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NO MÁS QUE UNA CANCIÓN, EN EL CINE
 
Desde su incorporación al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, en 1969, hasta ahora mismo, el audiovisual cubano ha contado en repetidas ocasiones con la presencia o las canciones de Pablo Milanés. Su música aparece estrechamente vinculada a los más importantes momentos del audiovisual cubano contemporáneo.


Joel del Río |
La Habana

La Jiribilla Nro 13 dedicada al GESI


Al principio, allá por los años 1969 y 1970, algunos cineastas miraban desde una cierta y prudente distancia la incipiente obra musical del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Por muy loables que fueran sus intenciones no se sabía cuál sería el resultado de mezclar identidades creativas tan dispares como Leo Brouwer, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Sergio Vitier y Pablo Milanés. Este último entró en el Grupo desde su primera formación y se mantuvo luego de la reorganización, cuando comenzó a dirigirlo Eduardo Ramos. Es decir que entre 1969 y 1976 estuvo Pablo Milanés perteneciendo al Grupo, entregándole al cine cubano algunas de sus mejores canciones.
 

Los dos primeros cineastas en confiar plenamente en el GESI fueron Santiago Álvarez —son varios los Noticieros ICAIC Latinoamericanos de aquella época que incluyen esta música— y Manuel Octavio Gómez, quien le entregó al propio Pablo un papel casi protagónico en La primera carga al machete.

Luego se acercaron al Grupo, en oleadas, algunos otros cineastas, principalmente documentalistas, como Sara Gómez, Sergio Giral, Manuel Herrera, Octavio Cortázar, Oscar Valdés y Bernabé Hernández. Pero mayormente la música del Grupo era usada de manera incidental o como apoyo. Ningún cineasta de esa época llegó tan lejos como Manuel Octavio Gómez cuando le entregó a Pablo Milanés la enorme responsabilidad de componer toda la música de su extraordinario filme, uno de los mejores realizados en Cuba en toda la historia del séptimo arte nacional.

En La primera carga al machete Pablo aparece como una suerte de juglar-narrador, siempre cantando, mientras camina por las locaciones en las que transcurre la acción del filme. Es decir, que la figura y las canciones del cantautor entraban y salían de la trama tan pronto comentando lo que se presentaba como describiéndolo y sintetizándolo, en una suerte de distanciamiento que muy pocas veces se volvería a intentar en el cine cubano.

A finales de los años setenta y principios de los ochenta, Pablo volvería a ser asiduo protagonista del audiovisual cubano, pero ya en reportajes televisuales sobre sus megaconciertos como solista, o acompañado por Silvio, dentro y fuera de Cuba. Llegó incluso a figurar como anfitrión de un excelente programa semanal de televisión, Proposiciones, el cual dejara una ola de gratos recuerdos, en tanto rescató del olvido total, o parcial, a muchos veteranos clásicos de la música popular cubana, mucho antes de que se le ocurriera la idea “genial” a los Ry Cooder y compañía.

Ya convertido en uno de los artistas más populares en el ámbito hispanoamericano, el cine cubano volvió a solicitar canciones de Pablo. Y sin contar las decenas de documentales y filmes de ficción donde se escuchan algunas de sus más famosas canciones, vale referirse a la muy sensible utilización que hiciera Orlando Rojas, en su debut Una novia para David, de la canción “Ámame como soy”, uno de los grandes éxitos del año 1984 en la voz de Elena Burke. La canción era una especie de síntesis del superobjetivo del filme: la solicitud de arriesgarlo todo por quien se elige, asumiendo todos los defectos e imperfecciones de esa persona amada. Otra vez se utilizaba “en directo” la música de Pablo, pues en una escena los protagonistas iban a un club donde estaba Elena cantando la canción mencionada.

Pasó más o menos una década, inundada por la música de Pablo a todos los niveles, melodías como “El primer amor”, “No ha sido fácil”, “Ya se va aquella edad” o “Fuego en la piel” contribuyeron altamente a realzar los valores de los espacios televisuales que acompañaron. En 1994, Julio García Espinosa, en el largometraje de ficción Reina y Rey, utilizó íntegramente los versos de “Yolanda”, como expresivo contrapunto a la soledad y a las esperanzas del personaje central, una anciana que así se llamaba, y que interpretaba magistralmente la actriz Consuelo Vidal. Ese mismo año, pero en Argentina, una bellísima canción de Pablo, “La soledad”, en la voz de Mercedes Sosa, servía de pórtico y de coda al filme Convivencia, uno de los principales títulos rodados en el país austral por aquellos años.

En los noventa, e incluso en estos años, Pablo Milanés participa en el mundo audiovisual sobre todo a partir de los video clips. Entre ellos vale recordar “Háblame de colores”, “Los días de gloria” o “Despertar”, dos de los varios que intentan poner en imágenes el tierno lirismo de las canciones que magnifican. Siempre a los admiradores de su obra nos parece escasa su presencia en imágenes. Y por eso seguimos soñando con obras en que se grafique, de alguna manera, “La felicidad”, “Todos los ojos te miran” o “Comienzo y final de una verde mañana”, que se me antojan ideales para apoyar obras audiovisuales en que se relate y cronique el lance amoroso, erótico, desde la cámara subjetiva y la focalización interna; o “Yo pisaré las calles nuevamente” y “Yo me quedo”, con insertos documentales en montaje alterno y vertiginoso de imágenes contrastantes, o poner en flash backs, disolvencias y fundidos esa obsesión con el pasado que el autor recrea en “El tiempo, el implacable, el que pasó” o “La novia que nunca tuve”. En pocas palabras: las canciones de Pablo Milanés ofrecen un mundo de asociaciones, metáforas y posibilidades que todavía el audiovisual no acaba de explotar convenientemente y a fondo. A pesar de lo mucho y muy bueno que se ha hecho.

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