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YO QUIERO CREAR UN GRUPO
BOLCHEVIQUE (II)

 
"Matacandelas es un grupo un poco a la defensiva, nosotros participamos de una sociedad que está viviendo unos momentos muy difíciles, muy convulsos, y muy confusos también; y el Matacandelas es también como una metáfora de la patria."Conversación con Cristóbal Peláez, director del Teatro Matacandelas, de Medellín, Colombia.


Fernando J. León Jacobino| La Habana

PRIMERA PARTE

–Siempre había oído decir que eres un hombre hablador, sentencioso, cuentero. He oído también sobre tu fama de hombre muy referencial, en términos culturales. Desde tu perspectiva, ¿cómo imaginas al intelectual de los tiempos que corren?  

Yo creo mucho en el hombre que cultiva el intelecto. Yo soy muy referencial y, aunque algunos me lo han alabado, en general me lo han considerado más como un defecto; pero yo sigo insistiendo en eso, porque yo considero que los inteligentes son los otros.  Me agrada mucho decir que un amigo mío, que se llama Gustave Flaubert, me dijo esto o le leí esto. Los libros, eso es lo que tienen de maravilloso los libros, que, a través de ellos, estos amigos nos siguen hablando. Entonces leo a Platón y es como si lo conociera; para mí no son entes muertos, no son el espectro muerto de los libros, que algunos le llaman, sino que son cosas vivas, que están ahí y me están hablando a mí. Si yo hiciera lo que alguien me dijo: “aprende a borrar las comillas”, yo parecería muy inteligente, y yo  no soy muy inteligente, yo lo que soy es muy juguetón, muy lúdico, muy hablador y muy paisa en ese terreno; muy cuentero. Me gusta ejercer la palabra, me gusta hablar con la gente, me gusta relacionarme con los demás. Mi oficio es un oficio social, ¿no?  

A La Habana llegaba con una gran expectativa debido a que aquí hay una pléyade de escritores, de gente de teatro; están muy avanzadas las Artes Plásticas. Ya me lo habían dicho, lo he visto, he leído cosas sobre eso, y sobre la situación cultural de Cuba, y a mí me maravilla mucho ese progreso que ha habido acá, sobre todo en lo que respecta a involucrar a mucha gente escribiendo, pintando,  tocando música; y Cuba es un centro cultural en América Latina, eso lo sabemos. 

Pero también había otras expectativas con La Habana. Por un lado yo  creo que el habanero,  el cubano,  por naturaleza,  es un ser muy cercano a nosotros, es un ser muy abierto, muy tropical, muy dadivoso, muy cariñoso; nosotros hemos considerado que ustedes los cubanos son gentes  muy tiernas, muy chéveres, como decimos, pero, por el otro lado, muy exigentes porque conocen, porque han visto cosas de las que han estado viniendo acá. La Habana no es Medellín, que es una ciudad encerrada, donde difícilmente pasa un extranjero; aquí hay mucha cosa para ver, es un gran puerto, es una puerta de oro de la cultura. Pero, además,  existía también ese mito, todas las cosas de acá, verlas de cerca, saber qué han sido todas esas cosas con las cuales uno se ha alimentado, qué es, por ejemplo, la Revolución, toda esta gesta política que ha habido acá, que para uno es un mito, sobre todo porque uno sabe que se va a morir sin ver en su país algo así, una realidad donde el hombre no sea tan enemigo del hombre. 

Yo llego acá y veo que llega el Ministro a hablarnos, es un hombre de a pie, es un hombre sencillo, al cual yo lo puedo abordar: “Háganme preguntas” –dice. Informa sobre lo que están haciendo, y yo digo: “¡qué rico que nosotros tuviéramos un Ministro así!”. ¡Qué rico yo poder entrar a un sitio como Casa de las Américas y poder hablar con una persona, que es un alto funcionario y, tranquilamente, verlo en la calle!   Eso lo viví en Cienfuegos. Para nosotros eso ha sido muy importante. Ayer decíamos: “tenemos que ir a Medellín y hacer un proceso de digestión de todo esto”. 

Chaba, la actriz,  hablaba de que descansáramos ocho días para que todas estas imágenes y todo esto pudiera ser procesado.  

Acá hemos vivido muy intensamente, hemos dormido muy poco: hablando con la gente, buscando materiales, cosas y estudiando a fondo, porque sabíamos que solo teníamos dos semanas y había que apretar en el estudio y la observación. Ayer comentábamos sobre cómo esto de La Habana ha enriquecido tan tenazmente a este grupo. Y, al mismo tiempo, para nosotros ha sido como un descanso. La propia Chaba me decía: “yo creo que a nosotros se nos van a complicar mucho las cosas en Colombia, debiéramos de ir hablando a ver si nos dan asilo aquí”.  Y yo le decía que ahora es que siento que el papel nuestro en Colombia tiene que ir más destacado, aprovechando justamente este referente que hemos tenido acá. 

Hemos estado en Europa y en otros lados, es para nosotros una ventaja viajar, pero a mí me tienen asombrados la cantidad de escritores y el ámbito intelectual de Cuba.  Yo creo que un milagro de la Revolución es haber dejado de lado el folclorismo y entender la cultura como un patrimonio universal. Uno va a la costa colombiana, de donde han salido nuestros los mejores escritores, y encuentra un exceso de folclorismo.  

Uno siente como si el costeño dijera: “yo soy un ser que está ahí, que lo da la tierra”, y uno comprende que, aun con toda la belleza que tiene el costeño, no ha tenido el acicate, ni esa posibilidad cultural que tiene por ejemplo el habanero.   

– ¿Tú le das, como Jean Tardeau, “un mínimo de hospedaje y alimentación a tus fantasmas” o los manejas cíclicamente, de un espectáculo a otro, los acunas, los despides por un tiempo, los invocas otra vez? 

Ese “mínimo de hospedaje y alimentación” que dice Tardeau me fascina. Hablamos mucho de aquello de que hablaba Malraux sobre “el museo imaginario”. A mí este concepto me interesa mucho. La vida por sí sola no basta: el arte es la demostración de que la vida por sí sola no basta. Yo tengo mi cabeza poblada con Hamlet, con Edipo, con los personajes que voy leyendo, con los personajes que voy tratando y, obviamente, uno se encariña mucho con los personajes que realiza en escena y, por mediación de estos, con quienes los ejecutan. Quiero decir con esto que en el Matacandelas, para mí Chaba es el personaje de O Marinheiro y es también el personaje que ella hace en Rosita, y es ese personaje que hace en  Angelitos empantanados; y esa imaginación se va volviendo carne, hueso. Se habla de que la humanidad, el hombre, es un compuesto de carne, piel, hueso e inteligencia. Y uno va viendo que sus propios actores se van volviendo seres de ficción. Por eso sentimos mucho cariño entre los del grupo, somos yo creo que un grupo atípico y hasta modélico en este sentido. 

Nosotros también nos respetamos mucho en ese campo, nos queremos muchísimo, y llega  a suceder  que en esa persona, a través de ese otro, uno empieza a creer en los personajes que él puebla y, gracias a ello, mantenemos en continua ampliación y restauración “el museo imaginario”.  

Cuando yo conozco a una persona, por ejemplo, en Cuba, yo me la llevo para Colombia y empieza a ser parte del “museo imaginario”, pero cuando leo un personaje como el que me propone Estorino, cuando voy a ver a Estorino y veo a esta persona, a esta actriz, digo: “se me está ampliando mi “museo imaginario”; estos personajes ya forman parte de mi vida”. Y eso es lo que me importa a mí de la cultura, la cultura es lo que uno conoce, lo que uno vive. Lo lastimoso sería que uno se hallara, de repente, despoblado de significación y ya no tuviera esos personajes en la cabeza.  

–Tengo la impresión, y vuelvo a pensar en O Marinheiro como una metáfora del Matacandelas,  que detrás de ese constructor de sueños  que es O Marinheiro, y detrás de ese terror porque llegue “el día real” que propone el texto, se esconde la secreta ilusión de  llegar a un día real “otro” y, probablemente, mejor que el que se nos anuncia. 

Sí, yo lo pienso a nivel social, a nivel del país, un país que uno quiere muchísimo y que es el país de uno, lo pienso también a partir del Matacandelas. Yo decía que era muy difícil a veces hablar del Matacandelas en Colombia porque, cuando uno habla y cuando uno hace crítica, la gente dice que uno está llorando, o está lloriqueando, y esto hace muy difícil hablar, establecer la denuncia. En alguna ocasión, el Matacandelas tuvo muchas dificultades: nos iban a echar como a perros de una casa en la cual habíamos empleado muchísimo dinero, parte de nuestros sueños, de nuestros días y todo eso, y para nosotros fue muy doloroso y a nadie teníamos a quién acudir para que nos ayudara en esa situación. Ya todo estaba en manos de abogados e iba a pasar directamente a la policía, y uno a verse desalojado. Los actores hablaban de que de todas maneras teníamos que reunirnos y teníamos que hacer algo, que quizá, incluso, en determinado momento, podía ser violento, podía dejar muertos; a nosotros o a otros. Pero, decíamos: “ya es el último reducto del cual nos quieren sacar. No puede ser”.

Es muy lamentable trabajar en un país como el nuestro, en las condiciones de no reconocimiento en que trabajamos y, por otro lado, ser un grupo como el Matacandelas, un grupo que es muy apreciado, tanto acá en La Habana como en otros países, e incluso constatar la forma en que quieren al grupo, por ejemplo, en Bogotá,  en Cali, etc. El Matacandelas es un grupo muy querido a ese nivel, pero ya al nivel de los estamentos sociales, de las empresas privadas, es un grupo absolutamente despreciado. Claro que hay ciertas razones para eso. 

Nosotros no somos un grupo cortesano, nosotros no somos un grupo propagandístico de ciertas ideas porque nosotros creemos que hay ciertas cosas que ya rozan en la infamia y ciertos principios ideológicos que son innegociables. 

También hemos cogido cierta fama de rebeldes, de políticos; y yo creo que la política nos interesa mucho, en tanto interés por un ordenamiento social, lo cual es apenas humano.  El Matacandelas no solamente tiene el riesgo de que no vea un nuevo amanecer, como Matacandelas, como grupo. Nosotros trabajamos en unas dificultades terribles, terribles, son a veces inimaginables, a lo que se suma el factor de que, en determinado momento, se le puede ir la vida a uno ahí, como consecuencia de todas estas fuerzas que se mueven allá. En Colombia hay, además, una cosa muy tenaz, que es que no se puede hablar. Hay una censura que ya está establecida y que es una censura que, aunque no es declarada, es real. Es muy terrible que uno tenga cosas que decir en su país y que no las pueda decir; sencillamente porque la vida hay que cuidarla, porque la vida es una cosa que... no hay sino una. 

Y nosotros tenemos una ventaja, es que gozamos de buena salud con los espectadores. Son espectadores que, precisamente, buscan mucho al grupo porque han visto en él a esa especie de líder social en el que, lastimosamente, han tenido que convertirse los grupos de teatro en nuestro país. A falta de organizaciones políticas (la izquierda ha entrado en una debacle, la guerrilla ha perdido buena parte de su orientación, quedan una cuantas ONGs, algunas con un trabajo muy bueno y otras burocratizadas, que viven de las ayudas extranjeras), los grupos de teatro han tenido que incorporar nuevas funciones. Hay grupos de teatro que ya se han convertido en organismos de socorro, de asistencia a niños discapacitados, en ejecutores de programas con la tercera edad, de programas de paz, programas para la formación de esto, de lo otro. Entonces los grupos dejan de montar obras. 

Nosotros hemos reclamado por esto e incluso le hemos dicho a algunos grupos: “pero, Dios mío, ustedes hace seis años que no montan un espectáculo nuevo, hace ocho años”. “No, es que estamos –nos responden- en unos trabajos, en unos convenios con el Estado, de ir a ayudar a la población contra la drogadicción, contra esto, contra lo otro”. 

 Y yo les digo: “pero eso es problema de ellos”. Y, claro, como el grupo no tiene forma de sobrevivir, de mantener una sede, entonces tienen que entrar, obligatoriamente, en una serie de convenios. Pero por qué no le dicen: “mira, este dinero es para que usted monte arte, que es lo que le ocupa”, y no para que usted haga programas con la infancia, programas sociales, le ayude a la gente a no drogarse. Yo he conocido grupos que han desaparecido. Recientemente desapreció un grupo que tenía un gran perfil, en un municipio además muy violento; se dedicaron a trabajar todo el año llevando sociodramas a las cárceles, contra la droga. Y yo les dije: “mire, eso es muy bonito pero, que lo hagan ellos, ellos fueron los que metieron a la gente en la droga, ellos son los que han impartido la violencia, eso es un problema que ellos tienen que resolver”. Y la misma respuesta: “pero mire, entonces cómo sobrevivimos, cómo mantenemos la sede”. Es una dicotomía.   

– ¿Una mordaza? Y eso provoca que uno termine dejando de decir lo que se supone está llamado a decir en un determinado contexto. 

Claro, y nos convertimos en mano de obra intelectual, calificada, barata para el Estado. Por esta postura nuestra también solemos ser muy mal vistos. En una conferencia en Bogotá, con muchísima gente, yo dije que no voy a hacer con mi teatro que la gente aprenda cómo cruzar la calle; porque en un momento surgió la idea de contratar gran cantidad de mimos, cosa que me parece muy bien (que los contraten, digo). Solo que los mimos dejaron de ser mimos y se dedicaron a enseñar a la gente a cruzar la calle. Y yo he insistido en que no puedo hacer eso con mi teatro. 

Otras veces te ofrecen hacerte un convenio “para que usted le ayude a la población, por ejemplo, sobre cómo cepillarse los dientes”,  o algo parecido. No, que la gente se drogue, que a la gente la pisen los carros, eso no es problema mío; el problema mío tiene que ver con lo estético, pero, no en el sentido esteticista, digamos; o sí, digámoslo también.  A mí me preocupa el arte.  A mí me preocupa el  juego, me preocupa la lúdica, a mí me preocupa  que mi grupo esté haciendo teatro, porque los actores a lo que vienen es a hacer teatro, ellos no vienen a hacer campañas sociales. Entonces, esa es una mordaza económica, y también una mordaza intelectual, y es una putada que se le hace a la gente de arte. Es más barato contratar a un mimo que por, digamos, mil dólares, te trabaje dos meses, que tener a un funcionario que te haga ese trabajo específico, funcionario al que tienes que emplear mediante un contrato estable de trabajo, y que lo haría peor que el mimo. 

–Otra de tus obsesiones, según he podido leer, es tener dos Matacandelas: un Matacandelas  de laboratorio y otro de repertorio. También dijiste alguna vez que era muy jodido pasarse la vida entera añorando o construyendo un edificio. ¿Qué me puedes decir de esos dos Matacandelas?  ¿No te conviertes en compañía solo por la carencia del edificio o también te limita determinada preocupación de que, una vez multiplicado en una compañía, se te escape, como decimos acá, la criatura junto con la placenta?   

Sí, es tan difícil que no lo hemos podido hacer, por dos razones: una, que un grupo también puede desaparecer de la noche a la mañana. En ocasiones nos agarramos a pelear entre nosotros, y por eso decimos que, a veces, en las noches, el grupo se desarma, y al otro día vamos y lo armamos, es como un rompecabezas. Entre nosotros  peleamos muchísimo, nos tiramos muy duro. “¡Qué viva la polémica! -hemos dicho-, y el enfrentamiento”. Nosotros no somos ángeles y la armonía es una asquerosidad. Yo funciono con este en la contradicción, y tiene que existir una contradicción siempre. Otra cosa es cómo la manejamos y cuál es el tratamiento a seguir. Mi sueño era tener un grupo de más o menos unos sesenta actores. No sé si lo lograré, pero tampoco me voy a despellejar por eso. 

En segundo lugar, es también un problema locativo, en este mismo momento ya estamos siendo veintidós personas y nos empezamos a hacinar.  Se necesitan reformas locativas pero, hay que decirlo, hay una gran cantidad de gente, y gente muy buena, que quiere venir al grupo y que no puede llegar por esta sobrepoblación que tenemos. Esto de entrar al grupo es una petición apremiante de muchos muchachos.  

-¿Ustedes no incluyen la docencia en el esquema de trabajo del grupo? 

No, nosotros, cuando sabemos que necesitamos tres o cuatro actores, o dos, porque se han ido, o por cualquier otra razón, abrimos un curso, que es para atrapar gente, claro que no declaramos tales propósitos. 

 Trabajamos durante tres meses con ellos, les cobramos una matrícula barata y los vamos observando, sin decirle; y cuando ya vamos viendo el que se va haciendo como afín a nosotros, lo atrapamos: es una forma que tenemos de reclutar gente. Pero no podemos incorporar establemente la docencia porque no nos lo permiten ni el espacio ni el ritmo de trabajo del grupo: este es un grupo que trabaja contra reloj, en contra del hambre. 

 Mantener una compañía de veintidós actores, donde mensualmente te tienes que conseguir, mínimo, quince millones de pesos, o sea, siete mil dólares, es muy bravo; sobre todo porque hay meses en que no hacemos ni una sola función. Hay meses, pasan hasta dos meses, en que nadie te pide una función, y a punta de taquilla no sobrevive nadie. 

Por otro lado, ninguno de los actores del Matacandelas tiene un sueldo extra. Los actores no cobran salario, muchos viven aparte de su familia porque su familia no los tolera, por vagos; otros se sostienen ahí, en la casa, porque, como ellos mismos dicen: “yo mantengo la cosa muy discreta; cuando llego, entro de patrás pa´ que crean que estoy saliendo”. 

 Entonces todo el mundo es así con la familia, fieles a esa consigna que hemos dicho: “hay que pelear por hacer arte, hay que pelear”. El Matacandelas tiene muy claro que el objetivo de los grandes grupos siempre ha sido producir una cantidad de viejos profesores y ese futuro nos da pena. Yo prefiero mejor un refugio de ancianos, a que esto se convierta en una escuela de sacar profesores. Hay un promedio de estadía en el grupo que es como de los diez años, pero yo tengo la seguridad de que el Matacandelas casi siempre va a ser un grupo de jóvenes, con tres o cuatro que guarden la memoria, eso es lo que me interesa a mí. 

–De hecho, tú eres el único de los fundadores que permanece en el grupo. 

Sí, y ya estoy haciendo el relevo. Ya el director general del grupo es Diego Sánchez, y yo soy como una especie viejito asesor, consejero, alguien que en determinados momentos da como un consejo sabio. A mí me interesa mucho empezar a dinamitar mi propio status, sobre todo porque, te lo digo a nivel personal, yo no tengo pretensiones en la historia. Yo cambiaría la historia porque me dejaran vivir diez años más. 

 La gloria que me la den en plata. Hace poco me iban a dar una placa, en la cuidad, y yo dije: “no recibo la placa porque una placa me aplaca”, y yo no quiero la gloria, ni quiero que el nombre mío se mencione, el nombre no es importante. Hemos armado un proyecto colectivo con un montón de muchachos y eso sí me interesa; ese proyecto, ese nombre que es Matacandelas, bajo el cual nos cobijamos veintidós personas; un proyecto donde la gente la pasa muy bien. Algunas veces la gente que llega nueva percibe lo bueno que es trabajar en el grupo, y es que trabajamos muy bueno, con mucho entusiasmo, con mucha alegría. 

Nosotros decimos que aquí se sufre pero se goza, y que no vamos a dejarnos contagiar de estos viejos amargados que follan mal y cagan con dificultad; en un país de viejos cachorros como es Colombia, nosotros no vamos a seguir el ejemplo. Somos un grupo alegre, pero un grupo también con mucha angustia, y nuestras obras así lo revelan. Pero hay una cosa muy clara, y es que yo no quiero ser un gran director de teatro, ni quiero que me den un puesto en Nueva York. La ambición que yo tengo es ser integrante del Teatro Matacandelas y trabajar en Medellín, de manera que, desde ese punto de vista, estoy hecho.

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