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CON TODAS ESAS COSAS
Gracias a sus proposiciones hemos aprendido a amar a una
mujer tanto como a esta Isla, a saber que los caminos no
se hicieron solos o que el poeta también es él. Hemos
descubierto el comienzo y final de una verde mañana y
que no vivimos en una sociedad perfecta.
M. H.
Lagarde|
La
Habana
En un
mundo dominado por el mercado y donde lo efímero parece
ser una condición epocal, son pocos los músicos,
compositores o intérpretes que pueden lograr durante
algún tiempo el favor del público. Las nuevas canciones
o figuras salidas del horno de la mercadotecnia padecen
irremediablemente de la inconstancia postmoderna.
Pero ya se sabe que
todas las reglas tienen sus excepciones y algunas
adquieren especial valor sobre todo cuando se dan en
contextos que, más allá de las últimas tendencias de
moda, no han resultado los más favorecidos. Tal es el
caso de Cuba donde un cantautor como Pablo Milanés ha
sabido ganarse durante más de cuatro décadas no solo el
favor de sus coterráneos, sino también el del público de
otras latitudes.
Nacido en Bayamo, el
24 de febrero de 1943, Pablito —como a pesar de sus
sesenta años recién cumplidos persisten en llamarlo
muchos de sus seguidores—, entró en la música cubana
casi adolescente como integrante de las agrupaciones
Cuarteto del Rey y Los Bucaneros.
Considerado por los
especialistas como una suerte de puente entre dos
generaciones de trovadores, la del feeling y la que más
tarde se conocería como el Movimiento de la Nueva Trova,
dio el gran salto en su carrera cuando decidió
estrenarse como solista en una Habana donde determinadas
condiciones históricas —corrían los años iniciales de la
Revolución cubana—, propiciarían, a la par que una
transformación de toda la sociedad, un gran cambio en la
cancionística y el quehacer musical cubano.
En
sus trajines de aquellos años como cantor independiente,
Pablo descubrió a otros jóvenes que, guitarra en ristre
y armados de originales acordes y versos, siguiendo el
legado de la sempiterna trova cubana, se habían hecho el
propósito de dejar constancia de la épica y la lírica de
esa nueva etapa.
Junto a Silvio Rodríguez o Noel Nicola, figuró entre los
protagonistas de aquel concierto organizado por la Casa
de las Américas en marzo del 68. Para entonces, ya Pablo
había compuesto “Yo vi la sangre de un niño brotar”, un
tema contra de la guerra de Viet Nam y que según su
autor fue la que le “permitió el vínculo con lo que
luego sería la Nueva Trova. Tuvieron noticias de esta
canción que surgió a partir de una información que tuve
sobre el Festival de la Canción Protesta y me llamaron a
integrar un grupo de compañeros que trabajaban esa
temática política.”
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Pablo Milanés, Noel Nicola y Silvio Rodríguez |
Un
año después, del núcleo reunido en la Casa surgiría esa
escuela que fue el Grupo de Experimentación Sonora del
ICAIC, dirigida por el maestro Leo Brower. Empezaron a
escucharse algunas de esas canciones que con el tiempo
formarían parte tanto del imaginario isleño y universal:
“Yo no te pido”,
“Los años mozos”, “Pobre del cantor”, “Hoy la vi” “Los
caminos” o “Cuba va” (escrita junto a Silvio y Noel).
La
más conocida de todas es, sin duda, la legendaria
“Yolanda”, uno de esos temas que capaces de
asegurarle a cualquiera la inmortalidad y cuyo título ha
devenido sinónimo de mujer. Desde hace años, a
Yolanda —esa mujer a los que todos hemos amado
alguna vez—, se le canta en todas partes: en un
parque de Madrid, en un café parisino, en una calle de
Chile o en la Plaza de Mayo.
Recuerdo ahora una anécdota que la propia Yolanda contó
alguna vez en televisión. Según ella, en un viaje que
realizó junto Pablo por un recóndito paraje del
Amazonas, un trovador local al saber que venían de Cuba
quiso agasajarlos con la única canción que conocía de la
tierra de los visitantes. Después de dos o tres acordes
comenzó a cantar: Esto no puede ser no más que una
canción...
Pero antes que la tentación convierta este texto en una
remembranza infinita de canciones que de una forma han
estado ligado a los más disímiles momentos de la vida de
los contemporáneos de Pablo durante estos cuarenta años,
quisiera apuntar que, a pesar de las modas y otros
modismos no precisamente tan musicales, la extensa y aun
inconclusa producción Pablo ha marcado definitivamente
toda una época de la música cubana e iberoamericana.
Esto ha sido posible gracias a unas especiales dotes
vocales que le permiten, como a muy pocos cantores,
incursionar en cualquier género de nuestro rico
patrimonio musical o por la intensidad poética de unos
textos dedicados ya sea a transformar ideas y
sentimientos o a reflejar determinados entornos
históricos.
Igualmente significativo ha sido su desempeño como
músico, sobre todo, si se tiene en cuenta que su obra,
así como él mismo, provienen de esas raíces que tan
bien, antes que Win Wenders y otros descubridores lo
hicieran, reflejó en la recopilación Años. Al
mismo tiempo, desde aquellos experimentales finales de
los sesenta hasta nuestros días, su creación ha estado
siempre abierta a las más disímiles tendencias de
la más reciente música universal.
Durante todos esos años de vida artística hemos
apreciado a nuestro querido Pablo porque, gracias a sus
proposiciones, hemos aprendido a amar a una mujer tanto
como a esta Isla, a saber que los caminos no se hicieron
solos o que el poeta también es él. Hemos descubierto el
comienzo y final de una verde mañana y que no vivimos en
una sociedad perfecta. Como Pablo, y aunque el tiempo
pasa y nos vamos poniendo viejos, nos hemos quedado con
todas esas cosas...
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