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CANTAR CON PABLO, CONTAR CON ÉL
 
Trovador de Cuba y Latinoamérica, que con su música ha señalado momentos esenciales, ha suscitado los más variados sentimientos y, por mucho más que esto, es una cita insoslayable en la historia de la música cubana. 


É. G. Portal |
La Habana
 

Existen obras que indiscutiblemente son cruciales, esas, las que marcan pautas a seguir en un momento determinado. Hay otras que, a veces, sin que nos demos cuenta, dejan de tener dueño y sencillamente las escuchamos salidas de cualquier voz. 

Cuando estas dos variantes se reúnen en la creación de un solo músico y dan muestras de valores auténticos, estamos ante la presencia de un artista que tal vez ha logrado conjugar su talento y osadía con las aspiraciones y necesidades de quienes lo escuchan. 

O quizás ante un incansable observador de lo cotidiano, que capta lo esencial para devolverlo en sus más caras realizaciones artísticas, o alguien que, con sus propias afirmaciones, puede provocar la más aguda reflexión de las mayorías. 

Nadie duda que un poco de todo lo antes expuesto se reúne en la creación de Pablo Milanés, trovador de Cuba y Latinoamérica, que con su música ha señalado momentos esenciales, ha suscitado los más variados sentimientos y, por mucho más que esto, es una cita insoslayable en la historia de la música cubana. 

Su labor profesional se extiende ya por más de cuatro décadas, y resumir aquí con detenimiento su caudal creativo es imposible. No obstante, intentaremos narrar sus pasos y meditar un poco. 

Le cantaba a mi tristeza 

En 1963, Pablo Milanés escribe su primera canción: “Tú, mi desengaño”. Este fue el comienzo de una etapa que se extiende hasta 1966 y se distingue por un apego al estilo de los principales representantes del movimiento llamado feeling (filin). 

Desde antes de esta fecha su actividad musical transcurría en ocupaciones diversas. Así fue integrante del Cuarteto del Rey, más tarde de Los Bucaneros, por un tiempo como solista en el Hotel Saint John, en el Gato Tuerto y el club Karachi, centros nocturnos donde se hacía música norteamericana, principalmente canciones románticas, jazz y también feeling. En este medio, Pablo alternó con importantes cultivadores del movimiento Feeling y sus primeras canciones son ineludiblemente el reflejo de este mundo. “Hoy vuelvo a ti”, “El sol ríe por mí”, “Al borde del final”, “Estás lejos”, “Llévame contigo, muerte”, todas de 1964, simboliza ese aferramiento al tono romántico e intimista, a partir de armonías con giros sorprendentes que caracterizan al feeling. Sin embargo, existe un aspecto significativo en el plano musical y es la diferencia entre algunas secuencias armónicas y melódicas propias de las obras de los fundadores del feeling y las de Pablo, que asimilaban cierto barroquismo. Este no solo provenía de su conocimiento reciente de esa corriente estilística y su especial predilección por Juan Sebastián Bach, sino también de la renovación que recién realizaba el francés Michel Legrand y su neobarroco visible en los antológicos temas de los filmes “Los paraguas de Cherburgo” y “Las señoritas de Rochefort”. Estas secuencias armónicas a su vez guardan relación con ciertos giros que se presentan de forma reiterada en nuestra música popular (ya sean giros armónicos que se repiten en forma de secuencia, generalmente de forma descendente, a la distancia de un tono, como, por ejemplo, en los clásicos “tumbaos” del son). 

En el plano textual, los temas tratados en estos años eran, en muchos casos, resultado de vivencias personales, otros de ficción, siempre referidos a relaciones amorosas desde posiciones desgarradoras (donde la muerte aparecía como constante) como “Llévame contigo, muerte”: 

(…)

 Incomprensión es la clave de este

mi destierro fugaz,

amor es odio total

jamás la felicidad.

Y al final desesperado

sin aliento te diré

que ya no me quedan fuerzas

para seguir.

Llévame contigo, muerte. 

Pero el acervo musical de Pablo no se encierra únicamente en los modos apuntados: el son oriental y su admiración por Lorenzo Hierrezuelo, María Teresa Vera, Miguelito Cuní y otros representantes de la música tradicional cubana, salen a flote de modo especial en su obra. 

“Mis 22 años”, (1965), una de sus obras cruciales, es resultado de esta asimilación. Para Pablo significa un escaño importante, pues aquí proclama un rompimiento esencialmente personal en el texto; sin embargo, lo que resulta bien significativo, luego de una primera parte de rasgos de feeling, es la inclusión hacia el final, de la guajira–son, con la que sintetiza su búsqueda de una nueva manera de enfrentar la canción, salto esencial dentro de la cancionística cubana. 

Le cantaba a mi tristeza

a mi dolor y a mi muerte

La tristeza en mi vida,

viniendo el dolor a veces

a acompañarme en la búsqueda

del camino hacia la muerte. 

......

Mi tristeza la sepultaré en la nada

y el dolor del brazo de ella siempre irá.

Nada habrá que me provoque más tristeza

y el dolor del brazo de ella siempre irá.

Y en cuanto a la muerte amada

le diré si un día la encuentro,

adiós, que de ti no tengo

interés en saber nada,

nada. 

También del 65 son: “Ya ves”, “He sufrido algo”, “Contemplando la noche”, “Traté de olvidar, de borrar lo que fuiste”, y del 66 “El Manantial”, “Si ya no sé”, “Ahora estoy lejos de ti”, “Catorce pelos y un día después de tanto tiempo sin verte”, canciones que si bien no muestran todos los presupuestos de “Mis 22 años”, son la antesala de otra de las más significativas rupturas dentro de su creación. 

Y me pregunto por qué tanta muerte 

Con “Yo vi la sangre de un niño brotar” (1967) comienza una segunda etapa resultante de la paulatina maduración política del creador, donde la preocupación por los problemas sociales y la revalorización de criterios sobre cuál es el verdadero papel del cantor y su compromiso con quien lo va a escuchar, unido a sus inquietantes búsquedas musicales, definen sus características esenciales. 

Yo vi la sangre de un

niño brotar,

yo he visto un niño

llorando su suerte

y me pregunto por qué

tanta muerte,

tanto dolor, tanto

napalm. 

En estos años sería imposible dejar de mencionar la Casa de las Américas y la importantísima figura de Haydée Santamaría, quien acogió la labor que Pablo comenzó en el Servicio Militar, así como la de otros jóvenes como Silvio Rodríguez y Noel Nicola. Pero nada fue fortuito, ya existían la Nueva Canción Latinoamericana y la Canción Protesta; se había celebrado un primer encuentro en la Casa de las Américas. La situación mundial sufría acontecimientos como la guerra de Viet Nam, que era punto de mira de los intelectuales y en Cuba se sucedían cotidianamente irrefutables logros sociales de la Revolución, elemento determinante en ese engranaje, que dio lugar a uno de los más importantes movimientos de la música cubana, alentado por propósitos tales como cambiar el espectro de la canción y rescatar los valores de la trova tradicional desde su visión más actual y cotidiana: el Movimiento de la Nueva Trova Cubana. 

En la obra de Pablo se perfilan desde entonces, las principales pautas de su estilo: un proceso en el que la tradición y lo nuevo, junto a un acercamiento a las realidades sociales, sin desdeñar su más genuina preferencia por el tema amoroso, se mezclan en un todo que revitaliza sus aspiraciones personales como creador y dignifica la música popular cubana contemporánea. 

Así aparecen obras que sintetizan su modo de hacer; desde la más hermosa canción de amor: “Para vivir” (1967), hasta su declaración de principios en “Pobre del cantor” (1967), o “Su nombre puede ponerse en verso” (1969) donde aflora el son. Señales de una etapa muy rica, que mantiene también estrechos vínculos con el cine, gracias a un proyecto de Alfredo Guevara, director del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), para trabajar con la cinematografía cubana. Con este fin se crea en 1969 el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, integrado por el propio Pablo, Silvio, Noel, Sara González, Eduardo Ramos, entre otros; bajo la dirección del maestro Leo Brouwer. Esta iniciativa daba la posibilidad de hacer música muchas veces por encargo para documentales y filmes de corto y largometraje y recibir todo el entrenamiento musical necesario de manos de grandes músicos.  

De estos años surgen innumerables obras para cine y también para televisión: “De niña aquellos juegos te importaban poco” (1969), “Nuestro es también el revés” (1970), “Masa” (con texto de César Vallejo) de 1971, “Canción del constructor” (1973) y otras no destinadas a estos medios como “Yolanda(1970) –una de sus canciones sin dueño– “Los caminos” (1972), donde por primera vez se aborda el guaguancó dentro de la Trova, “La vida no vale nada” (1975) que declara sus principios y “A Salvador Allende en su combate por la vida” (1973), “Yo pisaré las calles nuevamente” (1974), “Son de Cuba a Puerto Rico” y “Canción por la unidad latinoamericana” (1975) que muestran su fe en la identidad cultural de nuestra región y la solidaridad entre los pueblos de América Latina y el Caribe. 

La musicalización de versos de distintos poetas ha sido otra de las facetas de Pablo. Su primer disco, Versos de José Martí cantados por Pablo Milanés (1973) es una de sus más importantes experiencias, para la que seleccionó algunos de Versos Sencillos y fragmentos de la prosa del escritor y Héroe Nacional cubano. Luego surgió Pablo Milanés canta a Nicolás Guillén (1978) con textos del Poeta nacional de Cuba, donde está presente el son y se advierten claras alusiones armónicas y melódicas a obras propias realizadas anteriormente. 

Otras canciones se han nutrido con poemas de Eugene O’Neill (1970), César Vallejo (1971), Agostinho Neto (1976), Mario Benedetti (1982) y un texto de Ethel Rosemberg (1978). 

La década del 80 indudablemente trajo nuevos aires en la creación artística nacional, resultado de una mirada más profunda, amplia y diversa a nuestra vida cotidiana, propiciada por acontecimientos acaecidos en el país y en el ámbito internacional. 

El éxodo de miles de cubanos, las posteriores demostraciones de reafirmación política y la disposición de mantener los logros de la Revolución, se refleja de forma muy clara en la obra de Pablo. En 1980 aparecen: “Yo me quedo”, “No vivo en una sociedad perfecta”, “Amo esta isla” y “Acto de fe”; que dentro de su creación simboliza el resultado de un fuerte impacto que revitaliza, renueva y revaloriza sus más genuinos criterios sobre la realidad social. 

“Yo me quedo”

Yo me quedo

con todas esas cosas

pequeñas, silenciosas,

con esas yo me quedo. 

o en “No vivo en una sociedad perfecta”:

No vivo en una sociedad perfecta

yo pido que no se le dé ese nombre

si alguna cosa me hace sentir esta

es porque la hacen mujeres y hombres. 

Desde el punto de vista temático resulta relevante para estos años la inclusión de sus propias posiciones y principios con tanta fuerza, así como haber calado de forma más directa en nuestra realidad; sin embargo, esto no conlleva la aparición de una nueva etapa estilística. Otros aspectos sí determinan la distinción de estos años como lo son: contar con su propia agrupación, lo que permite una amplia asimilación de elementos de diversos géneros tanto nacionales como foráneos, recreando con especial efectividad sus intereses musicales. 

De forma general, estos años muestran la madurez creativa del autor, donde se consolidan los principales rasgos estilísticos que se venían perfilando a lo largo de su obra. 

En el texto, el ya tradicional tema del amor sigue siendo abordado desde la óptica más polémica, donde los conflictos de la pareja juegan un papel importante; así como el cuestionamiento de su verdadera manera de manifestarse. Como en “Para vivir”, del 67 o en “Amor y Años”, del 75, aparecen ahora: “Mírame bien”, “Eso no es amor” (1982), “El breve espacio en que no estás” (1984), “La felicidad” (1987), cada una referida a problemáticas sui géneris que provocan la meditación. Otras temáticas, como la juventud, aparecen con mayor amplitud. Su referencia a ella en “Los años mozos” (1968), vuelve ahora con una visión más abarcadora, donde, además de narrar las naturales circunstancias de esta etapa, incluye el importante rol que juega en la edificación de la sociedad cubana. “Ya se va aquella edad”, “No ha sido fácil” (1984) realizadas para un serial de la ECITV FAR, así como “Sábado corto” (1986).  

En cuanto al texto, también valdría resaltar una idea que ha estado presente siempre, y es la preocupación por el paso del tiempo, así como los cambios y transformaciones que se producen en torno a él. Desde “El tiempo, el implacable, el que pasó” (1974) hasta “Cuanto gané, cuanto perdí(1983) entre otras, Pablo se declara como un estudioso del devenir temporal en todas las esferas. En el tratamiento musical y en el caso específico del son (a partir de ahora, definitivamente asimilado en todas sus esencias) tiene muestras de realización, donde el cuidadoso trabajo del texto, fundamentalmente, propio de las cualidades de la canción, cobra especial trascendencia en el modo de abordar el género. Tal conjugación de elementos de diversos complejos genéricos (la cancionística y el son) le brinda a su obra un sello identificador, que ha dado lugar a afirmaciones sobre su especial manejo de los rasgos distintivos del son. 

De aquí provienen, “Buenos días América” (1985), “Son para un festival” (1986), “Son para despertar a una negrita” (1987) o “Canto de la abuela” (1992). Aparecen por vez primera en su catálogo el “Danzón con Blas” (1984), así como cercanas referencias al folklore de ascendencia africana en “Homenaje” (1981) e “Identidad” (1988). 

Como intérprete realiza otros importantes discos  donde, en deuda con sus orígenes, realza la obra de los clásicos trovadores cubanos en una serie de discos: Años I, II y III. Verdaderas obras de arte cada uno de ellos, donde para interpretar la trova recurre a los protagonistas que estaban un poco olvidados como Luis Peña “El Albino”, Cotán y Francisco Repilado “Compay Segundo”.  

Con el feeling también salda su deuda con una muestra de lo adentrado que se mantiene en este estilo. La excelencia del trabajo realizado, demostrado en la propia selección de los temas – ya sean los cubanos, como los boleros mexicanos incluidos en los volúmenes IV y V- así como en la auténtica interpretación, donde procuró ceñirse a los recursos más originales desde la manera de interpretar la guitarra para lo que buscó a dos maestros: Eduardo Ramos y Martín Rojas.  

En estos últimos años, Pablo Milanés disfruta del gran reconocimiento nacional e internacional, una de las muestras de esta afirmación fue la edición del álbum Querido Pablo, un proyecto del cantante español Víctor Manuel, en el cual diversas personalidades de la música recrearon los valores artísticos de su producción y además, testimoniaron así el respeto y afecto que profesan por nuestro trovador. Otros ejemplos son los multitudinarios conciertos efectuados en Cuba como en el exterior, donde se comprueba la preferencia del público por escuchar obras que se sitúan a la altura de estos tiempos; también esta trascendencia se advierte en la cada vez más creciente inclusión de obras de Pablo en el repertorio de diversos intérpretes, así como la realización de versiones salseras de muchos de sus números. 

Participó además, en la grabación de los discos Marta Valdés donde interpreta dúos inolvidables con Miguelito Cuní y en el Nueva Visión del ya fallecido jazzista cubano Emiliano Salvador, en el que aparecen sus primeras improvisaciones soneras. 

Otros discos posteriores han reflejado su obra, pero también los cambios que en algún momento se propuso en la concepción de acompañamiento y arreglos. El más significativo resulta el disco Proposiciones, de 1988 cuando se incorporan jóvenes músicos que algunos aun se mantienen y poco a poco se han ido adentrando en nuevas sonoridades, se han realizado nuevos arreglos a temas viejos en aras de estar acordes a los nuevos tiempos. 

Le suceden discos como Identidad, Canto de la abuela, Con ciertos amigos, Orígenes, Plegarias, Días de gloria, hasta llegar a su nueva producción del 2001 Pablo querido,  título de la que sería la segunda parte del Querido Pablo, casi 20 años después, que ahora se repite con la presencia de  otros artistas. 

Aquí participan  intérpretes, todos de Hispanoamérica, pero con la singularidad de que ahora es mayor la amplitud de selección, se incorporan cantautores, pero también algún que otro cantante de pop no afiliado a lo que conocemos como Nueva canción (como paso casi en su mayoría en el Querido Pablo) como es el caso de Fher, cantante del grupo Maná, de México y otros artistas reconocidos en otras esferas como Marco Antonio Muñiz, Armando Manzanero, etc. 

En la actualidad, Pablo se encuentra grabando su nueva producción discográfica que aparecerá como una continuidad del Pablo querido, con la participación de otros importantes artistas del mundo. 

A la vuelta de más de 40 años de creación artística  podríamos resumir que Pablo ha sido consecuente con sus principios sobre la creación, bien definido desde temprana fecha y se ha mantenido bebiendo de fuentes muy auténticas de la música cubana e internacional, sin olvidar jamás la modernidad.  

Pablo Milanés es uno de los más importantes músicos de toda la historia musical cubana,  un cantautor que se dimensiona más allá de su propio quehacer en Cuba, para extenderse al mundo como un artista imprescindible del movimiento de la Nueva Canción hispanoamericana, hombre capaz de señalar caminos y defenderlos a   través de toda su obra humana y musical. 

Para hablar de Pablo es imposible limitarse a su creación, o quizás a sus trabajos discográficos alternativos o a sus proyectos de promoción o a sus reconocimientos, porque todo esto se comporta como un híbrido. Esto hace que Pablo sea ya para todos algo más que aquel joven trovador que guitarra en mano bebía de diversas fuentes; más que el hombre símbolo de la humanidad, de solidaridad latinoamericana; más que uno de los cantores preferidos del público nacional y embajador de esperanzas a otros pueblos; más que la visión clara de los acontecimientos sociales, alguien con quien la cultura cubana tendrá siempre que contar.

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