LA JIRIBILLA Nro. 108

UN GRAN FABULADOR
 
La doctora Graciella Pogolotti conoció de cerca al novelista cubano Alejo Carpentier desde la época en que el futuro autor de El siglo de las Luces visitaba la casa de los Pogolotti en París, y le admiraba la atención que le prestaba la niña. O tal vez fuera el escritor quien la conoció a ella, una bebita que apartaba cortinas y tules de su cuna para asomarse al mundo de los mayores.


Jorge Sariol | La Habana


La doctora Graciella Pogolotti conoció de cerca al novelista cubano Alejo Carpentier, desde una época pródiga, cuando en París, el futuro autor de El siglo de las Luces visitaba la casa del pintor cubano Marcelo Pogolotti y le admiraba la atención que le prestaba la hija de este. O tal vez fue el escritor quien la conociera a ella, por ser un adulto de una sempiterna capacidad para el asombro y en  captar detalles que a otros se les escapaban.

De cualquier manera, de primera mano, “La Pogolotti” como la llaman muchos, tiene para contar más de un detalle que revela la personalidad de Alejo Carpentier, una de las personalidades imprescindibles de la literatura  y la cultura hispana y universal.

Carpentier, hombre muy culto – tanto que muchos han confesado haberse sentido intimidado ante su sapiencia- era en cambio muy asequible y comunicativo. Pero es fama que no era de los que hacían amistad “a primera vista”.

Graciella Pogolotti  asume sus recuerdos, sentada en una esquina de su buró, en la vicepresidencia de la UNEAC, frente a un teléfono por el cual minutos antes de la entrevista con La Jiribilla, ha amonestado a alguien porque “a trancos y en patines no se puede trabajar”. 

“El problema es que  mi  relación con Alejo es diferente. Para mí no hubo una  primera vez, porque Alejo era amigo de juventud de mi padre. Ellos se habían conocido aquí en La Habana en los años 20. No recuerdo que mi padre hablara del momento en que se conocieron, en las   circunstancias de ‘una primera vez’. Pero sí me viene  a la mente  cierta anécdota  que él contaba y que había ocurrido un día después del paso del famoso ciclón del 26.

“En el embarcadero de las lanchas que cruzan la bahía en dirección al poblado de Regla, además de los inmensos destrozos que dejó el huracán, podían verse muchos cadáveres. Mi padre veía espantado todo aquello, en el momento en que llegaba Carpentier: ‘¿Qué haces aquí?’, le preguntó. ‘¡Lo mismo que tú!’, respondió absorto Carpentier. Eso me da la medida de que ya de antes se conocían y bien.

“Alejo siempre fue un amigo entrañable para la familia. Era un gran contador de historias y anécdotas. Yo era muy joven entonces, pero siempre tuve la impresión de que cuando Alejo nos contaba sus narraciones –sus viajes por Venezuela, por ejemplo- fabulaba, inventaba, creaba nuevas historias para nosotros, Yo siempre me quedaba alelada.”

Según parece, cierta vez en París, Alejo visitaba a la familia Pogolotti, que vivían en un pequeño cuarto.  Para oír música y ponerse a bailar había que apartar los muebles. ¿En el barrio de Montparnasse o en La puerta de Orleáns? Alejo escribiría  en Carteles en esa época que “Montparnasse todavía era posible”, cuando reconocía que “Pogolotti y yo, los últimos cubanos que fuimos fieles al barrio, hemos acabado por abandonarlo también, para vivir en esos inmuebles modernos luminosos, vastos, construidos recientemente en La Puerta de Orleáns”.

En esta historia Graciella, muy pequeña, dormía en una cuna. Con cuidado colocaron en el baño el mueble diminuto con el bebé, desde donde se pudiera ver, pero sin que molestara. Allí la familia adulta escuchaba discos, bailaban y conversaban.

“Alejo contaba cosas, hablaba y de pronto  cuando todos me creían dormida” - dice divertida ahora la doctora Pogolotti- “allí estaba yo, paradita, agarrada a la baranda de la cuna y apartando tules y cortinas, asomada a las cosas que decía aquel señor. Alejo contó más de una vez la historia y  a mí siempre me la recordaba”.

En opinión de Graciella Pogolotti, Carpentier era un gran caminador, un buen caminante: “Otra vez en París, entonces yo de  adulta, luego de participar en un taller internacional sobre teatro, visité a Alejo y a Lilia, en su casa. Y ellos me invitaron a hacer un recorrido por las calles parisienses, pero no un recorrido turísticos, sino  de relatos en cada esquina donde había  un detalle o una referencia.

“Ante cada lugar Carpentier tenía siempre una historia que contar. Frente a cierto bar me contó: ‘tu padre y yo una noche nos tomamos aquí un par de cervezas con los últimos dineros que teníamos para el transporte de regreso a la casa, al otro lado de la ciudad. Tuvimos que volver caminando. Eso, en París, una ciudad tan grande, era una locura, pero Carpentier aprovechaba esas circunstancias para conocer no solo el paisaje urbano, sino las personas, sus conductas, sus actitudes y sus relaciones.”

 Graciela Pogolotti recuerda que después de que saliera  la novela El Acoso,  escribió  una reseña en el periódico El Mundo. “Carpentier me escribió una carta desde donde estaba para agradecerme el gesto”, dice hoy todavía admirada. “Luego, cuando regresó a Cuba, el vínculo con la familia se fortaleció. Pero cosa curiosa, en esa etapa intervino mucho con la Biblioteca Nacional – donde yo trabajaba- con proyectos para hacer ediciones populares de libros en dos colecciones, una de autores cubanos y otras de creadores latinoamericanos, pero nunca pude participar en esos proyectos, cosa que lamento, porque con él siempre se aprendía.

“Era la época en que hacíamos muchas tertulias  -en casa de Retamar, por ejemplo- y allí se conversaba de todo lo imaginable. Luego Retamar publicaría con  el tiempo sus crónicas tituladas Alejo siempre en domingo, reflejo de esos encuentros.”

La doctora Pogolotti resalta tres de las cualidades que más apreció en Carpentier, de las muchas que tuvo: su laboriosidad, una curiosidad abarcadora y un ser muy comunicativo.

“Era un lector total”, asegura la Pogolotti. “Siempre comprando libros raros, siempre buscando en esas librerías que hoy llaman  ‘de viejos’. Y leía de todo, lo mismo de literatura, que antropología o música. Luego le gustaba compartir con los demás lo que había conocido de esas lecturas.

“Yo que lo conocí, puedo decirte que no fue nunca gente de brete, algo que no escasea en ‘este mundo’. Tenía, claro, información y  criterio de las cosas y las gentes, pero se las guardaba para sí.”

Cuando le pregunto a esta mujer pequeña y laboriosa qué lugar ocuparía Carpentier en su vida, ella que ha debido conocer a muchas personas ilustres dice divertida: “En mi vida ocupó siempre un lugar importante y fue una de las personalidades  que más impactó, aunque no creo haber conocido a muchas” y me aclara algo como adivinando lo que ya iba a preguntarle: “De toda su obra sigo prefiriendo El Siglo de las Luces y El reino de este Mundo, ambas tienen mucho que decir todavía.

“Te conté lo de su laboriosidad porque sé que él había disfrutado su obra. Estaba complacido de haber tenido frutos, pero hasta el final de su vida estuvo trabajando. Conociéndolo como lo conocí, sé también que hubiera querido  más.”


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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