LA JIRIBILLA Nro. 108

MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS
 
"…Memorias del subdesarrollo, por momentos, es un ensayo ficcional sobre la mente del intelectual burgués en un momento crucial de la historia del mundo, cuando, a la hora de la Revolución cubana, empezaba la última etapa de la modernidad en el arte y el pensamiento cultural, y nuevos proyectos sociales, adscritos con mayor o menor energía al derrotero del utopismo, se abrían un camino en última instancia contrario al del capital y el neocolonialismo."


Alberto Garrandés | La Habana


En las páginas finales de Memorias del subdesarrollo (1965), uno de los pocos textos cubanos contemporáneos que elaboran, en lo tocante al estilo, cierta cerrazón de lo exhausto por medio de un raro no saber qué decir y cierto escepticismo retórico —aunque en este último caso la prevención y el recelo son, más bien, una materia densa y suficiente—, leemos algunas declaraciones angustiosas acerca de los límites representacionales de la escritura y su condición mediadora entre lo que le sucede al sujeto y la realidad misma de ese suceder. Edmundo Desnoes, tan cerca del personaje hablante (su sujeto) como podría estarlo una verbalización confesional de quien la urde y propaga, detiene la historia allí donde el escurridizo espectador de la realidad cubana, una mente casi paralizada a causa de la curiosidad, el asombro y el desasosiego ante el destino incierto, se da cuenta de que las palabras no bastan y ni siquiera resultan confiables.

La verbalización confesional alcanza a poseer, a despecho de la brevedad del texto, un costado irónico y burlón cuyo asunto es ese hablador monologante y perezoso que desconfía de sus propias tasaciones. Asiste, como un practicante de algo que va más allá de la «filosofía de la vida», a la violencia de los cambios traídos por la Revolución, y, lleno de un inteligente desconcierto, de una lucidez estructurada en círculos de los cuales no puede (ni quiere) escapar, se dedica a recopilar, desde dentro de su vida actual y su pretérito, los índices de una especie de subdesarrollo espiritual en tanto correlato mediato del subdesarrollo económico. Convertido en sistema, en modus operandi, su método analítico se diría que comulga inconscientemente con algunos preceptos del denominado materialismo histórico, toda vez que busca y halla una relación indisputable, por muy tortuosa que sea, entre la conducta de los individuos y el devenir inmediato, entre el hablar cotidiano y la transformación de la sociedad, entre el color de la ciudad y la vibración distinta de sus gentes.

Si no fuera porque Desnoes escribe afianzado en el tránsito espinoso y desgarrador de la historia por la intimidad visceral del sujeto, cabría decir que su prosa, al menos en esta narración enamorada de las postrimerías del yo, mantiene más de un vínculo con las formas del Beckett de Malone muere. Desde luego, no se trata de empatías en sentido directo, pues Beckett nos hace ir al fin de la vida dentro de la corrupción metastática de la vida misma, su prolongación abstrusa hasta la aterradora comicidad del cuerpo que declina. Esas empatías son las del ansia de recuperar la impiedad como instrumento de búsqueda de la identidad. La impiedad y el desacato (inobservancia de las convenciones que describen al sujeto de equilibrio en equilibrio) como maneras de huir de la ilusión.

Memorias del subdesarrollo es la radiografía de la añoranza de un refinamiento complejo en cuya base está la edificación, también compleja, de un mundo alejado de las fealdades, vicios, costumbres y atractivos del trópico, emblematizados por una fórmula tremenda en la que se incluyen los frijoles negros, los bohíos y algo realmente inefable: la sabrosura. El personaje, un escritor que ejerce el periodismo, queda recortado sobre el territorio difuso de una clase media que siente a Europa en el corazón pero que lleva en el intelecto a la cómoda (en principio por cercana) Norteamérica. Se trata de un hombre hiperconsciente, con dosis de perspicacia tales que le permiten acceder a una dolorosa (pero no tanto: en el descreimiento hay cierto tipo de valentía) intuición de lo que le rodea y, sobre todo, de sí mismo, al par que experimenta, como quien somatiza su contacto inmediato con el mundo, el paulatino e irreversible alejamiento de su personalidad y su hábitat con respecto al fenómeno de la Revolución. Desnoes fabrica con extraordinaria destreza la voz interior de este hombre contemplativo, al partir de una premisa invalorable con la que podemos aquilatar su carácter: una honestidad casi cínica.

Por el camino de la honestidad se puede llegar al cinismo, mientras que por el de las bondades de la devoción y la querencia se puede acceder a la hipocresía. Contra esto se defienden Desnoes y su personaje, creo, y lo hacen, para mayor rotundidad del relato, por medio de un alter que pasa de ser Eddy (el novelista Eddy) a ser Edmundo Desnoes en persona. La voz narrativa se revierte en voz autoral, pero dentro de un flexible sistema de cataduras, ordenamientos, revelaciones y desahogos. Es el hombre a quien, para decirlo con una gráfica expresión de nuestros días, le serruchan el piso y de inmediato se ofrece, mal que bien, a la reminiscencia (siempre vigilante de cualquier sensiblería) de aquellas personas y cosas en virtud de las cuales conciliaba antes su siesta.

El personaje lee una novela del tal Eddy, un libro que, de acuerdo con sus referencias, bien podría ser No hay problema. Es muy crítico con Eddy, busca sus defectos; sabe perfectamente que ante ese espejo suyo —ese escritor-meta que no es sino un juego de la ficción o un recurso de distanciamiento— siente el repudio y la admiración, la envidia y la perplejidad. Eddy, la literatura cubana, los novelistas cubanos, los propósitos y despropósitos de la escritura, hacen de Memorias del subdesarrollo, por momentos, un ensayo ficcional sobre la mente del intelectual burgués en un momento crucial de la historia del mundo, cuando, a la hora de la Revolución cubana, empezaba la última etapa de la modernidad en el arte y el pensamiento cultural, y nuevos proyectos sociales, adscritos con mayor o menor energía al derrotero del utopismo, se abrían un camino en última instancia contrario al del capital y el neocolonialismo.

El no saber qué decir del narrador constituye una especie de parálisis creativa de donde brotan las palabras cada vez más restringidas, cada vez más sometidas al filtro de lo necesario, de la pertinencia en su relación con los criterios de su emisor en el acto de autodesnudamiento del yo. El asombro escéptico beckettiano es aquí un gran gesto sin los símbolos de la ruina corporal, como he dicho antes, y sin la necesidad de compendiar la historia oscura del hombre contemporáneo por medio de analogías del sufrimiento. En el foco del dilema se halla un periodista habanero, autor de varios cuentos defectuosos, y que ha sido abandonado por su mujer. Un cubano mirón que no puede, sin embargo, desprenderse de las palabras ni de su aburrimiento esencial, en medio de una gran irresolución que compromete su destino inmediato. Debe asirse al examen del entorno; se entretiene en la búsqueda ociosa de Laura, su mujer, detrás de la estudiada frivolidad de los objetos que le pertenecieron (la obscenidad fálica de sus creyones de labios, por ejemplo), y pasa los días tejiendo un discurso alternativo y autoerotizante acerca de la doméstica Noemí, respetando siempre un principio básico de su existencia: el no compromiso, el no buscarse líos.

Desnoes armó una prosa apta para los escrutinios vehementes y las disensiones abrillantadas por el escepticismo. Una prosa trabada por lexicalizaciones oportunas y cubanismos capaces de concentrar la eficacia de ciertos momentos de la escritura, en la cual —y esto es muy importante— el discurso se separa con ímpetu de la mera corrección y del lado tonto (los primores, las lindezas) de lo literario. Desnoes llevó su estilo hacia un lugar desde donde podía hurgar en la intrahistoria, sin testificaciones periodísticas, como sucede en los episodios dedicados a la seducción y conquista de Elena, cuya «deshonra» en el pretérito de la narración es, para el Desnoes del presente autoral, un indicador casero, familiar, del subdesarrollo, obsesión esta que deviene hipótesis de trabajo y que, de acuerdo con la poética del texto, se coloca en el centro de su estudio moral, en cuyos párrafos finales leemos: «Yo era culpable de mi educación». Una educación que se suma, en tanto origen o circunstancia, a una perspectiva de entendimiento que empieza a bordear el espacio del sujeto alienado y que lo excluye, empero, de una conducta antiheroica para resaltar la querella (perentoriamente humana, qué duda cabe) por conocer el sitio que debería ocupar el sujeto en momentos de excepción.

«Yo he visto demasiado para ser inocente. Ellos tienen demasiada oscuridad en la cabeza para ser culpables», declara el narrador. El ellos es una demarcación casi ontológica. Define a los demás, a todos los otros, pero también especifica y señala a los hacedores y simpatizantes de la Revolución. He aquí una objetividad de índole casi suicida, que inscribe al personaje en un reducto por completo inestable y en una ciudad —lugar tangible, jaula que se abre y se cierra, organismo lateralizado y atmosférico— monstruosa, personalizada entre grises cromáticos, amarillos y blancos. Una ciudad que, en lo más hondo del narrador, él necesita atraer a un significativo dualismo: la realidad de esos grises, blancos y amarillos contra el espejismo deseable que, luego de Playa Girón y la Crisis de Octubre, nace en un cuadro de Portocarrero aludido al final del texto.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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