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LA
JIRIBILLA Dos cosas llaman la atención del espectador en Manteca - obra original del cubano Alberto Pedro, bajo la dirección de Miriam Lezcano-; una, es la sutil ironía del texto teatral y la otra, el desempeño de sus actores. La puesta en escena es como un diálogo abierto con el público, en el que afloran las situaciones de la vida cotidiana, reflejadas, con una crudeza que recuerda aquel repertorio de Héctor Quintero que hacía reír y sufrir al espectador. En tiempos en los que la temática social contemporánea ha sido un tema poco frecuente en la escena cubana, la manera descarnada con que Manteca ofrece su visión, sitúa a la obra -aún cuando apela a géneros tradicionales como el sainete-, en una vertiente novedosa y singular, que de hecho, la hacen universal, vivencial y vigente, a pesar de los diez años que la distancian de su estreno. Y es que la pieza, de comienzo a fin, se disfruta sin empaques. La trama, carente de las complicaciones que origina el tratamiento de diferentes espacios temporales, presenta una narración lineal con referencias a un pasado casi inmediato, que es palpable y posible para quien la observa. El conflicto de tres hermanos conviviendo en un mismo espacio, en el que coexisten sus bien diferenciadas personalidades, fluye sin rigidez. El escenario, pudiera ser cualquiera de las casas de La Habana, y en ello juega un papel decisivo la escenografía de Calixto Manzanares. Cuando la escena se ilumina por primera vez, algo de ella agrede al espectador que experimenta la misma sensación que si llegara a una de las tantas casas de vecindad de algunos barrios de la ciudad, y este efecto -con su realismo-, apuesta a la veracidad y a la credibilidad de lo que allí va a suceder, al poner al descubierto simples objetos imprescindibles en cualquier hogar: sogas, latas y tanques para recoger y almacenar el agua "en los días pares"; bicicleta, cuchillo, palangana, por solo mencionar algunos. Pero esta escenografía sería insuficiente sin la presencia del texto dramático que logra complementar los propósitos del autor de reflejar un cuadro cotidiano. Un hilo conductor se encarga de condicionar la mente del espectador. Hilo que no está exento del suspenso que entraña escuchar la reiterada sentencia ¡Hay que hacerlo!, y que sugiere inevitablemente, entre los posibles hechos terribles, el del asesinato. También, ese texto es el que va desnudando el mundo verídico e interior de los tres hermanos, con las discrepancias y los rencores que, con frecuencia, anidan en el seno de aquellos a quienes la vida impone el difícil reto de la convivencia familiar. Vale destacar, que en la crudeza del planteamiento de este escabroso tema, también asoma la poesía - presente entre otros momentos en el texto de Alberto Pedro-, en la referencia a ese libro paradigmático de valores universales que es El Pequeño Príncipe, de Antoine de Saint- Exupéry; y en la propia interrelación afectiva que proyectan los tres personajes, la que en más de una oportunidad se alza por encima de las preferencias ideológicas, sexuales o sociales que los diferencian, para dejar por sentado, "a lo criollo", que el concepto de familia resulta más fuerte que las mismas diferencias individuales entre ellos. Pancho García, María Teresa Pina y Mario Guerra, en sus respectivos papeles de los hermanos (Celestino, Dulce y Pucho), hacen que la obra resulte breve, que la trama transcurra sin la fatiga que a veces las altas y bajas de los desempeños actorales imponen al espectador. Muy bien lo logran los tres, y una vez más asombra el dominio en la caracterización de personajes de Pancho García, sobre todo, si se recuerda y se contrasta el actual con el de La Legionaria. Algo que, sin duda, conspira contra esta entrega del Grupo Teatro Mío, es el espacio de la Sala Alternativa del Centro Cultural Bertolt Brecht, en el que se disocia demasiado la escena, y los parlamentos, en ocasiones resultan intelegibles dada la deficiente acústica del lugar que igualmente, reduce un mayor impacto de la banda sonora alusiva a la trama y al título de la obra. Las mencionadas condiciones, posiblemente, también atenten contra el final, al debilitar la necesaria carga emotiva y dramática que la última escena demanda. Manteca, hace galas del éxito que la acompañó en el año de su estreno y de los premios que obtuvo; entre ellos, el Villanueva de la crítica especializada en 1993. No es casual el hecho de que transcurrida una década de esos ecos, el público haya colmado la sala, para regocijarse ante el reflejo de una realidad, que no por cotidiana, excluye la satisfacción de verla desde lo singular de la representación teatral.
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Editor Jefe de la revista Universidad de La Habana y
Profesor Asistente Adjunto de la Facultad de
Comunicación Social. |
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