| LA JIRIBILLA Nro. 108 |
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EL RITMO DE ALEJO CARPENTIER A su regreso a Cuba inició estudios de arquitectura, seguramente para complacer a su padre, pero los deja y empieza a recorrer el camino que lo convertiría en una de las más importantes figuras de las letras hispanas del siglo XX. Empieza a trabajar como periodista y a participar en agrupaciones de filiación izquierdista. Esto, en mi opinión, lo aproxima a una preocupación que no dejaría hasta su minuto final. Desentrañar la esencia de lo cubano. Vuelve a París en 1928, después de permanecer en la prisión machadista, y muy pronto está escribiendo textos para ballets, óperas, operetas y cantatas. Tiene la oportunidad de asistir al momento de eclosión del surrealismo. Logra ser amigo de Bretón, Eluard, Aragón y Artaud, y sin embargo, nunca las tuvo todas con la poética de aquel movimiento. Buscaba, seguramente confiaba en encontrar en sus tierras de América el acento de una maravilla, que ya el viejo mundo no podía brindar. En el ejercicio de pensar su país desde lejos, o de vencer la distancia con la tierra donde se ha nacido, Alejo Carpentier durante ese período de estancia en Francia estuvo sumamente atento a la presencia de la música cubana en ese país. Por eso es asiduo a la Rue Fontaine, que llegó a conocerse como la calle cubana, porque los soneros cubanos destronaron a los pies de Montmartre a los cultores del tango y del jazz. Fue allí cronista gozoso de la orquesta de Barreto y se deleitó con Moisés Simons tocando en el Melody Bar. Joven y ya interesado por todos los contextos de la música cubana, Carpentier atiende de manera especial los auténticos brotes de una nueva música culta en su país y se preocupa por relacionarlos con los compositores de vanguardia, con los cuales está trabajando en París: Edgar Varese, Darius Milhaud, Marius Francois Gaillard... Todos ellos conocieron por Alejo de la existencia de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla y, merced a ello, importantes obras suyas, que todavía no habían sido valoradas como se debía en la Isla, fueron aplaudidas en la capital francesa. Vuelve a Cuba en 1939. Trabaja en la radio, aportando todos los módulos de vanguardia que conoció de ese medio estando en Europa, pero sobre todo se sume en una obstinada y fructífera investigación sobre los orígenes de la música cubana, sus reasonancias y sus nexos. Escudriña en los archivos habaneros y se va por las otras provincias cubanas. Palpa las esencias de lo autóctono, como fruto fundamental de la mixtura entre lo africano y lo español, y advierte los caminos de relación de la música que se ha hecho natural de la Isla, con las otras que en su clima particular han florecido en otras tierras americanas. Tuvo especial tino el mexicano Daniel Cosío Villegas cuando a propósito del viaje al país azteca, que Carpentier hiciera en 1942, le pidió que escribiera una historia de la música cubana, para ser publicada por el Fondo de Cultura Económica, como parte de una suerte de enciclopedia de América Latina. Este hombre, todavía poco conocido y que además de su periodismo inicial, ya había escrito preso en la cárcel de Machado su novela Ecue– Yamba– O, atesoraba asombrosos conocimientos sobre la música cubana. Y mantenía la necesidad de llegar a visualizar los ligamentos más sencillos e indispensables de una música, que a esa altura ya se estaba enseñoreando sobre el planeta. Como consecuencia de esta petición fue que apareció, en 1946, La música en Cuba. Considerado a estas alturas como un clásico de los estudios musicológicos en torno a la música cubana, porque en verdad se trata del primer acercamiento global a esta manifestación de la cultura cubana, que ha sido desde el momento de su aparición referencia obligada de los interesados en esta materia, pero que para su autor resultó una suerte de metáfora de sus otras inclinaciones artísticas, y en especial, para su obra narrativa. La mayoría de la obra narrativa de Alejo Carpentier está escrita después de la aparición de La música en Cuba, y toda ella de una manera o de otra está transida por los ritmos cubanos, y también por sus bien aprehendidos patrones de la llamada música clásica. Los pasos perdidos son las peripecias de un músico cubano en el Orinoco. El acoso, no solo tiene en su trama la música, sino que está escrita a partir de la forma sonata. Ya en sus años de suntuosa madurez dio a la luz otras obras de confesa complicidad con los módulos musicales, como Concierto Barroco y La Consagración de la primavera.
En las cercanías del
centenario del nacimiento de Alejo Carpentier, los
narradores ya hechos y derechos, y los que están
emprendiendo el camino hacia su definitiva estancia en
esta manifestación de las letras, deben aprender la
lección de Alejo Carpentier. El único narrador cubano
que se construyó una metáfora capaz de explicar su
camino narrativo: lo real maravilloso, sacó de la
cultura mayor de nuestro país las explicaciones posibles
para hacer el milagro de su creación. Una obra que ahora
responde por nosotros en los cuatro puntos cardinales. |
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