| LA JIRIBILLA | |||
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CRÓNICA DE UN VIAJE
Lo primero que nos pasó, después de tantas trabas, fue el famoso problema de las visas que todos hemos padecido. Nos las dieron el mismo día que salíamos. De pronto dijeron que todas estaban otorgadas y cuando pasamos a recogerlas faltaban cuatro. Entre ellas estaba la de la persona especializada que iba con Mabelita, una niña que conoce y que quiere todo el pueblo de Cuba, nosotros la llamamos la Abeja Reina. La niña de “Solidaridad con Panamá” que tiene ese talento asombroso, y que ahora está estudiando en la Escuela de Instructores de Artes. Mabelita no pudo ir. Eso le provocó una tristeza lógica. Además no fueron otros tres compañeros imprescindibles para la gira.
La primera función fue en la Universidad Católica de San Diego, una Universidad bellísima donde nos pasó una cosa inusitada para nosotros. Nos anuncian por la radio, la prensa, la televisión, que Alfa 66 prepara una manifestación en contra de nosotros, contra los niños. Se desplegó la policía, patrulleros, artilleros, de esos que vemos en las películas, y al final eran seis personas mayores de edad con unos cartelitos, un poco ridículos, que decían dos o tres barbaridades bien locas. Entonces allí se dejó ver la solidaridad latinoamericana, y ellos nos explicaban que si eso era en San Diego que era un poblado, en Los Ángeles iba a ser terrible. Realmente después no pasó absolutamente nada. Yo me imagino el ridículo que hicieron frente a tantos niños pequeñitos cantándole a la paz, al amor. En realidad fue un cariño extraordinario de un pueblo maravilloso, de todas las personas que se nos acercaron, que tuvieron que ver con nosotros. Fue un hermosísimo contacto con ellos. Actuamos en grandes teatros: en el Conga Room, en el famoso Nigth Club, de Jennifer López y Andy García en Los Ángeles, y también tuvimos la oportunidad de ir a las escuelas. Estuvimos en una escuela pública para niños pobres y sin recursos, Hubert High School, donde vimos cómo cacheaban a los niños al entrar, para que no llevaran armas blancas. Las escuelas estaban todas cerradas y llenas de candados, cosa que los niños nuestros ni se imaginaban. Estuvimos en una muy linda que se llama “Semilla del Pueblo” que tiene muchos niños asiáticos, afroamericanos y latinos, donde hay principios parecidos a los de La Colmenita, y ellos nos pidieron después de ver la actuación que organizáramos una Colmenita allá en Los Ángeles.
Llevamos espectáculos en español, en inglés y espectáculos bilingües y entre ellos presentamos Sueño de una noche de verano, paradigma de la cultura anglosajona, visto a la manera cubana. Eso creaba un silencio absoluto de aquel público que conocía tantas versiones de la obra de Shakespeare. Nos entregaron la llave de la ciudad de San Francisco, unos diplomas al mérito, muy bonitos, por el condado y la ciudad de Los Ángeles. Nos invitaron a una sesión de la Cámara con televisión en vivo. De pronto, los niños comenzaron a cantar “Chivirico”, y todo el mundo empezó a bailar. El estado de California dictó hace un tiempo una resolución en contra del bloqueo, lo que los dignifica mucho. Después dictaron una resolución por el otorgamiento de ciudades hermanas, y una tercera, que es la Resolución 521, para honrar a La Colmenita, entre muchas otras cosas: “por ser la primera compañía que los visita y por luchar por las artes y la prevención de la violencia infantil”.
La última función sí fue dura, porque a nosotros nos cogió la guerra. Al otro día, como se sabe, la población de San Francisco es de izquierda y progresista. Se lanzaron a las calles, las inutilizaban. Nos explicaron que la última función no íbamos a poderla dar, pues no sería posible llegar al teatro. La suspendimos, pero a las cuatro de la tarde nos dijeron que el teatro estaba hirviendo y la gente salía directo de la manifestación para allá, y que no podíamos dejar de hacerla. Había que buscar la forma de llegar. Por supuesto, no nos negamos y fue una función que no vamos a olvidar nunca. Era grande la electricidad de aquel público que había venido de manifestarse contra la guerra para cantarle a la paz. Estaba abarrotado el teatro.
Habíamos establecido
el compromiso de que todo lo que se recaudara en la gira
desde el punto de vista comercial se donaría a la salud
pediátrica cubana. Pero cuando llegamos allí, nos
enteramos de que a raíz de la guerra habían recortado
salvajemente los fondos de asistencia social y
asistencia médica a los niños californeanos, y entonces
decidimos entre todos traer la mitad para Cuba y dejar
la otra mitad para esos niños pobres, a los que vimos en
una situación extremadamente crítica. Cuando contábamos
esto a nuestros amigos norteamericanos provocaba una
reacción muy bonita, de lo que tiene que ser el futuro,
compartir la cultura, compartir los pueblos y
precisamente serán los niños los que hagan esto. Nos
merecemos esto, las dos culturas y los dos pueblos. |
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