| LA JIRIBILLA Nro. 108 |
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ESCRITOR Y DIPLOMÁTICO —Yo no veo por qué el escritor no ha de ser ciudadano. Esto es una prevención que tuvieron ciertos estetas de, comienzos de siglo, como Oscar Wilde y otros del tipo de Gabriel d’Annunzio, que no tenía palabras con qué estigmatizar los movimientos socialistas de su época; él vivía en la zona de Botticelli, del arte puro, del esteticismo. A mí me parece que esto es completamente imposible en el siglo en que vivimos; además, esa posición esteticista del creador de arte y de literatura fue un período en realidad muy pasajero que duró unos cuarenta o cincuenta años. Sin hablar en este momento de que amemos o no su obra, Victor Hugo fue un maravilloso ciudadano; fue un hombre muy entrañable para los cubanos, porque en los momentos más duros de la primera guerra de la Independencia, la del 78, escribió cartas admirables a las mujeres cubanas; Victor Hugo estigmatizó la invasión de México por Maximiliano y mandó un texto de apoyo a Benito Juárez que este hizo reproducir en carteles e hizo pegar en todas las calles de las ciudades. Era un ciudadano del universo entero. Emilio Zola era también un magnífico ciudadano. Casi todos los grandes escritores del siglo XIX en España, en Inglaterra, eran escritores y ciudadanos. ¿Por qué no puede darse el ciudadano y el escritor? El escritor más dotado del mundo no puede dedicar doce horas diarias a la producción literaria, porque surge el cansancio, se hace imposible la concentración; un escritor que trabajase doce horas diarias sobre sus cuartillas acabaría por detestarlas, sencillamente. Yo no veo por qué un escritor no ha de desempeñar funciones de ciudadano. Diría más: soy ciudadano antes que escritor, porque en lo que se refiere a mi país al menos, el destino de nueve millones de hombres me resulta mucho más interesante que un libro más o menos que yo pueda escribir, aunque desempeñar funciones que tienen que ver con este destino no disminuyen en nada mi posibilidad de trabajo en mi propia obra. Al contrario, esos hombres de mi pueblo hacen posible que los libros de Nicolás Guillén, los míos, los de Otero se tiren a cien mil ejemplares en mi patria. Actualmente estoy ocupando un puesto diplomático, soy diputado de la Asamblea Nacional del Poder Popular de mi país y no veo por qué no voy a compaginar ambas cosas. Diré que en mis actividades de ciudadano encuentro experiencias, problemas que nutren mi obra futura, que encerrado en una biblioteca no podría adquirir. — ¿Cómo acogió usted la Revolución cubana? —No solo yo, sino los hombres de mi generación, hemos encontrado en la Revolución la realización de lo que habían sido nuestras aspiraciones profundas. Los casos de abandono dignos de mención se cuentan con los dedos de una mano. Y yo no diría que esas aspiraciones eran solamente cubanas, sino también latinoamericanas en general. Es decir, que nuestra esperanza de una América diferente, de una América mejor, proyectada hacia el porvenir en un clima de justicia, de dinamismo, de fuerza y de afirmación de las diferentes nacionalidades encontró en la Revolución cubana y en las palabras de Fidel Castro una concretización. — ¿Modificó en algo su visión del mundo? —No puedo decir que haya operado grandes cambios en mí, puesto que la esperaba desde los días de mi adolescencia, aunque sin saber cómo habría de producirse. Pero, por sobre esa espera, se ha realizado mucho más en lo que a mi actividad respecta. Ha dado un sentido a mi quehacer. Hoy sé que puedo actuar en función de algo; que los anhelos, las indignaciones, las rebeldías que venían bullendo en mí desde los días de mi fraterna amistad con Rubén Martínez Villena —sin olvidar mis coloquios de cada tarde, no tantos años después, con César Vallejo— no habían madurado en vano. He cobrado conciencia, como nunca, de que la tarea de expresar ideas mediante la letra escrita o la letra hablada podía cumplirse en función de utilidad. Y eso lo debo a la Revolución cubana. —Se ha advertido que siempre que en Cuba se canaliza un intento de liberación política surgen de improviso como nacidos de esa inquietud y afán, graves problemas de orden estético. ¿Cómo se manifestaron antes de la Revolución de 1959 esas preocupaciones estéticas? —El arte presiente las revoluciones (la literatura rusa del siglo XIX es buena prueba de ello), pero las revoluciones no son hechas por los artistas. Por lo tanto, primero son las revoluciones; luego, el arte que habrá de expresarlas y fijarlas: es decir, mostrarlas por medio de la narrativa, de la poesía, del cine, etc. En lo que se refiere a Cuba, yo creo que los que formábamos parte del Grupo Minorista (creado en 1923 por Rubén Martínez Villena, Marinello, Emilio Roig, etc., y yo, que era el más joven) teníamos preocupaciones estéticas y políticas que se vieron colmadas con el triunfo de los rebeldes en 1959. Y la verdad es que, aunque deseábamos una revolución inmediata, no soñábamos con que se realizase tan pronto y tan cabalmente. Las preocupaciones políticas y musicales de Amadeo Roldán y de Alejandro García Caturla iban también en ese sentido. Y la generación que siguió a la nuestra, en la que figuran principalmente Raúl Roa, Carlos Rafael Rodríguez y Julio Le Riverend, no solo tenían opiniones estéticas, sino que actuaron decisivamente por el triunfo de la Revolución, como lo hiciera también años atrás el poeta Martínez Villena al contribuir en el derrocamiento de Machado. Pero todos estábamos en espera de un acontecimiento trascendental —yo no diría en Cuba, sino en América Latina. En nuestra historia hay hechos que por lo imprevistos, por lo sorpresivos, por lo reveladores de una voluntad yaciente de acción posible, de una praxis que se define en los gestos heroicos de unos pocos, se afirmaron como factores determinantes de la evolución futura, intelectual y política del continente. Los ejemplos sobran si pensamos en Bolívar ante el terremoto de Caracas; en O’Higgins, el chileno recibiendo consejos del venezolano Miranda, precursores de una independencia; en Hidalgo, en Morelos, que saliendo de nada, de provincias aisladas, inscribieron sus nombres de modo indeleble en el pasado y presente de México. Y así, un día, ocurrió el acontecimiento del Moncada: hombres nuevos, acaso desconocidos de muchos, dieron el ejemplo que se esperaba, mostrándose en una dimensión heroica que para nuestra juventud había soñado, deseado, predicho, José Martí. Y la “nuestra América” de Martí fue nuestra realmente el día en que un grupo de jóvenes héroes partieron al asalto del Moncada, probando con su valentía, su arrojo y su sacrificio que aún podíamos confiar en algo, y que al fin nuestras apetencias, nuestras ilusiones, nuestras cavilaciones intelectuales cristalizarían en realidades tangibles. —Triunfa, pues, la Revolución, y recuerdo ahora una frase de Roberto Fernández Retamar que dice más o menos así: “Los intelectuales tenemos que recuperar el tiempo perdido, sobrepasarnos y convertirnos en los artífices de la revolución en la revolución”. Esto nos lleva a hablar del lugar que ocupa la cultura cubana dentro de su sistema socialista, y en primer lugar, de su labor literaria dentro de esta nueva situación. —Yo trato y trataré de llevar mi expresión literaria a la posibilidad de traer a la novela —el único género literario que pretendo cultivar actualmente— las múltiples peripecias del acontecer revolucionario. Pero el empeño no se opera sin luchas de tipo técnico. Porque ocurre que la Revolución avanza más rápidamente que el escritor. Un acontecimiento tenido por capital en febrero se ve superado por otro, en el plano internacional, que ocurre en agosto. El acontecimiento de febrero, por lo tanto, descrito detalladamente por el novelista, deja de interesar. Tenemos en Europa los ejemplos de varios ciclos novelescos, con base histórica contemporánea, interrumpidos por sus propios autores a causa de la rapidez con que se suceden los acontecimientos —Aragon, Sartre, por citar tan solo dos ejemplos— por el hecho cierto de que el acontecimiento reciente, más actual, más importante que el anterior, quita todo prestigio a aquel. Obsérvese que en la literatura cubana contemporánea, en lo que se refiere a la novelística, al cuento, al relato, hay como una necesidad de pintar el mundo de antes, a la par que el mundo del después. 1959 es crucial: año de transformaciones, de metamorfosis, de simbiosis. Creo que nadie, en la nueva literatura cubana, ha escapado a la necesidad de referirse a ese cabo de las tormentas que fue el momento del triunfo de la Revolución y del advenimiento de los hombres de la Sierra Maestra. Y empieza otra era: la actual, cuya historia se construye día a día. La novela de la Cuba de hoy —la materia novelística— se halla en los periódicos, la radio, la televisión. Pero hay que tratar de hallar el ritmo adecuado. Los escritores soviéticos —Vsevolod Ivanov, Babel, Leonov...— tardaron muchos años en sincronizar sus anhelos creadores con los acontecimientos que habían contemplado o contemplaban a la hora de llevar la visión a las cuartillas. Lo cual no impidió, sin embargo, que, aunque con un cierto retraso entre lo visto y lo escrito —eso que Valéry Larbaud llamaba “un problema de balística”—, forjaran los libros clásicos de una auténtica literatura revolucionaria. —Usted ha estado íntimamente ligado a la política cultural de su gobierno. Entre otras cosas, ha sido director de las Ediciones Nacionales. ¿Quiere resumirme las particularidades de esa política? —El arte, la literatura —y no son estas las únicas expresiones del genio creador del hombre— no pueden encasillarse. No pueden dictarse normas de uso académico que pretendan erigirse en normas de anhelos colectivos. La creación literaria y artística responde a razones que, parafraseando a Pascal, a menudo la misma razón ignora. Bach, oscuro organista de la iglesia de Santo Tomás, mal conocido, poco editado (la presentación de El arte de la fuga fue un fracaso editorial), rigió para el futuro por su dinamismo, por su luz interior, por su fuerza que solo se manifestaban en un ámbito reducido, todo el arte musical de su época. En tiempos de Bach también se dictaban, por obra de gustos imperantes, ciertas normas de composición. Pero esas normas le quedaban pequeñas. Tenía, por lo tanto, que separarse de lo que cada cual aceptaba por bueno para escribir en su momento El arte de la fuga. Bach me parece el ejemplo más elocuente de una veracidad que solo busca sus fuentes de reflexión en sí mismo. En la posible cabalidad de expresión. En las voces interiores que no por ser interiores estaban desligadas del mundo circundante. Y son esas voces interiores las que la Revolución cubana ha dejado manifestarse en toda libertad. Jamás en la Cuba actual se ha pedido al escritor que escriba de tal o cual manera, al pintor que pinte de esta otra, al escultor que talle bustos de próceres. Se ha dejado a cada cual su espontaneidad de afirmación, sin que por ello se ignoraran, desde luego, los imperativos históricos inmediatos. A nadie se le ha pedido que trabaje de acuerdo con determinadas normas. Creo, respondiendo a tu pregunta, que en lo cultural la Revolución cubana, poniendo a los artistas ante el espectáculo apasionante de su dinamismo y de sus realizaciones, ha tenido la originalidad de salvaguardar y respetar los modos de expresión. —Es decir, que con la Revolución todo; contra la Revolución, nada. —Se ha tomado, en efecto, la frase que citas, muy exactamente del Comandante Fidel Castro, como punto de partida de una política intelectual. Yo debo decir que esas palabras fueron pronunciadas hace once años y hoy llevamos dieciséis y medio de revolución ascendente, y jamás en Cuba se ha aplicado una política cultural en cuanto a la expresión del artista en la forma que él estimara conveniente. Además, el discurso que acabas de citar, cuando se lee en su integralidad, insiste en que cualquier artista es dueño de elegir el medio de expresión que estime más conveniente. Cuando se habla de una política cultural se suele decir: “Ah; es una política en que se va a tratar de orientar la creación hacia determinadas formas de expresión”. Pero jamás en Cuba se ha pretendido que el artista plástico se oriente en ningún sentido preciso, ni siquiera se le ha aconsejado. No voy a multiplicar los ejemplos, pero un hecho significativo es que la mayor obra de decoración mural de la América Latina, colocada en el Palacio presidencial, es de René Portocarrero, que en modo alguno ha sido nunca eso que se ha dado en llamar un artista figurativo. Los buenos pintores cubanos hoy en día se han entregado a todos los experimentos más avanzados de la plástica, buscándose y buscando en ciertos ejemplos la posibilidad de expresarse o expresar lo circundante de acuerdo con técnicas nuevas. En lo que se refiere a la música, yo he contado en estos días a amigos míos, cómo los jóvenes músicos disponen en los locales del ICAIC (nuestro Instituto de Artes e Industrias Cinematográficas) de elementos electrónicos productores de sonido con que pueden llevar adelante los experimentos más audaces. Uno de nuestros mejores compositores, Juan Blanco, hace música concreta y electrónica; Leo Brouwer, guitarrista, compositor y director de orquesta de renombre internacional, es un joven vanguardista. En literatura tampoco hay norma de ninguna índole. El poeta que se siente llevado hacia la poesía intimista (pues no todo el mundo tiene un temperamento épico), que componga poesía intimista. El novelista que quiere escribir una novela barroca, sin ninguna alusión a nuestro proceso histórico revolucionario, que la haga, y hasta se han premiado algunas de estas y todas son editadas por el Estado. La producción literaria, la producción musical, la producción pictórica, la producción cinematográfica son enteramente libres en cuanto a medios de expresión, en cuanto a lo que quiere decir el individuo en sus relaciones con la vida, tanto en el lenguaje de la poesía como en el de la novela o en el que sea. Ahora bien: una revolución rodeada de peligros es una construcción que destruye y forzosamente perjudica a algunos y disgusta también a otros. Siempre hay enemigos al acecho, y francamente, alentar en un momento semejante una producción literaria que tenga carácter contrarrevolucionario sería sencillamente un absurdo. Nosotros practicamos la crítica acerbamente dentro de nuestro círculo interno contra las deficiencias de nuestra revolución, contra sus errores. Pero de ahí a que se utilice la linotipia, los talleres de imprenta, los trabajadores (ellos mismos no lo aceptarían), las librerías de distribución en libros contra la Revolución sería una tontería, una ingenuidad o un suicidio. — ¿A nadie, pues, se le piden mensajes, a nadie se le encamina por la vía del realismo socialista? —En absoluto. A mí me parece normal que, puesto que Cuba es un país donde se está realizando una fantástica mutación, el novelista —que debe ser un testigo de su época— refleje estos cambios, se interese por lo que sucede. Pero yo, personalmente, no creo en los mensajes novelísticos. Los grandes mensajes (como El contrato social o El capital) no fueron transmitidos por novelas. Victor Hugo no logró mejorar la situación de los presidiarios franceses de su época escribiendo Los miserables. Sin embargo, cuando describe las contingencias, los conflictos, y las costumbres de su época, el novelista se compromete inevitablemente. Lo que debe hacer es elegir bien su compromiso, sin equivocarse. La posteridad no perdona a los defensores de las malas causas. Y a pesar de lo que se diga, aunque no se quiera ver la realidad, aunque uno se vele la faz ante las cosas concretas, siempre se sabe dónde está el Bien y dónde está el Mal. A menudo –y otros lo han dicho antes que yo– no comprometerse se convierte en un compromiso mucho más grave que la afirmación decidida de una convicción adquirida por conocimiento de la realidad. Tomado de Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier. Editorial Arte y Literatura, 1985. |
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