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LA CIUDAD DE ALADINO
 
Camilo Venegas | Santo Domingo


La imagen no deja de repetirse. Desde el 11 de septiembre del 2001 no podemos evitar que en algún momento del día nos la impongan. Un periódico, un canal de televisión o alguna revista nos trae a colación, a la hora del desayuno o antes de que anochezca, el dramático desplome de las Torres Gemelas. Muchas veces la secuencia empieza en la masa de humo y polvo que avanza sobre la gente, mientras los edificios caen como un telón de fondo, sobre el cielo quebrantado de Nueva York. Otras se regodean en el momento justo en que las máquinas voladoras se hunden en la estructura de vidrio y acero.

Las Torres Gemelas, epicentro del World Trade Center, fueron construidas en unos terrenos que le pertenecían al río Hudson y sus puertas quedaron abiertas a partir del 4 de abril de 1973. Una de las obras más ambiciosas de la ingeniería moderna apenas duró 29 años en este mundo. Salvo su ostentosa aparición en las producciones de Hollywood que sucedían en Nueva York, su presencia en obras de arte y literatura, antes del 11-S, es casi irrelevante. No eran más que dos atalayas cuya misión en la línea del horizonte era unir el cielo con la tierra en la capital del siglo XX.

A miles de kilómetros de Nueva York está Bagdad. Anclada al borde de otro río, el Tigris, la ciudad que fundó el califa Abu Ya'far al-Mansur fue la capital del siglo X. De las mil y una noche que necesitó la bella Schehrazada para salvar su pellejo, una inmensa mayoría de ellas suceden en Bagdad. Aladino y su escudero de humo, el rey Harum-Al-Raschid, Simbad el Marino, Alí Baba y todos esos seres que nos han forzado a creer al pie de la letra cada una de sus mentiras, tienen en la ciudad iraquí su residencia en la tierra.

Todo parece indicar que la guerra es inminente. Puede empezar ahora mismo, mientras usted lee esta cuartilla. CNN y las agencias de noticias no transmitirán la caída de los monumentos y templos que han sobrevivido cientos de asedios y guerras siglo tras siglo. La imagen de Bagdad será panorámica, lo más alejada posible. Veremos solo las lucecitas de los misiles avanzar sobre un oscuro mapa del Pentágono. Un ligero aumento de la luminosidad debe interpretarse como el fin del recorrido del sofisticado artefacto y no como una explosión sobre decenas, cientos o miles de víctimas.

Robert Fisk, un periodista irlandés que fue reportero durante la Guerra del Golfo, escribió hace unos días en The Independent: "Hoy, cuando escucho las amenazas de George W. Bush contra Irak y las estridentes advertencias moralistas de Tony Blair me pregunto: ¿qué saben de esta terrible realidad? ¿Acaso George, quien declinó servir a su país en Vietnam, tiene alguna idea de cómo huelen los cadáveres? ¿Tiene Tony alguna pálida noción de cómo son las moscas, esos insectos grandes y azules que se alimentan de los muertos en Medio Oriente, y que se te paran en la cara o en la libreta?"

Claro que no tienen idea. Por los muertos en Irak nadie llorará en público y las pocas imágenes reales que se logren del conflicto desaparecerán de los medios en un par de meses. Es probable que la ciudad de Aladino sea convertida en cenizas y para volver a ella el único camino que encontraremos es en un grueso libro, en una larga y dolida historia que dura mucho más de mil y pico de noches.

19 de febrero.

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