LA JIRIBILLA Nro. 108

RAZÓN DE SER
 
Hemos preferido detenernos en una de esas dimensiones que su profusa obra narrativa suele dejar preterida o que muchos no quisieran descubrirle:  su condición de escritor comprometido. Quizás como nunca antes, en estos tiempos de traiciones y veleidades ideológicas, recobra especial actualidad el concepto del autor de El siglo de las luces y La consagración de la primavera respecto al compromiso del intelectual con su tiempo y su época.


M.H. Lagarde| La Habana

Cuando el lunes 2 de junio se constituya en el Aula Magna de la Universidad de La Habana la Comisión por el Centenario de Alejo Carpentier estaremos ante el preludio de lo que será, sin duda, un justo y merecido homenaje a uno de los grandes de todos los tiempos de las letras iberoamericanas.

Una vez más, durante todo el 2004, críticos e investigadores volverán a hurgar en la extensísima obra de ese hombre que nació en La Habana el 26 de diciembre de 1904, hijo de un arquitecto francés y de una cubana de ascendencia rusa.

No faltarán quienes, incitados por la conmemoración, develen nuevas claves constructivas de esa inmensa catedral barroca que, en materia historiográfica, sociológica y lingüística, constituye la obra narrativa de quien definió su producción literaria con el término de “real maravilloso”: esa conjunción entre la historia, el mito, la leyenda, la magia y la poesía endémicos de estas tierras o procedentes del otro lado del Atlántico.

Como suele suceder en estos casos, verán la luz nuevas ediciones de algunas de las principales obras narrativas del autor de El reino de este mundo, La consagración de la primavera, Los pasos perdidos, El acoso, Concierto Barroco y,  por supuesto, se tendrán en cuenta las infinitas facetas de la extensa obra de ese polifacético creador que se desempeñó con excelencia ya como novelista, ensayista, crítico de artes, periodista, conferencista, hombre de radio y musicólogo.

Mientras tanto, nosotros hemos preferido detenernos en una de esas dimensiones que su profusa obra narrativa suele dejar preterida o que muchos no quisieran descubrirle: su condición de escritor comprometido. Quizás como nunca antes, en estos tiempos de traiciones y veleidades ideológicas, recobra especial actualidad el concepto del autor de El siglo de las luces y La consagración de la primavera respecto al compromiso del intelectual con su tiempo y su época.

Recordemos que, a pesar de la enciclopédica cultura de la que era poseedor, durante toda su vida detestó el solitario cautiverio de las torres de marfil. Prefirió el mundo tal cual era, a la infantil y narcisista contemplación de sí mismo. Como dijo más de una vez, había sido un revolucionario desde los mismos inicios de su carrera intelectual. Muy joven, en 1923, integró al grupo minorista, ese “cenáculo sin campanillas ni mesas”, al decir de Emilio Roig de Leuchsenring, nacido de la famosa protesta de los 13 y que conformaban escritores y artistas como Rubén Martínez Villena, Juan Marinello, Amadeo Roldán, García Caturla, entre otros.

En tiempos de la dictadura de Machado, con solo 22 años, sufrió prisión durante siete meses por  publicar, junto a los también intelectuales y revolucionarios Villena y Julio Antonio Mella, proclamas y manifiestos en franca protesta contra la vida política de la Cuba de entonces.

Años después, en plena Guerra Civil española, junto a Juan Marinello, Felix Pita Rodríguez y Nicolás Guillén, integra la delegación cubana que toma parte en el Congreso de Escritores Antifascistas de Madrid.

Su credo, desde entonces hasta abril de 1959 cuando regresa a Cuba procedente de Venezuela, fue siempre el mismo:

“El hombre del siglo XX es fundamentalmente un político porque asiste a una época de transformaciones que no deja de estar al margen. Vivimos en un período en que el intelectual y el artista deben de ser ciudadanos y participar en la vida colectiva”.

Con Sartre compartía el criterio de que el escritor debía tener en cuenta los contextos políticos y sociales que constituyen el panorama de la vida del hombre. El francés se lo había declarado durante una entrevista que Carpentier le realizara en La Habana: “Lo cierto es que el escritor siempre está comprometido. Cuando dice la verdad, se compromete con la causa de la verdad. Cuando dice la verdad a medias, está comprometido con los que sueñan con una verdad a medias. Y cuando no escribe también está comprometido. Comprometido con aquellos que quisieran ocultar la verdad.”

De igual modo, el cubano consideraba que la idea sobre la neutralidad de la cultura estaba desacreditada desde hace mucho tiempo: “Igualmente el apoliticismo. Lo han dicho otros antes que yo: el silencio es una forma de comprometimiento. Comprometimiento con los que permanecen silenciosos ante la guerra de Viet Nam, pongamos por caso. Lo que equivale a remozar la sabiduría del viejo refrán español: “El que calla, otorga”.

Quienes conocen su obra, saben que la Revolución universal y, especialmente la cubana, jugaron un rol esencial tanto en su novelística como en la concepción del compromiso del escritor:

“Si un novelista no siente la Revolución es porque no es novelista. Porque la Revolución es un hecho que no puede sino impresionar al novelista de fibra”. (...) Sin apresurarse demasiado en fijar acontecimientos harto inmediatos, que pueden ser rebasados en unas pocas semanas, creo que ha llegado para el novelista cubano, la hora de realizar la tarea más apetecible: la de medir sus propias fuerzas en los dominios de la novela épica”.

Aunque la Revolución no operó muchos cambios en él: “puesto que la esperaba desde mi adolescencia, aunque sin saber cómo habría de producirse”, sí le ofreció un sentido y una orientación a su quehacer. Y sobre todo le enseñó de que la tarea de expresar las ideas mediante la letra escrita o la letra hablada podía hacerse en función de la utilidad.

En cuanto al compromiso del escritor alguna vez afirmó: “Tuve que abandonar Cuba en una época en que un escritor comprometido no podía vivir en el país. Lo que yo llamo un escritor comprometido es un escritor cuya obra refleja el impulso de las masas que lo rodean hacia un principio, hacia una idea, hacia una manera de concebir la existencia. El escritor debe mantener una relación con sus raíces, con sus puntos de partida, con la nación que lo ha engendrado”.


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
http://www.lajiribilla.cu
http://www.lajiribilla.cubaweb.cu