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CALVERT,
AQUEL ADOLESCENTE TÍMIDO, TARTAMUDO Y OTRAS COSAS MÁS
Humberto Arenal
Aquel adolescente siempre siguió siendo tímido,
tartamudo, muy sensible, un poco triste, amable, educado
y otras cosas más que no voy a enumerar de una vez. Su
nombre y apellidos resultaban muy extraños para aquellos
adolescentes, jóvenes más bien, que trabajábamos como
mensajeros en la Cuban Telephone Company. Llamarse
Calvert Casey era una cosa desusada, casi un reto. Y
todavía más que esa persona tuviera un aire intelectual
y ausente. Supongo que yo estaba tan prejuiciado en su
contra como los demás. Para la mayoría era un tipo raro,
sorprendente. Y eso ha sido siempre así en Cuba —y
quizás en el mundo— difícil de aceptar. Calvert
soportaba nuestros comentarios con indulgencia y nunca
lo vi contestar de mala forma las preguntas tontas y los
comentarios solapados que casi siempre le dirigíamos.
Por lo demás, nunca hizo mucho por ganarse la amistad y
la simpatía de sus compañeros. Parece que siempre aspiró
a ser aceptado sin condiciones. Y este es un reto que se
puede convertir, para algunos, en un desafío amenazador.
Pero el duelo irregular nunca se produjo, pues a pesar
de todo Calvert tenía sus armas secretas para ganarse
amigos, aunque muy lentamente. La confianza criolla se
encargó de borrar las diferencias.
El
nombre Calvert se lo convertimos en Calvito, y aunque
era una forma de choteo cubano, también lo fue de afecto
y cercanía.
La
sorpresa grande fue cuando publicó un libro de relatos
titulado Los paseantes, con el seudónimo bastante
pomposo de José de América. Creo que el escritor Antón
Arrufat conserva un ejemplar de este libro que habrá que
tener en cuenta cuando se estudie el total de su obra.
Yo no recuerdo casi nada de este libro que compré o él
me regaló en algún momento. Pero recuerdo con bastante
nitidez la sorpresa y los comentados que provocó. Iban
desde burlas descamadas, a la justa sorpresa de que uno
de nosotros fuera capaz no solo de escribir un libro
sino de publicarlo. De todos modos creo que Calvert ganó
algunos puntos en nuestra estimación.
Diez años después comentábamos Carlvert y yo en Nueva
York lo que representó el libro para él. Decía que
entonces quiso mucho ese libro —sonriendo con
indulgencia— pues significó algo más que eso, no fue
simplemente un libro, fue una forma de autodefinición,
de osadía, de enfrentamiento y a la vez una búsqueda de
reconocimiento. Después pasó una etapa en que lo
ocultaba avergonzado. No le hablaba a nadie de él. No
quería que se mencionara. Y después lentamente fue
ocupando el lugar que merecía. Creía que había vuelto a
quererlo, de una manera distinta, por supuesto.
No
habría mucho que recordar de aquellos años aburridos
para ambos de la Cuban Telephone. Entonces no fuimos
buenos amigos, sino compañeros a secas. No había
antipatía ni rechazo total. Simplemente no fuimos
amigos. Aunque deben haber habido causas más profundas
que no vienen al caso mencionar. Alguna vez hablamos de
esto. Más de una vez nos preguntábamos: ¿Por qué no
pudimos ser buenos amigos entonces? Y siempre llegábamos
a una conclusión sencilla: éramos distintos, pero no
tanto que invalidara una buena amistad. Entonces fue muy
amigo de otros que no significaron nada después.
Nos reencontramos años después en Montreal, Canadá;
donde ya empezaba su larga carrera de traductor e
intérprete. Había aprendido inglés desde su adolescencia
y después francés. Se desenvolvía bien en esos idiomas y
nunca le faltaron posibilidades de trabajo “en ese duro
oficio que me disgusta”, como le gustaba decir. Quizás
le molestó siempre aquello de “tradutore traditore”.
Una injusticia consigo mismo porque leí y se publicaron
excelentes traducciones literarias suyas e hizo, por
encargo mío, una buena traducción de una comedia
musical. A pesar de todo prefirió durante esos años
traducir a escribir. En algún momento pensó que no tenía
nada importante que decir y se refugió en las
traducciones. “Tengo que acumular vivencias. Me he
pasado muchos años imaginando la vida”, decía entonces.
Nos hablaba de distintas gentes con admiración y
curiosidad. Parecía que estuviera descubriendo el valor
de la experiencia directa con seres humanos muy
variados. Sobre todo Miguel un médico argentino que
había estado en la Segunda Guerra Mundial y que le había
cogido tal pavor a la guerra que creía nunca soportaría
esa funesta experiencia. También hablaba de los primeros
amores. Hablar de amores en esa época era encubrirlos
con frases inmateriales y asexuadas, sublimadas por su
imaginación de siempre. Yo le comentaba a Olga, mi mujer
—que era familiar suyo—, que parecía que no estuviera
hablando de seres vivos de carne y hueso. Años después
supimos por qué había adoptado ese tono glorificado.
Después fue a Europa. Sé que estuvo en Francia y en
Suiza. Tal vez en Italia, a donde volvió al final de su
vida.
Una vez escribió Manuel Azaña —el político y escritor
español— que “postergar el amor es un crimen contra la
vida”. Calvert Casey se reprochaba en Nueva York, donde
nos encontramos años después (debe haber sido en 1950),
que hasta que fue a Europa no conoció el verdadero amor.
No era tarde, tenía un poco más de veinticinco años,
pero durante la primera parte de su vida fue un hecho
oculto, vergonzoso, inmoral, al que había que negarle
autenticidad y trascendencia. Parecen grandes palabras
acumuladas en tan corto espacio para juzgar una
conducta. Pero así fue como el propio Calvert nos las
expresó en una carta que nos envió a mi mujer y a mí, y
que siento no tener ahora, pues hubiera sido un
interesante documento. En esa carta nos decía todas esas
cosas y justificaba así su ausencia durante meses de
nuestra casa por una sola razón: nos había estado
ocultando durante mucho tiempo su condición de
homosexual.
En
verdad, nosotros lo sabíamos desde hacía bastante tiempo
sin que nadie nos lo hubiera dicho. Y no porque él
tuviera una conducta escandalosa ni hiciera ostentación
de su condición sexual. Nunca actuó así, ni antes ni
después. Pero ya sabemos todos lo difícil que es hacer
una confesión de ese tipo en una sociedad que condena, y
sigue condenando, cualquier práctica pederasta. Entonces
era peor que ahora. Para disipar cualquier duda o
malentendido, le escribí una carta en la que le decía
que apreciábamos mucho su sinceridad, le recordaba lo
que él sabia, que siempre lo habíamos respetado y
apreciado mucho como amigo, y en síntesis que nada había
cambiado. Y sin protocolo, cuando él regresó, lo
invitamos a comer un arroz con pollo con vino chileno
que era uno de sus platos favoritos.
Entre tartamudeos y risas nos habló con franqueza de lo
que no debió de haber sido nunca un secreto. Creo que
nuestra amistad se fortaleció más a partir de entonces.
Pienso que desde el punto de vista literario la estancia
de Calvert en Nueva York fue muy fructífera. Recuerdo un
cuento que publicó en inglés en The New Mexico
Quaterly y a partir de 1956 comenzó a publicar en la
revista cubana Ciclón. Después del triunfo
revolucionario colaboró en Lunes de Revolución y
en la revista Casa de las Américas, en La
Gaceta de Cuba, en la revista Bohemia, en la
Revista de la Comisión Cubana de la UNESCO y
también en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica
de México. Hay un aspecto poco divulgado de su
trabajo como periodista. Calvert fue un buen crítico de
teatro. Hasta cierto punto lo induje a escribir sobre el
teatro a partir de un trabajo conjunto que hicimos en un
grupo que organicé en Nueva York y sobre todo sobre la
base del buen teatro que siempre vio. En broma me decía
que hubiera sido actor si no lo dominara la tartamudez.
Fue a partir de su regreso a Cuba que Calvert escribe la
mayor parte y la mejor de su obra narrativa. Su libro de
cuentos El regreso lo sitúa en la década del
sesenta como uno de los tres mejores de esa generación
que irrumpe unos años antes, pero que cobra coherencia y
profundidad a partir del triunfo revolucionario de
1959.
La
prosa de Calvert —de una marcada influencia de los
narradores norteamericanos— trae a nuestra narrativa un
nuevo y propio perfil. Sus escritores norteamericanos
preferidos eran Sherwood Anderson, Theodor Dreiser, Walt
Whitman y Edgar Allan Poe. Por propia confesión y por
evidencia literaria, fueron estos los escritores que
dejaron una huella más profunda, sobre todo evidente en
sus primeros cuentos. Y también los franceses Jean Paul
Sartre y Albert Camus. Recuerdo cuando me regaló un
ejemplar de El extranjero de Camus y me dijo que
lo leyera con cuidado. Él lo consideraba un libro
ejemplar. Y su casi devoción por el norteamericano Henry
Miller al que le escribió un ensayo: Miller o la
libertad, y al inglés D. H. Lawrence sobre el que
escribió Notas sobre pornografía. Y he dejado
para último, porque creo que fue una pasión constante en
toda la vida de Calvert, su obsesión por José Martí.
Comienza su ensayo Diálogo de vida y muerte así:
“A la gran obsesión con la vida en Martí, responde otra
obsesión igual, o más poderosa aún, la de la muerte. La
suya es la muerte del héroe romántico en su más puro
aspecto.” Para un innegable romántico como Calvert Casey
esta empatía nunca fue superficial ni pasajera. Calvert
tuvo, como Martí, dos obsesiones: la de la vida y por
encima de esta la de la muerte. Así lo confiesa en su
ensayo Diálogos de vida y muerte que es uno de
sus más logrados trabajos ensayísticos. No pretendo con
esto agotar —es evidente por la brevedad con que lo
abordo— un estudio sobre la obra de Lialvert Liasey.
Otros deben hacerlo o ya lo están haciendo según
noticias. He querido dejar sentada la excelencia de su
obra y la calidad humana que lo distinguió siempre.
Creo que ya es hora que abordemos ciertas cosas con la
sinceridad que merecen. En 1966 Calvert se vio forzado a
salir de Cuba porque su condición de homosexual le
molestaba a algunas personas. No fue ninguna
exageración. Los que fuimos sus amigos sabemos que
ciertas cosas difíciles de aceptar para una persona que
se respete, como él siempre lo hizo, lo obligaron a
tomar esa decisión que fue dolorosa, triste y que
agudizó su tradicional angustia de siempre. Fue a Suiza
de nuevo y finalmente encontró trabajo en Roma como
traductor donde fijó su residencia. Materialmente vivía
bien, pero tengo cartas suyas que reflejan su pésimo
estado de ánimo, el desarraigo, la soledad que sentía.
Aunque publicó en Barcelona su novela Notas de un
simulador y tuvo una intensa relación amorosa,
quizás demasiado intensa para aquel momento, había
perdido la razón vital para vivir. Quizás Martha, mi
mujer, y yo fuimos los últimos amigos cubanos que
visitamos su casa antes de que se suicidara en 1967. Era
un ser demasiado frágil para ser sometido a pruebas tan
difíciles y penosas.
Del libro Encuentros, Ediciones
Unión 2002.
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