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DANZA CONTEMPORÁNEA EN LA FIESTA DE
ABRIL
Hago un alto en la presentación de Danza Contemporánea,
colectivo insigne ahora renovado con inquietas figuras,
compañía que insiste en conseguir una visión a la vez
propia y peculiar en nuestro panorama danzario.
Amalia
Hernández|
La Habana
Ya se
sabe que abril brinda la escasa ocasión de apreciar todo
el trabajo de la danza en el país. El Festival Los
Días de la Danza, que organiza el Consejo Nacional
de las Artes Escénicas, hace coincidir en La Habana a
agrupaciones tan singulares como Codanza, de Holguín,
Danza Espiral, de Matanzas, o Danza Combinatoria de la
capital.
En el
variopinto programa, hice un alto en la presentación de
Danza Contemporánea (DC), colectivo insigne ahora
renovado con inquietas figuras. La compañía, a cargo de
Miguel Iglesias, insiste en conseguir una visión a la
vez propia y peculiar en nuestro panorama danzario.
Luego de un año que inauguraron con su decisiva
participación en el montaje de Carlos Acosta,
Tocororo, fábula cubana, este abril DC
llegó al Teatro Mella con varias propuestas más o menos
logradas, pero repletas de profesionalismo. He aquí un
problema que repite el movimiento danzario de hoy.
Aunque el asunto merece comentario aparte, en breve se
resumiría como una dispersa dramaturgia en las obras que
provoca en el espectador la persistente sensación de
haber asistido a un espectáculo con bailarines dotados
de excelente técnica, pero que pocas veces les comunican
algo.
Pues
en esa cuerda se mueve El riesgo del placer, una
coreografía del catalán Joaquín Sabaté, que recurre a
una invasión de sugerencias en conjunto baldías,
aunque rica en cuanto a variedad de las composiciones.
Más efectiva resulta: Sin embargo, se muere, de
René de Cárdenas, asumida esta vez por alumnos en
práctica pre-profesional. La fuerza expresiva, a lo que
mucho contribuye el vestuario y la música, dota a la
breve obra de dramatismo y conduce al espectador a un
punto climático para hacerlo estallar en la muerte y el
renacer de los intérpretes.
En
Trastornados, Lídice Núñez se ratifica como una de
nuestras más originales coreógrafas. Otra vez vuelve a
brillar por el coherente empleo de la banda sonora y la
profundidad de sus composiciones. Como un escritor que
escoge el verbo más exacto y menos esperado, Núñez
alcanza muchas veces la exquisitez en cuanto a la
variedad en las posibilidades de movimiento. Sin
embargo, el poderoso Trastornados se alarga con
reiteraciones que, por su naturaleza abstracta y
general, dejan de sorprender, enturbian un tanto la
emoción. En el último minuto el sabio uso de la luz
retoma la atmósfera mística, y nos reconcilia con esta
creadora.
Dos
estrenos coparon la velada. Cara o cruz,
unipersonal de Jorge Abril, y Desatar, de la
norteamericana Abigail Levin. Luisa Santiesteban centró
la propuesta de Abril, una especie de divertimento
apoyado en bailes como el guaguancó y en expresiones del
movimiento cotidiano. Desatar al parecer escogió
el nombre de su interés por recrear las pasiones y las
libertades de un grupo de jóvenes. Atractivo y vital,
este montaje no trasciende, pero tampoco se hace difícil
de digerir.
Aplaudo este esfuerzo de Danza Contemporánea, sobre todo
como preludio de una compañía que cuenta con bailarines
dotados -algunos desde su singularidad reclaman ya por
relegar el movimiento coral y desatar sus personalidades
artísticas- para colocarla en los lugares cimeros de que
gozó en su llamada época de oro.
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