|
LA DESFACHATEZ CONTRA CUBA
Antonio
Maira|
España
"La estrategia de los Estados Unidos
puede tener varias alternativas en función de la
evolución de los acontecimientos. En todo caso reclama
la aplicación prolongada de las medidas de bloqueo
económico, de penetración informativa y agitación
social, y de promoción y apoyo a la disidencia interna.
Requiere también un control notable de los medios de
comunicación y exige un despliegue informativo ante la
opinión pública internacional. Condicionar el juicio
sobre Cuba se convierte en un factor de primer orden."(1)
Todos sabemos, con absoluta claridad -los que escribimos
en medios alternativos y los que lo hacen en Falsimedia-,
cuál es el juego del imperio en
relación con Cuba. Cuál es el juego en lo que se refiere
a los objetivos finales -escritos desde hace mucho
tiempo en la Ley Helms-Burton-, y cuál en relación con
el llamado "proceso de transición", con las alternativas
posibles y las secuencias planeadas, los modelos de
intervención y los métodos previstos para cada uno de
ellos, es decir, con los riesgos concretos e inmediatos
que está corriendo el pueblo de Cuba. Sabemos también
que ese juego sobre el destino de Cuba y la derrota de
la revolución viene desde muy atrás, no ha cesado nunca,
y que en los últimos meses se está realizando de manera
desenfrenada.
Tampoco tenemos muchas dudas sobre la relación inmediata
que tienen los juegos imperiales de los Estados Unidos
con el derecho internacional, con las resoluciones en la
ONU bajo coacción y amenaza, con las guerras contra la
comunidad internacional que acaban convirtiéndose en
operaciones humanitarias para alivio de las víctimas, y
recomposición del "consenso de los aliados", con las
guerras preventivas y genocidas, con las matanzas de
civiles que engrosan la cuenta sin límites y sin
responsabilidades de los "daños colaterales" y con la
destrucción-matanza que resulte necesaria en operaciones
exactamente definidas como de "conmoción y pavor".
Ni podemos engañarnos sobre la relación, más diferida,
entre la reestructuración del mundo bajo la égida de
Washington y el abandono de la garantía colectiva de
aquellos derechos humanos de los que, -según la Summa
doctrinal de nuestro tiempo: la Nueva Estrategia de
Seguridad Nacional de los Estados Unidos-, debe ocuparse
con exclusividad el mercado: "principio moral y única
expresión de la Libertad". Nada menos que los derechos a
la vida, la salud, la integración social, la protección
de la infancia, la educación y la cultura, la dignidad,
y el trabajo.
Y de eso se trata precisamente, de los objetivos, los
métodos, los riesgos y las defensas, en relación con
otra "crisis" y otra guerra posible del Imperio, cuando
se analizan los últimos juicios y sentencias realizados
y ejecutadas en Cuba.
Todo esto lo saben también, por supuesto, los
"disidentes" detenidos, juzgados y condenados hace unos
días. Precisamente por que lo saben colocaron su
disidencia en el marco de la guerra de Estados Unidos
contra Cuba, que estiman próxima, inevitable y de
resultado victorioso -para Washington, naturalmente- y
también en el de la guerra infinita, codiciosa,
arbitraria y feroz, de EE.UU.
contra los grupos, las gentes y los pueblos no sometidos
del mundo.
Asombra ver con que facilidad los mismos gobiernos, los
mismos políticos y los mismos medios de comunicación,
que nos han intentado conducir, paso a paso, mentira a
mentira, a la aceptación de una guerra "preventiva" sin
nada de que prevenirse, escandalosamente desigual y
abusiva, cruel hasta la absoluta frialdad e indiferencia
ante las matanzas que llegan del cielo, consiguen
desviar ahora las miradas hacia otro lado, y encabezar
una campaña que prepara un nuevo escenario para la
acción y consolidación del Imperio. Son los dedos
justicieros de Bush, Blair y Aznar, los que apuntan
ahora hacia Cuba.
El retorno colonial
El "deseable" destino de Cuba, el carácter
emancipatorio de su transición política, ha sido pactado
por la llamada disidencia, tanto interna como exterior,
con el gobierno de los Estados Unidos. Eso dicen, al
menos, hinchando pecho, los autoproclamados salvadores
de Cuba. El texto sagrado de ese convenio negociado es
la Ley Helms-Burton. Claro que si ese texto, que define
con detalle de vocación casi profética el destino del
país antillano, es el resultado de un verdadero pacto y
no de un edicto imperial, los negociadores cubanos
tienen que ser acusados, con el beneplácito de toda la
comunidad internacional, de flagrante traición a su
patria.
La "Cuban Liberty and Democracy Act of 1996" (Ley Helms-Burton)
no sólo detalla los durísimos instrumentos de agresión a
la Cuba revolucionaria, y los mecanismos de coacción a
terceros países y organizaciones financieras
internacionales para generalizar un bloqueo de
consecuencias demoledoras para el bienestar del pueblo
cubano, sino que diseña minuciosamente y sin el menor
recato, toda la estructura de dominación y dependencia
para la futura "Cuba libre".
En el capítulo de los actos de agresión, la Helms-Burton
viola la legalidad internacional organizando
detalladamente las sanciones económicas, y las
coacciones y represalias para aquellos países que no se
incorporen a ellas, y además proporciona cobertura y
garantía jurídica a cualquier otra actividad que por su
gravedad debe permanecer secreta. Con eufemismos casi
transparentes la Ley confirma y autoriza la realización
de actividades clandestinas contra Cuba: "Nada en esta
Ley prohíbe cualquier actividad investigadora, de
protección o de inteligencia, de una agencia
operativa o de inteligencia de los Estados Unidos"(2).
En el capítulo de la dependencia la ley comienza con una
pura suplantación. El Congreso de los Estados Unidos
-supremo legislador de la Cuba liberada- se permite
definir solemnemente los derechos del pueblo cubano
y las condiciones en las que puede ejercer su soberanía.
Los representantes legales del pueblo de los Estados
Unidos sustituyen al de Cuba y se convierten en una
verdadera asamblea constitucional que fija los
principios básicos del orden social, económico y
político de la isla. Con ello, Washington está
realizando un nuevo acto fundacional similar al
que tuvo lugar hace algo más de cien años: liquidar la
situación preexistente y fijar las nuevas condiciones
políticas y económicas pasando por encima de un largo
esfuerzo de liberación del pueblo cubano.
Con una desfachatez total, impertinente y ofensiva para
la independencia de Cuba pero muy natural dentro del
esquema de la dependencia colonial que comparte la
disidencia cubana, los congresistas de los Estados
Unidos, en un papel similar al de "padres fundadores",
dogmatizan sobre la historia de Cuba y la naturaleza que
ha tenido la relación de este país con el suyo,
establecen un juicio definitivo sobre su sistema social
y político, y señalan las condiciones que harían
aceptable -para los EE.UU.
convertidos en Hacedor Supremo- a un gobierno de
transición y a un gobierno democrático en la isla.
Además se reservan la suprema potestad de examinar y
certificar la incorporación de Cuba a la "comunidad de
países democráticos".
Sin referirse a la naturaleza de los derechos que
históricamente y dentro de una "relación especial", ha
ejercido EEUU en su relación con Cuba -ocupación primero
y Enmienda Platt más tarde-, y a la propia intención
fundacional que en una descarada vuelta atrás -hasta
1898-, orienta la actual estrategia norteamericana, no
se puede valorar el enorme nivel de injerencia de
Washington prevista en la ley Helms-Burton. Además de
las actividades de agresión y hostigamiento la
superpotencia intenta reproducir todo el instrumental de
intervención cotidiana que había sido habitual en el
período histórico que va desde 1898 hasta 1959. Y
reproduce también la identificación de la intervención
norteamericana con la determinación de un modelo
económico y social preestablecido por la gran potencia,
en el que además la dependencia es un elemento
fundamental.
Con la connivencia de los "patriotas" de Florida y de la
"disidencia interna" se retorna a planteamientos
netamente coloniales.
Cipayos y consejeros para un protectorado
En lo que se refiere a la recuperación de los
instrumentos para la intervención cotidiana, los Estados
Unidos pretenden imponer un verdadero protectorado sobre
Cuba. Como muestra, dos elementos.
El primero es el asesoramiento militar que se pretende
restablecer de manera inmediata. En efecto, "la
cooperación para la preparación de las fuerzas militares
cubanas a ajustarse al nuevo rol en una democracia y un
gobierno civil que podrá incluir ayuda para alojamiento,
educación y adiestramiento" aparece en el paquete
asistencial de aceptación obligatoria ofrecido a los
gobiernos de transición y democrático. En lenguaje más
claro: cualquier transición reclama el regreso de
la misión militar expulsada en 1959 y la subordinación
imperial de las fuerzas armadas de Cuba.
El segundo es el Consejo EE.UU.-Cuba
que debe ser puesto en marcha cuando se determine la
existencia de un gobierno de transición. Demuestra la
absoluta falta de respeto a la soberanía cubana o, más
aún, el desconocimiento de esa soberanía una vez se haya
liquidado el actual régimen cubano.. Dicho Consejo tiene
las dos siguientes funciones: "coordinar al gobierno de
Estados Unidos con el sector privado de ese mismo
país, en respuesta a un cambio en Cuba y para
promover el mercado como base del desarrollo en la isla"
y "establecer encuentros periódicos entre representantes
de EE.UU.
y sectores privados cubanos para facilitar el
comercio bilateral".
De modo que el Presidente de los EE.UU.
-sin participación de autoridad cubana alguna- coordina
el futuro económico de Cuba con los sectores privados de
ambos países. Pero los dos no tienen las mismas
funciones ni las que tienen poseen la misma importancia.
La promoción del mercado, primerísima actividad de
reestructuración económica y social de Cuba, le
corresponde a los empresarios de los EE.UU.
En lo que se refiere a los sectores empresariales
cubanos, con el papel subordinado de "abre-fronteras",
es claro que el proyecto apunta hacia los realmente
existentes o, lo que es lo mismo, hacia el exilio
cubano de Miami.
El modelo económico según Washington
Washington mantendrá el embargo y todo el cuadro de
sanciones hasta que un gobierno democrático esté
en el poder. Y este gobierno democrático instaurado bajo
condiciones aprobadas por el presidente de los EE.UU.
tiene que someterse también al cumplimiento de las
nuevas determinaciones que para él ha fijado el
Congreso norteamericano.
El gobierno de transición, para serlo, debe darse prisa
para predeterminar, según el deseo expresado por los
Estados Unidos, el sistema económico y social de Cuba.
Para ello se le impone como requisito fundamental que
"los derechos individuales a la propiedad privada hayan
sido restaurados y sean efectivamente protegidos y
extensamente ejercidos en Cuba". De manera
complementaria el gobierno democrático va
adquiriendo la condición de tal en la medida en la que
"está moviéndose claramente hacia una economía de
mercado basada en el derecho de poseer y disfrutar la
propiedad".
La mecánica "constitucional" para la "liberación de
Cuba" está muy clara. Después de una fase de
transición y elecciones en la que los EE.UU.
se reservan el flagelo del bloqueo combinado con el
monopolio del mercado asistencial e informativo, y el
veto sobre los posibles candidatos, el nuevo gobierno
que ha pasado por el filtro determinado por el Congreso
y manejado por el presidente de los EE.UU.,
debe de pasar por nuevas pruebas de calidad. El
reconocimiento de un gobierno como democrático
corresponde de nuevo al gobierno norteamericano que
deberá ajustarse a un catálogo detallado de condiciones
que establece la Helms- Burton verdadera Constitución de
Cuba.
A la vista de todo esto es lícito concluir que sólo una
identificación extrema con los EE.UU. puede permitir
pasar por este filtro político que define el Congreso de
los Estados Unidos. Dicho de otra manera: únicamente los
representantes políticos de Washington en Miami,
los dirigentes del exilio y sus escasos portavoces en
Cuba, podrían aceptar este expolio de soberanía.
Un análisis del instrumento legal que pone en marcha el
Congreso y el gobierno de los EE.UU. demuestra la
reinstalación de un principio intervencionista tan
acusado como en los peores tiempos de la relación
colonial. Dicha intervención postula, con la máxima
claridad, la recuperación del poder económico de EE.UU.
en Cuba y la implantación de un sistema capitalista
según los criterios que definen, en exclusiva, los
políticos de Washington.
El método Bush para la transición política
Ya hemos visto cuál es el indigno marco político de
dependencia y vasallaje en el que se mueven el "exilio"
y la "disidencia" cubana. Algunas palabras ahora, casi
innecesarias dada la inmediata experiencia de Irak,
sobre las características previsibles de un "proceso de
transición" dirigido por los EEUU.
Es obvio que a estas alturas de la implantación del
Imperio -con el neonazismo de Bush: arbitrariedad,
terror y violencia extrema como instrumentos del nuevo
poder mundial despótico- no puede descartarse, salvo por
la capacidad de resistencia de Cuba, un intento de
ocupación militar de la isla precedido de un "ataque
demoledor"(3). Comenzaría
con un proceso de relanzamiento del discurso sobre el
riesgo internacional que supone Cuba. A partir de esa
piedra angular que ayudarán a establecer los aliados
fieles, los aliados indiferentes, y los componentes de
Falsimedia, volvería a realizarse un sondeo coactivo
sobre las posibles alianzas para un ataque militar a la
isla. El escenario, sin duda terrorífico por los costes
humanos previsibles, se vería favorecido por la
aparición de una disidencia interna con un nivel mínimo
de actividad en Cuba. Una disidencia implicada en el
proceso de refundación colonial que tan detallada y
descaradamente han diseñado los Estados Unidos.
Éste es el marco global -proyecto y método- que pretende
determinar el destino y el camino hacia el futuro de
Cuba. Éste es el juego del Imperio.
Y es dentro de ese terrible juego de pérdidas
irreparables, sumisiones indignas, y costes humanos
incalculables, donde tenemos que valorar -salvando las
objeciones absolutas a la pena de muerte- los juicios y
las condenas que se han producido en Cuba.
Notas
1- "Conductas impropias". Pedro Moragues y Antonio Maira.
El Viejo Topo nº 135, diciembre 1999.
2- Fue recordada muy oportunamente por el canciller de
Cuba, Felipe Pérez Roque, en la rueda de prensa en la
que dio cuenta de los motivos de las detenciones y
condenas.
3- Esa calidad es la que les gusta ostentar a los
militaristas de Washington |