LA JIRIBILLA Nro. 108

Papel social del novelista
(Fragmento)

 
Alguien ha escrito que el intelectual es un hombre que dice “no”. El Sí y el No dependen de Principios. Lo importante está en no equivocarse en materia de Principios. Del mantenimiento de esos Principios, dependen nuestros años futuros.

Alejo Carpentier


Montaigne, escritor, se comprometía a favor de América, hablando de América. Recuerden la admirable obertura de su ensayo sobre los coches, que comienza con estas palabras:

“Notre monde vient d´en trouver un autre non moins grand, aussi plein et membru que lui, toutefois si nouveau et enfant que´on lui apprend encore son ABC”.

Más lejos se pregunta por qué estas gentes tendrían que escuchar lo que era el sermoneo acostumbrado de los españoles y por qué habrían de abandonar a sus dioses a favor de los nuestros.

Montaigne se comprometía en favor de América. Hablando de América, su posición, que yo recuerdo aquí de manera episódica, encerraba, no obstante, una enseñanza: el que juzga un acontecimiento, se compromete. La idea no tiene nada de nueva, ustedes lo saben: quien no se compromete, se compromete igualmente. No quiero repetir lugares comunes; pero Montaigne, en un ensayo tan pacífico, como el que escribía sobre los coches, se comprometía a fondo, y de una manera polémica, combatiente, en la causa de América ante la Europa conquistadora.

Y es de América Latina que quiero hablarles hoy, como ilustración de un compromiso posible. Esta América, a la cual yo pertenezco, que ofrece al mundo, como un retablo, el espectáculo de un universo en el que el compromiso ha sido siempre inseparable de la vida intelectual. Yo sé que América Latina no es todavía cotizada, o muy poco, en la vida intelectual del mundo. Una centralización absurda de la cultura la ha tenido al margen de todo lo que fuese, durante mucho tiempo, una historiografía de la cultura. No obstante esta América Latina, cuyos valores reivindico, nos ha dado también hombres de primera magnitud.

Fue primeramente Bernal Díaz del Castillo, “el soldadote inspirado”, convertido en cronista, quien nos ha dado con su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, la primera novela de caballería real de todos los tiempos. Con Bernal Díaz, la función social del escritor se define en el Nuevo Mundo: ocuparse de lo que le concierne, adelantarse a su época, asiendo su imagen más justa. El primero en asir esta imagen debía pues cumplir una de las tareas que incumben al escritor actual, y sobre todo al novelista, si bien en esa época solamente los novelistas de la picaresca fueron verdaderos novelistas en este mundo.

El segundo autor que le sigue, que nos da el “mundo infante” del que hablaba Montaigne, es el inca Garcilaso de la Vega. Este, hijo de una princesa inca y de un conquistador español, se aplica en su obra monumental, los Comentarios reales, a evocar la grandeza de su país, el reino inca, describiendo con una nostalgia punzante su grandeza pasada. He aquí otro escritor que cumple su función social fijando el pasado inmediato, para que el mundo guarde su recuerdo.

Un tercer escritor aparece mucho después, en el siglo XIX, Sarmiento, el argentino, para plantear otro problema: el que consiste en denunciar la presencia del “caudillo bárbaro” en tierras de América, en Facundo, libro clásico. Aquí la función social del escritor se cumple en función de la denuncia, mostrando peligros que más tarde habrán de afirmarse en tremebundas realidades. (¡Oh, quién fuera el Suetonio de Rosas, el doctor Francia, Melgarejo, Estrada Cabrera, Juan Vicente Gómez, Machado, Batista!...)

Llegamos así a la obra de José Martí, que, en el curso de su vida apasionada, no ha escrito una línea que no esté animada de su fe ardiente en la América Latina. Todavía hoy —y él murió en 1895— no puede entenderse nada acerca de la América Latina, entenderse nada del mundo cuya novedad había saludado Montaigne, sin recurrir a la obra de José Martí. Aquí la función social del escritor se encuentra ilustrada por una tarea de definición, de fijación, de enunciación. De Bernal Díaz del Castillo a Martí, he aquí un mundo nuevo que comienza a cobrar un perfil universal a través de la mano de sus escritores.

Y me pregunto ahora si la mano del escritor puede tener una misión más alta que la de definir, fijar, criticar; mostrar el mundo que le ha tocado en suerte vivir. Naturalmente, para ello hay que entender el lenguaje de ese mundo. Y esto plantea una vez más el problema que yo delineaba al comienzo de esta charla: ¿qué idioma es inteligible, hoy, al escritor? Un lenguaje sobre el cual ejerce cierto influjo, un lenguaje que sigue siendo claro, que le es todavía perfectamente legible.

¿Qué lenguaje es ese? El de la historia que se produce en torno a él, que se construye en torno a él, que se crea alrededor de sí, que se afirma en derredor suyo. No se trata, evidentemente, de tomar la prensa de todos los días y sacar de ella una conclusión literaria, sino que se trata de ver, de percibir, lo que, en su propio medio, le concierne a uno directamente, y de mantener la cabeza lo suficientemente fría como para poder escoger entre los diferentes compromisos que nos solicitan.

Los peligros son grandes, lo sé. Hay malos compromisos, el compromiso en falso, el compromiso incierto, el compromiso ferviente, el compromiso forzado por contingencias cuya verdad es difícilmente discernible de inmediato, pero el todo se encuentra allí, en el carácter del compromiso. Uno puede equivocarse y hasta muy seriamente. Dejar en ello el fruto de toda una vida intelectual. Conocemos no pocos casos.

Pero es seguro que el compromiso es inevitable, que el compromiso como tal está sometido a realidades que nos han sido enseñadas por los acontecimientos mismos. Al comienzo de la Revolución rusa, ciertos escritores de mucho talento se exiliaron voluntariamente. Conocemos algunos. Eran hasta de primerísimo orden. Alguno ganó un Premio Nobel. Pero no sé lo que ocurre con esos escritores. No se les relee, no se releen sus obras, mientras que se relee la obra de escritores como Vsevolod Ivanov, que son de los que habían quedado allá. Se relee a Maiakovski, pero no se relee a otro poeta exiliado en París, por su propia voluntad, a quien se revaloriza actualmente, desde su patria de origen, donde comienza a tener por fin un público válido. (1)

Ocurre que la función del escritor se realiza en vista a las aspiraciones de todo un pueblo, Allí donde esta aspiración, o esta praxis, está adormecida, el escritor tiene poco que hacer y se volverá hacia la novela donde A, B o C será salvado por la intervención de D. No hay sino pocas cosas que expresar, que contemplar, que escribir, ya que pocas cosas ocurren a su alrededor. Le falta el hecho necesario al escritor; le falta lo que podemos llamar el elemento épico.

Pero si en nuestra época, en nuestro siglo, el hecho épico falta aquí, se multiplica en otros lugares. Yo hablaba recientemente de ello con Michel Leiris. Comprobábamos que si los temas de la novela faltan aquí, los había sin embargo, y muy abundantes, en Vietnam, en el Oriente Medio, en China, en las guerrillas de la América Latina. ¿Cómo pensar que un novelista fuera capaz de tratar estos diferentes frentes de la novela en un solo libro? “El método consistiría —decía Michel Leiris— en partir del rincón propio, y subir de lo particular a lo universal., es decir: ver lo que yo veo, entender lo que yo entiendo, y darle a usted una visión del mundo, partiendo de mi compromiso con este mundo.

Alguien ha escrito que el intelectual es un hombre que dice “no”. Esta afirmación, harto fácil, ha cobrado el efímero relumbre de todo lugar común —de lo que Flaubert llamaba “la idea recibida”. Porque el “no” sistemático, por manía de resistencia, por el prurito orgulloso de “no dejarse arrastrar”, se vuelve tan absurdo, en ciertos casos, como el “sí” erigido en sistema. Sí y No. Hay realidades, hechos, ante los cuales hay que decir “sí”. Hay aspiraciones colectivas que convergen hacia ese “sí” necesario al cumplimiento de grandes tareas. Si se sabe decir “no”, también hay que saber decir “sí”. El “no” de muchos intelectuales alemanes frente a Hitler; el “no” de la resistencia francesa frente a Vichy, se prolonga, se completa, en el “sí” a favor de Vietnam, de la Revolución cubana, de la lucha del Tercer Mundo contra el poder imperialista. El Sí y el No dependen de Principios. Lo importante está en no equivocarse en materia de Principios. Del mantenimiento de esos Principios, dependen nuestros años futuros —los de quienes nos acompañan en nuestras tareas en los “reinos de este mundo”. En verdad, el escritor o el novelista —generalicemos— se engañan bastante poco, porque tienen una relación particular, únicamente posible en su condición de espectadores, sin ser especialmente tecnificados, de su época y la vida de su época. Ellos comprenden el lenguaje de las masas de hombres de su época. Están pues en capacidad de comprender ese lenguaje, de interpretarlo, de darle una forma —sobre todo, darle una forma— ejerciendo una suerte de chamanismo, es decir, de puesta en lenguaje audible de un mensaje que, en su origen, puede ser titubeante, informe, apenas enunciado y que llega al intérprete, al mediador, por bocanadas, por arranques, por aspiraciones. Jamás un término fue tan justo: recibir el mensaje de los movimientos humanos, comprobar su presencia, definir, describir su actividad colectiva. Yo creo que en esto, en esta comprobación de la presencia, en este señalamiento de la actividad, se encuentra en nuestra época el papel del escritor.

Nota

1
- Me refiero a Constant Balmont.

Tomado de Alejo Carpentier. Ensayos. Editorial Letras Cubanas, 1984


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
http://www.lajiribilla.cu
http://www.lajiribilla.cubaweb.cu