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VICTORIA DEL CISNE CARMEN
La
bailarina ejecuta una secuencia de pasos y, más
adelante, cruza rápida y repetidamente ambos pies en el
aire mientras salta verticalmente. Hay que ver cómo
mueve los brazos, cómo entorna los ojos, cómo cambia la
expresión del rostro. Hablamos ahora de histrionismo, de
la medida o desmedida teatralidad que acusa Viengsay
Valdés al actuar.
Hilario
Rosete Silva
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La Habana
Foto: Sergio
Abel Reyes
El alma trémula y sola/ padece al anochecer/ hay
baile; vamos a ver.../ a Viengsay Valdés, “Victoria” en
idioma laosiano.
Un air de caractère, proveniente del foso de la
orquesta, invade la sala García Lorca del Gran Teatro de
La Habana. Los ánimos, la atmósfera, todo está
previsto para el brillo de esta “nueva joya” del Ballet
Nacional de Cuba (BNC). Ella hace gala de su gracia, de
su sentido de la línea, de su perfecto equilibrio, y a
duras penas batalla contra el “circo”.
Hablar del “circo” implica hablar del virtuosismo, del
dominio de la técnica que uno exhibe en una función de
ballet –había dicho la primera bailarina unos días
antes, al recibirnos en la casa de Calzada y D, sede de
la compañía–, pero no es bueno acostumbrar al
público a un derroche técnico innecesario, y peor aún es
perseguirlo como fin último, en detrimento del estilo o
los requerimientos de la coreografía. Si al dejarse
llevar por los impulsos, porque se siente “en eje”, un
bailarín se lanza a realizar siete u ocho pirouettes
donde solo iban seis, y por ese lucimiento pierde la
música, entonces pudiéramos afirmar que su trabajo no es
de calidad. El público cubano, buen conocedor, cada vez
más exige de nosotros un virtuosismo asociado con giros,
“vaquitas” y “fouettés”, y no debiéramos
acostumbrarlo a eso.
Imponer las convicciones artísticas sobre las emociones
espontáneas: de eso se trata. Sin embargo, en cierto
momento, sintiéndose inspirado, cualquiera pierde el
control.
Un pie es desplazado de su lugar por el otro pie. De
momento, el pie desplazado se levanta en el aire. La
bailarina ejecuta una secuencia de pasos y, más
adelante, cruza rápida y repetidamente ambos pies en el
aire mientras salta verticalmente. Hay que ver cómo
mueve los brazos, cómo entorna los ojos, cómo cambia la
expresión del rostro. Hablamos ahora de histrionismo, de
la medida o desmedida teatralidad que acusa Viengsay al
actuar.
“En mis primeros enfrentamientos con el papel del Cisne
Negro (III acto de El lago de los cisnes, creación
femenina del hechicero Von Rothbart bautizada con el
nombre de Odile), me salía una criatura seria, sin
matices entre su maldad natural y su engañosa bondad,
actitud esta última que constituye el punto de atracción
del personaje para seducir al príncipe Sigfrido y
obtener de él un juramento de amor. Así que en todo este
tiempo fui puliéndolo, coloreándolo, distanciándolo de
Odette, el Cisne Blanco, para hacer notar la diferencia.
Pero justo aquí está el escollo. Al espectador puede
parecerle que la malevolencia proyectada por mi Cisne
Negro es excesiva, desmedida, tanta, que el príncipe
debería percatarse de que está frente a otro ser y no
frente a su amada. No obstante, es preciso aclarar que
Viengsay/Odile se comporta de cara al público de una
forma, con un rostro determinado, pero cuando pasa
frente al príncipe se transforma, cambia de rostro, para
enseguida volver a darle la cara al espectador. Con la
misma rapidez con que cambio de actitud, cambio de
rostro, y a veces el cambio es imperceptible. Frente al
público soy Odile, y frente al príncipe, Odette. Es
importante saber eso, como también es justo señalar que
a esas alturas Sigfrido está ciego de amor, y que aún
viéndome vestida de negro seguirá pensando que soy su
Cisne Blanco y que llegué a su palacio para casarme con
él. Todo esto conforma la fantasía de la obra”.
El país del ballet clásico
Traza un semicírculo con un pie, ora sobre las tablas,
ora en el aire, usando el otro como eje. Da pasos
cortos, alternados, siempre con un pie en el suelo,
preparándose para pasos más grandes. Todos sus acentos
coinciden con la música viva que proviene del foso, como
si sus pies tuviesen ritmo propio y este coincidiera con
el ritmo interior del director de la orquesta.
–El BNC, ¿expresa los valores del arte
danzario clásico o del arte danzario contemporáneo?
–Aunque el repertorio es extenso y lo componen un sinfín
de obras contemporáneas, el BNC, sin dudas, expresa
prioritariamente los valores de la danza clásica y hacia
estos se dirigen todos los esfuerzos desde los niveles
elementales de enseñanza. En lo personal, me identifico
con Don Quijote (Marius Petipa,
1818-1910), es decir, con el personaje de Kitri, la hija
del posadero, joven alegre, divertida, traviesa, pero a
la vez enamorada, y me fascina enfrentar la dualidad
Odette-Odile de El lago... (también de Marius
Petipa, pero compartida con Lev Ivanov,
1834-1901, su asistente y colaborador). No es que yo sea
malvada –Viengsay se ríe con picardía–, sino que me
place dar muestras de versatilidad.
–Tu afinidad con los ballets de Petipa, ¿es bien
consciente?
–Petipa es una de las grandes figuras del clasicismo del
siglo XIX, de enorme importancia para el arte del
ballet. A él estuvo dedicada una de las tres galas de
grandes coreógrafos del pasado 18 Festival Internacional
de Ballet de La Habana. En su sentido conceptual, la
gala Petipa no fue una reconstrucción exacta de las
puestas originales, sino una recreación artística basada
en el conocimiento del estilo, de los modos expresivos
del autor. A nosotros se nos ha enseñado que para
identificar al clasicismo dentro del estilo de la danza,
muchos lo denominan “el estilo Petisa”. La generación de
bailarines a la cual pertenezco, se ha formado y forjado
bailando las obras de Petipa. De ahí mi identificación
con ellas.
–¿Y cuáles serían las lagunas de esa preparación?
–Podría decir, apartándonos de los ballets clásicos, que
siento inclinación por bailar obras contemporáneas, como
las coreografías de George Balanchín (1904-1983), un
hombre que, con un profundo respeto por el clasicismo,
encontró vías para desarrollarlo. Tal vez varios de sus
ballets no se bailen por nuestra compañía por falta de
tiempo o por falta de programación. Dichas puestas no
significan grandes complicaciones escenográficas, pero
requieren de buenos coreógrafos y de un trabajo arduo
por parte de los bailarines. El BNC ya trabajó con
Merril Ashley, una de las más destacadas bailarinas del
New York City Ballet, discípula de Balanchín, en el
montaje del Ballo della Regina. Se dice que los
especialistas de la Fundación Balanchín consideran que
ninguna compañía interpreta el Ballo... como lo
hace el BNC.
Gitana tropical
Mientras Viengsay Valdés y Alma Mater conversan, la vida
le acerca a la joven graduada de bailarín/profesor
(1996) la oportunidad de bailar Carmen (coreografía y
libreto de Alberto Alonso), el célebre ballet estrenado
en el Gran Teatro de La Habana el primero de agosto de
1967 con la prima ballerina assoluta Alicia Alonso en el
papel protagónico.
“Alicia inmortalizó la obra, después de ella muy pocas
bailarinas la bailaron. Es una aspiración que siempre
tuve. El personaje de Carmen me atrae poderosamente”.
La respuesta de Viengsay encierra una profunda
admiración por la legendaria diva cubana: “Ninguna de
las bailarinas que ahora interpretaremos Carmen vimos
personalmente a Alicia Alonso bailar ese ballet, pero a
través de vídeos y clases conocimos en detalle su
concepción del personaje, y cómo lo desarrolló y lo
perfeccionó. Ella nos transmitió su espíritu. Ahora,
cada una de nosotras tendrá su propia Carmen”.
Exactamente 24 días después, vimos subir a Viengsay/Carmen
al mismo escenario que 35 y medio años atrás estrenó
Carmen/Alicia. Al término de la función corrimos a la
pata del teatro.
Estoy emocionada –declaró Viengsay Valdés- se ha
cumplido uno de mis viejos sueños. Me siento contenta,
aunque insatisfecha, porque soy exigente conmigo misma y
sé que todavía deberé pulir muchos detalles.
El alma trémula y sola/ padece al anochecer/ hay
baile; vamos a ver... / a Viengsay Valdés, “Victoria” en
idioma laosiano... |