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El
cuento de La Jiribilla
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UN ENCARGO
Ángel
Antonio Vidal
Cuando
los vio venir se arrimó al camino. Llegaron hasta él y
le preguntaron si trabajaba aquella arboleda. Dijo sí,
y ellos se desmontaron con otra pregunta:
¾¿Usted
es Atanasio, entonces?
Se les
quedó mirando allí en la sombra donde empezaban los
árboles, y no quería enredarse con el fastidio de
negociar nada ahora, y perder ese tiempo, y que no se
pondrían a cargar la carreta donde venían, y ni siquiera
moverse de su sitio; y que no, y eso dijo.
Uno de
los hombres se adelantó.
¾¿Usted
no es el dueño de esto aquí?
¾preguntó,
apuntando la quijada hacia un lado.
¾Casi;
lo que pasa es que los papeles no traen mi nombre,
aunque lo tengo todo encima.
Los
dos hombres se miraron; al volverse, el que había
hablado se empujó el sombrero cargándolo sobre la nuca;
el otro entrecerraba los ojos como fatigados a causa del
resplandor.
¾Mire,
la cosa es que nosotros traemos un encargo
¾dijo
el hombre.
Sin
moverse de su sitio, Atanasio quiso ver sobre la yunta,
pero nada.
¾¿Y
de qué se trata ese encargo, si se puede saber?
¾El
problema es uno: tiene que ser personalmente. Por eso
le estábamos preguntando.
¾Pues
ahora yo no sé dónde encontrarlo
¾dijo
eso Atanasio y guardó una expresión de malestar detrás
de sus ojos, que se pusieron tensos al repensar lo que
ella acababa de decirle.
¾Tú
no te vas a mover de aquí, Esperanza.
¾Esto
no sirve, Atanasio, date cuenta.
¾Yo
pensé que habías enterrado esa idea.
Antes
que Esperanza volviera a abrir la boca, él le tiró un
piñazo que le fue de frente. Un hilo de sangre le rayó
el labio.
¾No
hay divorcio ni hay nada, óyelo bien, métete esa idea en
tu cogote duro
¾dijo
eso Atanasio con rabia, y le agarró la muñeca
torciéndole el brazo. Ella se había quedado quietecita
en el taburete, a diferencia de otras veces cuando, al
primer golpe, salía corriendo, y Atanasio, enfurecido,
la perseguía hasta cogerla por los moños, y entre
súplicas la golpeaba en la cabeza, iracundo, hasta
dejarla casi sin sentido, y le metía las manos en el
fogón o le marcaba la hebilla en el lomo, dejándola
tirada en el tizne, ¡esa perra infeliz!, que ahora se
restregaba el labio con el dorso de la mano libre, y
como que se redujo a un solo suspiro, Atanasio la soltó,
aún apretando los ojos.
El
hombre que había permanecido callado se adelantó también
y preguntó:
¾Y
pegado a la tarde ¿no tiene que estar llegando?
¾Eso
no lo puedo saber, cuándo regresa. Debe, sí, en la
tarde.
El
hombre se le quedó mirando, pero enseguida, con la
mirada fuera de los frutales, volvió a preguntar:
¾Y
a la Esperanza siquiera ¿sabe usted cómo la podemos ver?
¾¿Y
para qué le sirve la esposa si él no está?
¾preguntó
Atanasio bruscamente.
A
muchos metros allá, saliéndose de la arboleda, la
cerquita alrededor de la casa y unas paredes y un techo
rojizo bajo el fuego del mediodía. Atanasio se contuvo
y habló cambiando de tono.
¾Caramba,
¿y a qué se debe tanto misterio con esa cosa?
¾El
asunto es con ellos
¾explicó
el de sombrero¾,
con más nadie nos sirve hablarlo, sinceramente.
¾Cada
cual sabe sus cosas. Pueden esperarlo entonces.
¾No,
yo creo que mejor viramos.
Los
dos hombres se dirigieron a la carreta. Atanasio los
siguió con la mirada, y cuando se disponían a montar,
levantando la voz les preguntó:
¾¿Y
qué hay con el encargo, por fin?
El
hombre que venía descubierto giró sobre sí y volvió a
él.
¾Mire,
dígale que el encargo ése era un dinero y una noticia,
pero para este momento. Y dígale también que por esa
razón no pudimos esperarlo.
Dinero
y noticia oyó Atanasio y eso exclamó:
¾¡¿Dinero
y noticia?!
El
hombre miró un momento atrás a su compañero, buscando
los ojos bajo el sombrero. Miró de nuevo a Atanasio y
anunció por fin:
¾Del
hermano de Esperanza, el encargo lo manda él. Si fuera
seguro que más tarde estaban, esperábamos. Pero no
podemos arriesgarnos.
¿Cómo
podría imaginar que del hermano de Esperanza?
¾En
ese caso será mejor que no se vayan tan rápido
¾dijo
despacio en medio de la excitación, ¡del hermano de
Esperanza!, y ella se estuvo tranquila restregándose las
lágrimas. Luego se secó las manos en el vestido.
Atanasio se le acercó.
¾Yo
te quiero, Esperanza
¾dijo,
y ella inhaló los mocos.
¾A
ti lo único que te importa es el dinero, sobre todo el
que no te cuesta.
Atanasio, en medio de la sorpresa, le clavó los ojos.
¾No
me sigas provocando, Esperanza. Mira que eres
desconsiderada.
¾A
ti lo que...
Con la
mano abierta, Atanasio cortó la frase y le estremeció
una mejilla a su mujer y luego la otra, en un movimiento
continuo. Esperanza, a pesar del ardor en la cara,
enseguida intentó hablar otra vez, pero su marido la
galleteó de nuevo, con más fuerza, para que se estuviera
tranquila por fin y no insistiera, ¡la gallinita
dorada!, que lo ponía contento gracias a las remesas, y
que, por el contrario, ahora lo enfurecía.
¾La
próxima vez te voy a encerrar hasta que te acotejes,
Esperanza. Antes de abrir la boca lo debes pensar
mejor.
¾Pero
tenemos prisa
¾agregó
el hombre.
Aunque
serenándose, por unos instantes Atanasio se había
quedado prendido a la sorpresa. Al cabo habló.
¾Hubiesen
empezado por ahí. Pensé que se trataba de otro asunto.
Yo soy Atanasio.
Los
dos hombres volvieron a mirarse. El de atrás se levantó
el sombrero; enseguida, alisándose el pelo cano, se lo
puso como antes. Dio unos pasos y estuvo al lado de su
compañero.
¾Casi
perdemos el viaje
¾dijeron.
¾Me
pueden disculpar. Viene mucha gente por otros negocios.
¾Casi
perdemos el viaje
¾repitieron.
Atanasio ladeó la cabeza y levantó los hombros como
excusa. Los dos hombres lo miraron con una sonrisa
leve.
¾Bueno,
ya se arregló. Aquí estamos, en definitiva
¾resolvió
Atanasio¾.
Me pueden dejar el dinero acá y explicarme qué más hay
¾terminó
diciendo, nada de ir a verla y enterarse de aquello, ni
siquiera estaba en casa, la Esperanza quizás medio
amoratada todavía, y mucho menos que la encontrasen
amarrada, y que les hablara si era guapita, allí donde
estaba oculta, llena de golpes que a estas alturas no se
sacaría ya de ninguna manera del alma, sola en el
ranchito a pan y agua, para que no se fuera y se
terminara todo lo que mandaban de allá, y que no les
contara las varias veces que había manifestado
separarse, y cómo había empezado la guerra, ¡una ricura,
tan joven!, jodiendo con sus caprichos.
¾Estoy
como presa, Atanasio.
¾Y
puedes estar peor, si no te callas
¾le
aseguró Atanasio¾.
¿Tú quieres ver?
En un
santiamén la agarró por el cuello y la puso de frente a
la mesa y la obligó a comerse los mangos que había
picado, mangos y más mangos, para que no se olvidara del
sabor de la fruta.
Cuando
Esperanza dio las primeras arqueadas, su marido,
apartando el plato y el cuchillo, la doblegó sobre la
mesa. Ella pegó la cara a la madera, mientras él le
subía el vestido. Atanasio se aferró a las caderas que
le hacían brillar los ojos, y ya excitado le traspasó el
ano. Por unos minutos, estuvo impactándola
rítmicamente; pero enseguida la mejilla de Esperanza
empezó a rozar la mesa con violencia.
Con
las últimas sacudidas, Atanasio se inclinó sobre
Esperanza y ella, como mismo se comió los trozos de
fruta, así los fue vomitando. Entonces él se apartó y
calló sobre el taburete, viéndola abierta y blanda.
Allí sentado, cauteloso, esperó que los dos hombres
acabaran con la indecisión.
¾El
caso es que la noticia es de una lancha que sale esta
misma noche. Allí nos vamos todos. Hasta la costa es
lejos, hay que apurarse
¾explicó
el hombre de sombrero, de manera medio atropellada.
Atanasio abrió los ojos y lo miró aún más sorprendido.
¾¡Qué
lancha ni qué noche! Esperanza ni yo nos vamos a
ninguna parte.
Los
dos hombres encontraron sus miradas nuevamente; tras
unos segundos, el más joven habló.
¾Bueno,
eso tenemos que verlo también con ella.
¾Pero
yo soy su marido y mi decisión basta. ¿Quiénes son
ustedes para darme órdenes?
¾Nadie,
es verdad. Pero así nos dijeron, Atanasio, no es
capricho. Vamos a ver que nos dice Esperanza
¾intervino
el más viejo.
Atanasio calculó bien sus palabras.
¾Ella
no ha estado bien
¾dijo
e hizo una pausa larga hilvanando en detalle sus
pensamientos.
¾Vamos
a hablarle
¾insistieron
los hombres.
¾Esperanza
no está bien
¾repitió
Atanasio¾.
Y no creo que le pase por la cabeza este asunto.
¾Pero
hay que verla, Atanasio
¾recalcó
el más viejo¾.
Si es así como tú dices, resuelto el caso. No vienen
con nosotros y les dejamos la plata, pero que ella nos
plantee su idea. Es cosa del hermano, y tiene lógica.
Atanasio había hilado bien fino. Sin embargo, lo que
pedían era una gran contrariedad. ¿Qué hacer, qué
resultaría más práctico? Quizás dándole de largo se
podían cansar y dejarlo así, y esto dijo:
¾Ella
no está acá ahora en casa.
Los
dos hombres guardaron silencio. Atanasio sintió
confianza y preguntó encima:
¾¿Entonces
qué?
Los
dos hombres aguardaron otros segundos.
¾Pues
dale a buscarla entonces
¾dijeron.
¾¿Y
la prisa?
¾Dale
a buscarla, Atanasio, nosotros esperamos
¾repitieron
los dos hombres con el mismo tono seco que Esperanza
habló.
¾Te
costará caro, Atanasio, muy caro.
Atanasio la miró de nuevo con ojos congelados y apretó
las muelas. Resopló y se limitó a sus palabras.
¾Esperanza,
no me amenaces. ¿No te cansas de lo mismo?
Ella
bajó la cabeza; Atanasio, que osaba ganar a toda costa,
midió el valor de su mujer. Bastante sereno ya, para no
darle más vueltas al caso, entonces cedió.
¾Está
un poco lejos; mejor adelantamos en la carreta.
¾¿Y
hacia dónde?
¾Por
ahí derechito
¾indicó
él.
Se
pusieron en movimiento; montaron. El más viejo agarró
las riendas y el más joven se fue atrás cerca de
Atanasio, quien se había sentado a reposar.
¾Estamos
bien con la que nos mandan y tú molestándome todo el
tiempo
¾dijo
en tono conciliador.
¾Tú
no me quieres dejar ir, porque vives muy requetebién con
eso. Que no te sacia, pero en definitiva lo usas a tu
antojo
¾soltó
Esperanza.
Atanasio torció su expresión.
¾Esperanza,
la verdad es que tienes una boca muy sucia.
¾Te
has acostumbrado tanto, que ni atención le das a los
frutales que para colmo se te dan silvestres. Con eso
te alcanzaría; sin embargo, tú no tienes límites ni
compasión
¾siguió
ella sin detenerse.
¾Más
te vale cerrar esa boca, Esperanza.
¾Soy
tu esclava, no ves que soy...
Atanasio se levantó y Esperanza se cubrió el rostro con
sus brazos flacos.
¾Una
perra esclava que...
¾Cierra
la boca, te he dicho
¾gritó
Atanasio alzando una mano.
Ella
lo encaró esta vez, y él, colérico, salió del rancho.
Habían
seguido bajo la sombra al filo de la arboleda. Allá
adelante, bajando la cañada y metida en un matorral,
unas paredes y un techo grisáceo, y luego tendrá que
estarse calladita, y para que el dinero se quede y siga
fluyendo, una advertencia: a todo que no y decir eso.
¾Voy
a traerla, la carreta no puede seguir. Esperen acá.
Se
habían detenido donde empezaba el fuego del mediodía.
¾Vamos
a verla juntos Atanasio, así no tiene que salir.
¾No,
yo la traigo, no es problema
¾recalcó
Atanasio, y ¿para qué mandarse ese sol?, y eso dijo.
El
hombre que tenía de frente sonrió tras la sugerencia.
¾Tú
sabes, Atanasio, tu cuñado quiso verte la cara en una
foto alguna vez, no entendió por qué no la mandaste
nunca
¾dijo.
¾Y
eso, ¿a qué viene ahora?
El
viejo ató las riendas y se dio vuelta entonces.
¾Nada,
ahora ya no hace falta
¾respondió¾.
La cosa es que no vamos todos, Atanasio. Esperanza sí
viene, pero tú te quedas.
¾¿De
qué basura están hablando?
¾exclamó
Atanasio y trató de incorporarse.
El más
joven lo pateó de frente, clavándole el tacón en la
boca. Atanasio intentó defenderse, pero nada. Antes de
escupir sangre, recibió otra patada, y otra cuando un
hilo le rayó el labio, y otra...
Fue
cosa de apalearlo como un perro hasta que perdiera el
sentido, y después enterrarlo en medio de la arboleda.
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