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MIRTA PLÁ, EL TALENTO EN LA PUPILA
"Actualmente toda compañía de prestigio en Europa o en
América tiene un cubano formado por nosotros, lo que
habla del reconocimiento que hemos alcanzado". Diálogo
con Mirta Pla, primera bailarina del Ballet Nacional de
Cuba, Premio Nacional de la Danza 2003 junto al resto de
las Cuatro Joyas del Ballet cubano.
Tania
Cordero|
La Habana
No
voy a hablar de su sonrisa, se sabe cómo agrada y acoge.
Tampoco insistiré en la sólida técnica ni en la fuerza
dramática que la hicieron destacarse entre sus colegas
desde el principio y conquistar aplausos en distintas
plazas del mundo. Este diálogo devela la humilde
constancia de Mirta Pla, primera bailarina del Ballet
Nacional de Cuba (BNC). El otorgamiento del Premio
Nacional de la Danza 2003 a ella junto al resto de las
Cuatro Joyas funciona como pretexto para rememorar
fervientes empeños y aventuras.
-Desde
pequeña ha tenido que enfrentar varias selecciones: para
ingresar a la Academia Alicia Alonso, luego cuando se
reorganiza el Ballet de Cuba y obtiene el primer lugar.
Ahora como maestra, ¿qué mecanismos activa para detectar
el talento?
-En el ballet es casi obligatorio
mirar primero las condiciones físicas. Después está el
espíritu, el temple del bailarín; yo más bien me fijo en
los ojos. Al que tiene vocación, al que tiene alma se le
nota un brillo especial en los ojos.
-1958 resultó un año significativo en su carrera.
Bailó Giselle con Alicia en el Teatro Griego de Los
Angeles e integró el Ballet Celeste de San Francisco,
con el que realizó una gira por casi todas las ciudades
de Estados Unidos. ¿Qué saldo le dejó esa experiencia?
-Ese viaje fue como un
entrenamiento que complementaba nuestros estudios recién
finalizados. Fuimos dos veces y en la segunda ocasión
nos incorporamos al Ballet Celeste. La directora de esa
compañía vio que teníamos una preparación muy buena para
nuestra edad (15-16 años) y ella estaba necesitando
bailarinas. Para mí resultó una experiencia formidable.
Aquí no teníamos todavía esa posibilidad de bailar todos
los días, de confrontar sistemáticamente con el público.
En un mes aprendimos todo el repertorio del grupo (La
niña de los rizos de oro, fragmentos de
Cascanueces, Las estaciones, de Vivaldi) y
comenzamos a girar por la nación completa.
No
fue fácil separarnos de nuestros padres siendo tan
jóvenes, permanecer en un país con otro idioma y
costumbres. Era estar lejos de la familia, de Alicia y
Fernando Alonso, nuestros maestros. La compañía tenía
muy pocos recursos. Ni siquiera nos hospedábamos en
hoteles, sino que dentro de las personas del público con
mayores posibilidades económicas nos repartían entre
varias casas y luego nos reuníamos a la hora del ensayo.
Aun con esas incomodidades, pudimos conocer, hacernos
fuertes, desarrollarnos y encontrarnos como artistas.
-Desde su graduación en 1957 ha combinado el baile
con la enseñanza. ¿Ve en esa alternancia el camino para
una vida artística más rica?
-Definitivamente
sí. Para mí fue muy duro porque era joven y lo que
quería era bailar. Fernando Alonso estuvo muy acertado
al inclinarnos también por la docencia. Se trataba de un
principio y de una necesidad, pues estábamos en pañales,
Fernando solo no podía llevar la escuela y era
imprescindible continuar formando figuras. Eso me
permitió ser, en plenitud de mi carrera, una de las
profesoras fundadoras de la Escuela Nacional de Arte en
1961.
Fueron años muy intensos. Recuerdo que por la tarde
interpretaba roles de primera figura y por la noche
actuaba como solista; ya en la mañana había dado clases.
Comenzamos a trabajar los planes de estudio
perfeccionándolos por el camino. Todo ese intercambio me
ayudó mucho. El hecho de estudiar un paso para
explicárselo a un alumno me hacía pensarlo, entrenarlo
mejor y asumirlo con mayor seguridad. Aprendimos,
además, que el profesor no termina su labor cuando
concluye la clase. El artista tiene una sensibilidad
especial que hay que cuidar y por eso procuro ser de
alguna manera también amiga de mis alumnos.
Hoy todas esas enseñanzas de cómo impartir una clase y
tomar ensayos también me sirven para el trabajo como
maitre en el Ballet Nacional de Cuba y en otros lugares
del mundo. Hemos estado trabajando en Madrid durante
varios años en los Cursos de Verano de la Fundación
Alicia Alonso. He compartido con otros compañeros como
Loipa Araújo, Adolfo Roval, Iván Tenorio, Tony Cañas y
Miguel Cabrera. Además de trabajar todos juntos, un
grupo que nos conocemos hace muchos años, es muy
placentero encontrarnos, porque hablamos el mismo
vocabulario, un lenguaje que ha nacido con nosotros.
-Todos coincidimos en que el momento culminante de
esta primera generación de bailarines, discípula de
Alicia y Fernando, fue el Concurso de Varna. En 1967 el
importante crítico inglés Arnold Haskell definió a
Aurora Bosch, Josefina Méndez, Loipa Araújo y a usted
como "las cuatro joyas" y descubrió a través de ustedes
la escuela cubana de ballet. De entonces a acá, ¿cómo se
ha enriquecido ese concepto?
-Cuando
Josefina y yo fuimos a la primera edición del Concurso
había muchas expectativas, porque en esa época no
existían muchos certámenes de ese tipo y de Cuba
solamente se conocía a Alicia Alonso. A partir de
aquellos premios se comenzó a reconocer el trabajo que
aquí se hacía.
La
Escuela Cubana de Ballet se ha desarrollado mucho, se
han consolidado varias generaciones de maestros. La
técnica se ha ido depurando. También ha influido el
contacto internacional tan intenso en estos años. Cuando
uno confronta con otras maneras de hacer se reafirma en
su estética. Lo cierto es que actualmente toda compañía
de prestigio en Europa o en América tiene un cubano
formado por nosotros, lo que habla del reconocimiento
que hemos alcanzado.
-Usted y las primeras bailarinas de su generación
bailaron las grandes obras de este arte, desde lo más
clásico hasta las creaciones contemporáneas. ¿No le
preocupa que los jóvenes de hoy estén limitados a
interpretar los mismos roles a pesar del amplísimo
repertorio del BNC?
-Pienso que los primeros
bailarines deben abarcar todos los roles y transitar por
estilos diversos. Bailarlo todo ayuda mucho, aunque
alguien se especialice más en una vertiente. El bailarín
debe analizar, estudiar más lo que se acomoda menos a
sus capacidades danzarias. Si uno logra imponerse en un
estilo que le es lejano es un éxito todavía mayor.
-Como maitre, ¿qué virtudes y limitaciones aprecia en
las nuevas hornadas de bailarines?
-Prefiero darles a esos jóvenes
un humilde consejo: que no se conformen con lo logrado,
que se exijan más, que no se acomoden a lo ya alcanzado.
Cuando ellos se gradúan salen con una buena técnica,
pero lo artístico se adquiere en el escenario, en las
clases diarias. Los bailarines de hoy deben aprender a
escuchar más a los maestros, deben mirar y recibir,
porque a veces se mira y no se ve”. |