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LA crónica

CON EL INSUSTITUIBLE DE MILLE

Humberto Arenal


Cecil B. De Mille es una de esas figuras legendarias y obligadas de la historia del cine a la que se la pueden discutir méritos pero nunca obviarlos por completo. Realizó su primera película en 1913, The Squaw man (El hombre indígena) y la última en 1957, una segunda versión de Los diez mandamientos, que ya había hecho en 1923. En total realizó setenta películas. Todas colosales escenificaciones de temas preferentemente bíblicos, pero siempre con una versión grandiosa y espectacular. En eso fue un precursor.

Tuvo una larga existencia –nació en 1881 y murió en 1959- vivió para dos cosas: el cine y la religión protestante. Cuando lo conocí en 1957 así me lo ratificó. Podía citar, en una simple conversación conmigo, largos pasajes de la Biblia, la cual aseguraba leía todos los días y siempre sacaba enseñanzas provechosas.

Pero abordó en su filmografía también temas paganos. Por ejemplo: La Marca del fuego, Carmen, el admirable Crighton, Los boteros del Volga, Cleopatra, Union Pacific, La historia del Dr. Wassel; y muchos otros que harían esta lista, que ya es tediosa, interminable. Aunque hay que citar inevitablemente entre sus mejores realizaciones: Juana de Arco, Los Diez Mandamientos, Rey de Reyes, El signo de la Cruz, Las cruzadas, Sansón y Dalila.

Quiero confesar que he visto una buena parte de sus películas porque en una época iba al cine con tanta frecuencia –hasta dos o tres veces por semana– que veía lo bueno y lo malo. Era un vicio insaciable de ver cine que me llevaba a consumir sin discriminar. Pero también quiero decir que ni antes ni ahora consideré a Cecil B. De Mille un verdadero maestro ni estaba entre mis favoritos. Ahora me pregunto, y esto me sucede con otros cineastas, si yo viera alguna de sus películas de nuevo cómo las valoraría. Y hasta me atrevo a proponerle a nuestra cinemateca, que haga un ciclo de películas de Cecil B. De Mille, si es que las tiene en sus archivos.

¿Cómo era en persona este conocido director? Lo recuerdo como un gentil caballero, hablando un inglés impecable, un poco anticuado, muy comedidos en sus juicios, defendiendo a toda costa su obra, la que parecía valorar altamente. Parecía decir: “Estoy en paz con Dios, con nuestro señor Jesucristo, con la Biblia y con la Santa Iglesia”.

Quizás esto dé la impresión de un fanático, pero más bien me parecía un convencido, persuadido de que sus ideas y sus palabras eran tan buenas y tan justas que no dudaba iban a convencer, un poco como un buen catequizador. Pero todo esto sin el tinte dogmático del fanático.

Cuando lo conocí me preguntó a quemarropa:
–Joven, ¿es usted religioso?
Confieso que evadí una respuesta directa y categórica y le dije cosas un poco vagas, no inciertas. Leo la Biblia con frecuencia, pienso mucho en la existencia de Dios, creo que los que creen en la existencia de dios Todopoderoso tienen un gran asidero en la vida, mi familia es religiosa, etcétera, etcétera.
También me preguntó:
– ¿Dónde naciste?
Al responderle que en Cuba, exclamó que le habían contado que era un lugar muy bello.
– ¿El pueblo cubano es religioso? –preguntó con gran interés
–Sí lo es. Aunque de una manera pasiva. Pero sí hay muchos creyentes.
–Supongo que como todos los países de habla hispana pertenecen a la iglesia católica. ¿No es cierto?
Le contesté que sí, pero que había también protestantes, judíos, y creyentes en las religiones traídas por los africanos que vinieron como esclavos. Y quizás mahometanos y budistas.
–Eso me complace mucho. Quiere decir que hay gran libertad de culto. ¿No es cierto?
–Sí, en Cuba hay libertad de culto.
Al final le pregunté si pensaba seguir haciendo cine.
–Cómo no –me contestó con gran convencimiento- hasta que las fuerzas de mi cuerpo me den y Dios me lo permita.

La Habana, mayo de 2001

Del libro Encuentros, Ediciones Unión 2002.

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