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Entre
las tantas cosas que quiso ser de niño -- bombero, aviador,
faquir, alquimista (entonces desconocía tal palabra)-- Wichy,
El rojo, Nogueras, o cualquiera de los nombres con que fue
conocido y amado Luis Rogelio Nogueras, finalmente se hizo
escritor porque la literatura viene a ser "como una alquimia
de la palabra".
Creció entre libros, dentro de una familia que veneraba a un
pariente novelista: Alfonso Hernández Catá. Pero no se hizo
escritor por mimesis sino porque alguien le dijo, cuando era
un adolescente, que se parecía a Carlos Pío Urbach. Cuando
supo que este escribía, decidió que él debía hacer lo mismo,
aunque muy pronto descubrió que su parecido con aquel "era el
mismo que podía haber entre un diccionario Larousse y un
catcher" . Entonces comenzó a escribir en serio.
A los 22 años ganó con Cabeza de zanahoria el premio de
poesía, compartido con Lina de Feria, en la primera edición
del concurso David que desde 1967 convoca la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
Ejerció diversos oficios: editor de libros y de revistas,
periodista, autor de novelas, guionista de cine... sin
embargo, fue la poesía su ocupación predilecta. Con ella
obtuvo las mayores satisfacciones y de eso nos habla en este
casete para que disfrutemos de su voz ya que él, en una de
esas travesuras con que sorprendía a sus amigos, se escondió
de nosotros hace quince años. No dudo que ande junto al Dr.
Zen poblando islas perdidas o repose en una remota cueva donde
lee a Blanca Luz los versos de Apollinaire.
Virgen Gutiérrez |