo cónclave de nuevos cineastas donde, más que cantarle loas a un mundo audiovisual sumergido y marginal, se trató de encontrar vías para que emerja, y no se pierda, el talento.


Joel Del Río |
La Habana


A nadie le quedan dudas. Están de acuerdo Montescos y Capuletos. Al menos en una afirmación han sintonizado los que están dentro de la industria, los “outsiders”, y aquellos que cabalgan sobre el margen que divide al centro de la periferia: La II Muestra de Nuevos Realizadores ha sido, y de seguro continuará siendo, uno de los más certeros empeños del ICAIC por restaurar la tradición de favorecer lo renovador, de alentar a quienes comienzan, de darle luz verde al cuestionamiento, e incluso a la inconformidad de los artistas noveles, esos indocumentados y entusiastas, que desde su enorme diversidad de posiciones, apuestan de todos modos por el cine como actitud vital, visceral, de sobrevida.

Si el evento se concibió como un espacio que reuniera la mayor cantidad de realizadores no-oficiales, a manera de un coro cuyas voces no necesariamente debían alzarse al unísono y armoniosamente, pues los organizadores pueden darse con un canto en el pecho, porque la Muestra no fue otro de los festivales al uso, sino más que todo, foro de discusión, abarcador paisaje de estéticas y conflictos, ajuste de cuentas, llamados a la temperancia y la responsabilidad, filtro y rasero.

De los 33 directores en competencia, solo cinco habían sido premiados o reconocidos en concursos anteriores, fuera o dentro de Cuba, es decir, que estuvieron en mayoría los bisoños y principiantes. Algunos de ellos, con el tremendo vigor aportado por los pocos años, la inexperiencia y el entusiasmo querían dejar sentada su distancia respecto al cine industrial realizado dentro del ICAIC, mientras otros, se reconocían con humildad herederos y deudores de estos cuarenta y tantos años de grandes obras en celuloide.

Aunque uno se sienta tentado a caracterizar todo el evento a partir de las diferentes actitudes que marca el pertenecer a una generación u otra, a partir del irrespeto o de la veneración por el cine realizado por los mayores, sería un error craso circunscribir esta Segunda Muestra al pataleo (también necesario, y por demás eterno) de quienes exigen con derecho un lugar en la industria, en los medios, en pantalla.

En competencia, (que tuvo por sede el mejor de los cines capitalinos) y en jugosas retrospectivas, (ambas acogidas en la misma sede del propio ICAIC) se pudieron apreciar algunos de los más descollantes trabajos del cine underground, sumergido, extraoficial o quiera llamársele, un cine comprometido con lo anticonvencional, que es tan viejo como los Lumiere y tan nuevo como los Tarantino, Kiarostami y demás lumbreras del cine independiente más contemporáneo.

Para muchos, quizás para un sector del público más amplio de lo que parecía ser, resultaron reveladores no solo la competencia, sino también las secciones paralelas, acertadamente planteadas a manera de redescubrimiento y homenaje a figuras como Sara Gómez o Nicolasito Guillén Landrián, sin que faltara tampoco el imprescindible diálogo entre consagrados y noveles, sobre todo en el espacio diario donde se dieron cita algunas de las figuras cardinales de nuestro cine “industrial”, y por supuesto todos aquellos que quisieron intercambiar, cuestionar, discutir, o simplemente aprender.

Fueron exhibidos los noticiarios anteriores a 1959, con un valor testimonial, o estético, muy considerable, y juro que no estoy contando con ese poder gratificante de la nostalgia para mejorar el pasado. Se trata simplemente de colocar cada obra en su merecido sitio, tanto los tratados hiperrealistas sobre las aristas más conflictivas de la realidad cubana, como las elucubraciones filosóficas o delirantes. Todo encontró su espacio de confrontación con el público, todas y cada una de las secciones estaban destinadas a generalizar en este evento, e imponerle como tónica, el diálogo, el amor por el cine y el conocimiento, como únicas forzosas credenciales. 
 

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