| LA JIRIBILLA |
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LA SINGULAR MODESTIA DE FINA GARCÍA
MARRUZ Durante muchos años, por el uso y el abuso, solemos hablar del plural de modestia que encubre, también más de una falacia, pero no siempre nos topamos con el singular de la modestia, desde el silencio de la laboriosidad cómplice, como sucede con esta mujer, nacida hace ya ochenta años, y que cubre desde el pasado siglo hasta los años iniciales del presente, un enorme espacio en las letras cubanas.
Soy de los que piensan que Fina es uno de los más puros poetas de la lengua en nuestra literatura, y que es igualmente merecedora del Cervantes, como lo fue Dulce María Loynaz, lauro por cierto que solo otra mujer ha recibido, María Zambrano. Ella es una de esas raras especies, donde se conjuga la erudición y la sensibilidad, la inteligencia y el talento, con la alta cultura que no desdeña ninguna manifestación del pueblo, porque se nutre de la raíz íntima y personal de la tierra, y de sus pobladores. La cubanía de la García Marruz no es impostada, y sin embargo, resulta más auténtica. Le viene de sus semillas, desde el amor a la patria, alimentado por ese Martí que es una especie de buen amigo que la acompaña siempre, y por el amor a Dios, que materializa en sus hijos, en sus nietos, en su compañero, el también poeta y ensayista Cintio Vitier con quien emprendió el camino no solo de la vida en familia, sino de las letras para crear una dupla difícil de superar. Cultivadora del verso, que ha tomado el cuerpo de varios cuadernos en todas estas décadas de incansable laboriosidad, es igualmente una de las mayores prosistas cubanas. Una ensayista que hace justo el sentido del ensayo como expresión de una subjetividad, y no como el nefasto canon de las monografías áridas y eruditas. En esta vertiente suya, especial dedicación ha sido la de Fina a la vida y a la obra del Apóstol José Martí. Desde el estudio de su poética, en sus libros fundamentales, hasta la observación y validación agudas de su novela, tenida por otros a menos, como de la revista que dedicó el Maestro a la infancia y que han merecido de esta mujer horas de estudio y de reflexión, en el potencial diálogo que nutre cada lectura suya de un original martiano. A ella, como a Cintio y a Emilio de Armas debemos la edición crítica de la Poesía completa de José Martí, obra que solo nace del amor. Y este sentimiento, de filiación cristiana, se esparce por la escritura de Fina, como si ella pudiera hacer suya, y renovar en cada entrega de su palabra escrita, la primera carta de San Juan, con su apelativo al amor. De natural reposada, como en sordina, mostrando el perfil en escorzo, he visto a Fina airada, combativa, dueña de una capacidad de violencia como si fuera armada por el Jehová de los ejércitos, cuando alguien ignora o desdeña o simplemente no entiende o mal interpreta un juicio suyo sobre el Apóstol, entonces, ella cambia, deja la mansedumbre de su personaje benévolo, y arde en la pasión, como Jesús en el templo de su padre. Confieso que no puedo acercarme a Fina García Marruz, a su obra, sin emoción. La he visto crecer en la defensa de los Versos Sencillos, como si blandiera la espada de San Miguel ante los secuaces de Luzbel, la he visto relatarme la pesadumbre de aquellos finales de los 60 en la Biblioteca Nacional José Martí, escenario de un grupo de jóvenes que entonces solíamos reunirnos con Eliseo Diego para someter al maestro al asedio de nuestros primeros textos.
Mujer de
paz y de cólera, sapientísima, Fina es hoy, sin duda
alguna, uno de los más justos y merecidos Premios
Nacionales de Literatura otorgados en nuestro país,
merecedora de mayor divulgación y promoción allende
nuestras fronteras, labor que contaría, sí lo sabemos,
con ese desgano suyo a toda la parafernalia de la luz
pública, porque ella tributa mejor en el silencio, a la
sombra de un árbol, donde sus versos brotan del alma,
desde el espíritu de una mujer que hace suyo el credo,
como el cantar de los sinsontes y el palmar en las
lomas. |
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