| LA JIRIBILLA | |
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LAS MARAVILLAS DE LA IGLESIA DE PAULA
Hacia el fondo de la bahía de La Habana, y por ello alejado un tanto de la ruta que siguen los que pasean por este lado de la cuidad, se alza un singular edificio de nuestro Casco Histórico: la Iglesia de Paula. Es lo que ha llegado a nuestros días de un edificio mucho mayor que ocupaba una extensa área. Abarcaba también un hospital, pero fue demolido para ampliar el espacio en torno a los muelles de la bahía y facilitar el tránsito por esta zona. Actual sede del grupo Musical Ars Longa, este verdadero monumento arquitectónico recuperó su singular belleza, gracias a una cuidadosa restauración realizada por la Oficina del Historiador de la Ciudad hace algún tiempo. Digno marco para este grupo musical que se esfuerza por revivir entre nosotros, con instrumentos y atuendos originales, la música de épocas lejanas. A sus valores externos, los atributos más visibles para muchas generaciones de habaneros y visitantes, se ha sumado un interior enriquecido con obras de relevantes artistas. Una singular lámpara y un fabuloso crucifijo de plata de Pepe Rafat, ese artífice que convierte en joya todo lo que toca y donde se recrea la fauna nacida de su imaginación portentosa; un imponente tríptico de Cosme Proenza, con la riqueza imaginativa y la maestría de ejecución que caracteriza su obra, en la cual elementos de corte renacentista se entrelazan con una factura impecable y temas que parecen cercanos al Bosco; el majestuoso vitral de Nelson Domínguez, de colores que esplenden al contacto con la luz solar y se multiplican en el altar, creando un mosaico de reflejos que se renueva con el transcurso de las horas; los candelabros del arquitecto y orfebre italiano Lucio Iezzi, quien trabaja la plata buscando la síntesis máxima en relación con la función utilitaria y hace que la superficie bruñida reproduzca el espacio que rodea la pieza y se integre a ella en un todo armónico; el via-crucis de Zaida del Río, en el que, con su peculiar estilo y el uso de una fuerte línea negra, tal vez como influencia de la inolvidable Amelia Peláez, reproduce paso a paso las estaciones del martirio son algunas de las gratas sorpresas que le añaden una nueva dimensión estética al venerable edificio. Todas las obras seleccionadas para engrandecer este entorno han sido realizadas en concordancia con él, en cuanto a lo que el tema se refiere, y merecerían un profundo y detallado análisis, pero hay una que llama la atención no por sus dimensiones, sino por el alcance de su contenido y excelente factura: el mural del pintor y ceramista Aniceto Mario. Aniceto Mario (Las Villas, 1952), es miembro destacado de esos artistas de hoy que han logrado, con su tesonera labor y talento, equiparar entre nosotros la cerámica a otras manifestaciones, como la pintura o la escultura consideradas superiores tradicionalmente por críticos y público. Lo trascendente de su mensaje, unido a una impecable técnica son elementos que identifican también sus platos que, tratados como superficie pictórica, la sobrepasan y sus telas donde sus seres enigmáticos nos sacuden o nos hacen soñar, pero jamás nos dejan indiferentes. En la Iglesia de Paula, Aniceto Mario nos regaló la figura de Cristo Crucificado, motivo que ha sido una constante a través de toda la historia del arte, hasta tal punto que podría afirmarse que a partir del arte románico sería posible organizar un curso de historia del arte solo con el estudio de este tema, interpretado por cada artista y cada época de manera diversa. Parecería que nada nuevo era posible obtener de un asunto multiplicado hasta el infinito. Sin embargo, hay aquí un acercamiento novedoso enriquecido con un sinnúmero de lecturas probables. Del madero de la cruz, árbol antes que objeto, nacen hojas, flores, se puebla de vida, de pájaros; es la promesa de la resurrección a través del martirio. Pero tal vez la cruz sea el árbol mismo de la vida y ella la causa y el destino del sufrimiento y la resurrección. En apretado haz van vida, muerte y vida en un ciclo ilimitado y que no ha de terminar nunca. Los ojos, de este Crucificado, como los de todas las creaciones del artista, incluyendo peces, pájaros, güijes y otras criaturas, nos atrapan y no nos dejan marchar, nos trasmiten angustia, asombro, conformidad, dolor, pero sobre todo nos miran, nos interrogan y nos acompañan, en un alarde secreto de la más depurada técnica. Porque el claroscuro logrado por la integración de los diversos pigmentos cerámicos a la naturaleza íntima del material, cuyo dominio parece ser exclusivo de este autor, es otra de las constantes en su obra. Su mensaje es el de un universo poético lleno de resonancias y de identificación con el entorno natural, que tanto habla al que sabe escucharle. La suya es la búsqueda de la naturaleza humana o humanizada en toda su grandeza y pequeñez, en la identificación con el otro, sea ser hombre, vegetal o animal, elemento de comunicación más profundo y significativo, donde la mirada sustituye y trasciende, donde lo más importante es precisamente lo que ya los ojos han dicho y rebasan. Entonces el instinto o el espíritu, sabe. No en vano se dice que el los ojos son el espejo del espíritu y no hay espectáculo mayor que el de la mirada. Y no es casual que desde las primeras representaciones artísticas –recordemos el arte hierático del Antiguo Egipto, por ejemplo- el ojo ha ocupado un lugar principal como símbolo del que todo lo sabe y todo lo ve, de la existencia humana, de la inmanencia divina y en definitiva del amor.
Entremos y detengámonos entonces en la Iglesia de Paula
para admirarla por fuera y por dentro, para entender y
disfrutar de trabajos depurados que nos harán meditar y
nos producirán un profundo goce estético. |
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