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Centenario de una feminista
LA PASIÓN DE ANAÏS NIN
 
Lisandro Otero | México
 

El pasado 21 de febrero se cumplieron cien años del nacimiento de Anaïs Nin, la escritora de origen cubano que dejó en sus páginas un testimonio de la vida privada de una generación de escritores y artistas. Tuve una tardía aproximación a su obra. En los años setenta visité –la primera de varias ocasiones–, la Feria del Libro de Frankfurt y en uno de los estantes editoriales hallé los ocho tomos de sus diarios. Tenía vagas referencias de la autora, pero un furtivo impulso me hizo entrar en posesión de aquellos volúmenes. A partir de ese día me dediqué con una vehemencia indeclinable a leer las páginas indiscretas hasta agotar la vasta obra. Captó mi atención su estilo delicado y auténtico. Escribía una prosa leve y frágil, como la que se espera de una mujer, pero tras su aparente debilidad se intuía una ciclópea corpulencia. Cada adjetivo era colocado de una manera irrefutable, como si hubiese sido inventado por ella, con una frescura que infundía la sensación de estar acopiando agua de manantial.

Después abordé otros de sus libros que me confirmaron mi impresión inicial.

Hija de la cubana Rosa Culmell, cantante operática descendiente de danés, y del catalán Joaquín Nin Castellanos, pianista concertista, quienes se habían casado en La Habana y luego emigraron a Francia, Anaïs nació en 1903, en Neuilly. Su tía Antolina Culmell, viuda de un oficial del ejército libertador criollo, residía en la hacienda La Generala, en las afueras habaneras, cerca de Luyanó. Allí regresó Anaïs cuando tenía diecinueve años. La ciudad le trajo recuerdos de las urbes moriscas de la vieja España. Le molestaba el carácter de muñeca social que se otorgaba a las mujeres y la ostentación de los adinerados, aunque se deleitaba con los balcones y vitrales y el remanso de los patios interiores. Confesaba ser neurótica, incapaz de adaptarse al mundo y decidida a adaptarse a sí misma.

Cuando el padre abandonó a su familia, Rosa Culmell decidió trasladarse a Nueva York donde una de sus hermanas estaba casada con un militar norteamericano. Allí residieron en una casita de Long Island y para divertirse con sus hermanos, Anaïs improvisaba situaciones teatrales. Siempre le atraía impersonar acaecimientos de crisis: era Carlota Corday apuñalando a Marat, o María Antonieta conducida en un carricoche hacia la guillotina o Juana de Arco en la hoguera. Fue en esos años que comenzó a escribir su diario que llegó a tener 15 mil hojas, o sea, unos 150 tomos de gran porte. Solamente una pequeña parte de ese caudal literario ha sido publicado.

Anaïs estudió danza y se empleó como modelo. No tardó mucho en conocer al banquero Hugh Guiler con quien se casó. Cuando este fue trasladado a París residieron en Louveciennes. Harta de la formalidad de su marido Anaïs comenzó a frecuentar a la bohemia parisiense donde conoció a Henry Miller, quien escribía Trópico de Cáncer en ese tiempo. Se hizo su amante y conoció a June, su mujer, una ex prostituta adicta al voyeurismo con la cual tuvo una experiencia lésbica. También fue amante del surrealista Antonin Artaud y de Otto Rank, el sicoanalista discípulo de Freud. En sus diarios se menciona su amistad con Wifredo Lam y con Alejo Carpentier, con D.H. Lawrence y con H.G. Wells. Vivió en una barcaza anclada en el Sena, cerca de Notre Dame y en Valesure, donde tuvieron una experiencia incestuosa.

Anaïs Nin rechazó la dictadura patriarcal del mundo masculino predominante en su tiempo. Fue una escritora sensual que halló en la catarsis de sus diarios su principal instrumento de interpretación de la época que le tocó vivir. A través de una exploración de su intimidad se construyó un universo propio donde su feminidad se liberaba en el sexo. Fue una insumisa que no se dejó castrar por el absolutismo machista.
 

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