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FEBRERO Y 24
Bladimir Zamora Céspedes
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La Habana
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Estaba sentado en el parque de Bayamo, o dicho de la
manera más certera, en la Plaza de la Revolución, que
fue la denominación dada al sitio por Carlos Manuel de
Céspedes, inmediatamente después de instaurarse el
primer gobierno cubano en esa villa. Andaba yo en
cavilaciones de remembranza y tratándome de beber la
expresión singular de las personas que rondan y, de
repente, de por allá atrás de la Catedral de San
Salvador, como solo suena allí, salió vibrante el Himno
Nacional. Envuelto en los aires de nuestra más
entrañable marcha de guerra, fue que advertí que era 24
de febrero o más bien, entré en la emocionada conciencia
del significado de esa fecha para todos los cubanos y
particularmente para los bayameses.
Nadie ignora que el 24 de febrero de 1895, con el Grito
de Baire, se desencadenó la última contienda
independentista de la Isla, contra el colonialismo
español. Y tampoco que fue obra de preparación paciente
y vigorosa de José Martí, para lo cual nuestro más
grande hombre –al decir de Juan Marinello– creó, el
Partido Revolucionario Cubano, agrupando a los viejos
mambises que velaron sus primeras armas en la Guerra del
68, con patriotas de generaciones posteriores –como
Martí mismo– para hacer la guerra necesaria. Y
naturalmente como es común saber la raigal rebeldía de
Bayamo, no hay quien dude que muy pronto mujeres y
hombres de la ciudad, se echaran a la manigua.
Es
probable, sin embargo, que muchos cubanos, incluyendo
algún que otro bayamés, desconozca que antes de
considerársele fecha sagrada, por ser el día del
arranque de la última guerra contra España, sesenta y
tres años antes ya había ocurrido en la segunda villa
fundada por los españoles en la Isla un acontecimiento
de gran significación. El 24 de febrero de 1832 nació en
Bayamo Juan Clemente Zenea, poeta romántico de la mayor
trascendencia en las letras iberoamericanas, cuya
impronta renovadora dejó huellas en muchos de sus
contemporáneos. Hombre de gran cultura, casi totalmente
forjada de manera autodidacta y actualmente
definitivamente comprobado que fue leal a la causa
independentista cubana, aunque por muchos años se dudara
de su integridad patriótica, por los brumosos
acontecimientos que sucedieron a su intento de salir de
Cuba rumbo a Estados Unidos, donde ya residía hacía años
y su captura fatal a manos del ejército español. El
autor del conocido poema “Fidelia”, no abandonó el arma
de sus posibilidades líricas mientras no le privaron de
su vida. Prueba de ello es su conjunto poético Diario de
un mártir, que escribió en la prisión de San Carlos de
la Cabaña, antes de ser fusilado en 1871, en el Foso de
los Laureles de esa fortaleza.
En ese mismo rango de importancia que los anteriores
acontecimientos, cuando se cumplían cuarenta y ocho años
del inicio de la Guerra del 95, nació en Bayamo Pablo
Milanés, justo el día que algunos fervorosos de la
poesía cubana, celebraban el aniversario ciento once del
natalicio de Zenea.
Esa misma tarde cercana de febrero, en que yo fui movido
por el Himno –de Perucho, de Bayamo, de todos –, Pablo
nos estaba cumpliendo sesenta años. El niño que comenzó
a estirar sus huesos entre las antiguas canciones
tradicionales que la gente humilde de la ciudad, salvaba
del olvido pasándoselas de boca en boca y ya no pudo
dudar que iba a cantar, siempre a cantar, aunque no
pudiera todavía tener la más remota idea de que su voz
iba a ser considerada en las más portentosa del
cancionero en lengua hispana.
El
casi adolescente que se vincula a la atmósfera habanera
con los protagonistas del movimiento filin y demuestra
enseguida su afinidad creadora con ellos, poco antes de
ser uno de los grandes iniciadores del Movimiento de la
Nueva Trova. Pablo Milanés, hace ya muchos años
perteneciente, no solo a Cuba ni al resto de los
hispanoparlantes, sino a toda criatura humana de la
Tierra, con la sensibilidad indispensable, como para
poder recibir sin prevenciones ese abultado catálogo de
canciones suyas, de las que no me atrevo a nombrar
ninguna, porque dejaría fuera algo preferido por otros
fuera de la lista. Pablo, cantado por Elena Burke de su
mismo patio; o de Ana Belén, española; o Fito Páez,
argentino; Iván Lins, brasileño; Lucecita Benítez, de
Puerto Rico; Soledad Bravo, de Venezuela... Pablo mismo
y su voz convocadora de multitudes, cantando, siempre
cantando, del lado del amor y de las hermosas luchas que
logran ese disparo de luz, sobre nuestros pechos, cuando
más lo necesitamos.
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