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LA
JIRIBILLA El guía que nos acompaña lleva un gastado suéter verde olivo y un sikh púrpura. Siempre ando buscando parecido a la gente, y cuando no lo encuentro lo invento; pero juro que nuestro guía es el vivo retrato de Ravi Shankar, el citarista amigo de los ex beatles Harrison y Ringo Star. Con una sonrisa estereotipada en los labios finos y oscuros nos invita a descender. A las doce del día debemos reunirnos de nuevo en la explanada para almorzar en un restaurante de Agra que, según el programa, se llama Peshawari. No es recomendable tomar refrescos en las vendutas callejeras; al pie del ómnibus nos darán de inmediato botellas de agua mineral y bocaditos de atún en preservos plásticos... Ha hablado en ese inglés de ululantes eles que solo se escucha en la India; después, repite en hindi su parrafada. El único cubano en este “tour” soy yo (Pablo Armando Fernández se ha ido a Bombay y Alga Marina Elizagaray y Ramón de Armas se han quedado en Delhi). Los demás pasajeros son estudiantes norteamericanos, un matrimonio canadiense, tres viejecillas que parecen sacadas de una novela de Thackeray, dos italianas (Paola Cantti, de Milán, y Gina Penssotti, de Roma, lectoras ambas de mi admirado Gianni Rodari, muy conversadoras ambas y ambas muy bellas), varias familias indias y los inevitables turistas japoneses, con sus nikones de batería al cuello. Cuando descendemos del Leyland una nube de vendedores nos asalta con abanicos de plumas de pavo real, pulseras y anillos de cobre, o plata o madera o marfil, telas de algodón teñidas a mano, cajitas de nácar, figuritas de cristal (un elefante, una reproducción del Taj...). Los niños son los que más alborotan: “¡Ten rupees, only ten rupees!” Ya vi muchos encantadores de serpientes en Delhi, así que no me detengo cuando cinco o seis de ellos comienzan a soplar sus flautas de cañabrava, acuclillados ante la cesta de mimbre en forma de calabaza de las que no tardarán en salir, hambrientas y atontadas, las cobras. Paola, Gina y yo apretamos el paso, cruzamos un pasaje de columnas de piedras y, ante nuestros ojos deslumbrados, aparece en toda su gloriosa belleza el Taj Mahal, una de las más célebres joyas de la arquitectura de todos los tiempos... El hombre ha visto siempre en el amor, como dice Neruda, la esencia más compacta y palpable de la vida, y ha visto en la muerte un dramático misterio sin solución. Quizá por ello la lucha entre esas dos fuerzas, el amor y la muerte, sea un tópico del arte y la literatura desde antes de los griegos. Creo que de todas las obras de arte hijas del duelo entre el amor y la muerte, el Taj Mahal es la única capaz de rivalizar con el Romeo y Julieta del viejo Bill, si fuera posible algún tipo de competencia entre las palabras y las piedras. El Taj Mahal está ubicado en la región de Brij Bohoomi, a tres kilómetros de la ciudad de Agra, una de las más antiguas de la India. Fue construido en la orilla derecha del río Yammuna, que a veces tiene un color perlado a causa de las siembras de arroz, y otras (a la altura de Dehli, o más al norte, donde las aguas están revueltas) parece té. A la muerte del próspero emperador de Agra, Jahangir Nur Jahan, en 1627, y después de varias conspiraciones palaciegas, fue proclamado sucesor Asaf Uddaula, que subió al trono con el nombre de Shah Jahan. La segunda esposa de Shah Jahan se llamaba Mumtaj Mahal, había nacido en 1592 y era de origen persa. Según la tradición, fue devota compañera del emperador. Jamás interfirió en los asuntos administrativos y políticos, pero Shah Jahan tenía muy en cuenta sus opiniones que solían ser acertadas. En 1631, durante el segundo año de su reinado, Shah Jahan partió con sus tropas hacia Decan, para combatir al insurrecto Khan Lodi. La emperatriz lo acompañó en la campaña, pero durante la marcha fatigosa y larga enfermó de gravedad. Nada pudieron hacer los médicos del emperador. Una noche, Shah Janah, abatido, se inclinó sobre la moribunda y le dijo con lágrimas en los ojos: ¿Cómo puedo demostrarle al mundo cuánto te amo, Muntaj? Con voz débil, ella le respondió que construyéndole una tumba única y hermosa. El 17 de junio de 1631, a los 39 años de edad, Mumtaj Mahal cerró los ojos para siempre. A mediados de 1632 el emperador hizo venir de todos los rincones de su imperio, pero también de Irán y Turquía, a los mejores arquitectos y alarifes. Y cuando halló un proyecto que le parecía digno de la memoria de su Mumtaj ordenó su construcción. Durante diez años, veinte mil obreros trabajaron en las obras del Taj. Se trajeron los materiales desde sitios lejanos (la malaquita, por ejemplo, se importó de Sudáfrica, y el lapislázuli de Afganistán). Toneladas de piedras de mármol fueron transportadas de Agra a través de la selva. Hoy se estima que fueron gastados cerca de dos billones de rupias en el mausoleo de Mumtaj Mahal y en los edificios, fuentes y jardines adyacentes. Los años finales de Shah Jahan transcurrieron a la sombra del infortunio. En 1659 fue hecho prisionero por su hijo menor Auragzeb, que ordenó asesinar a casi todos sus hermanos. Shah Jahan fue encerrado en el fuerte de Agra. Allí permaneció incomunicado por espacio de siete años. El 22 de enero de 1666, viejo, amargado y enfermo, el emperador le pidió a su hija Jehan Ara (que lo acompañó en la prisión todos esos años) que lo ayudara a ponerse de pie y llegar hasta una de las ventanas ojivales de su celda–habitación: quería ver por última vez la tumba de Mumtaj. Bajó la luna llena, el mausoleo parecía un fantasma flotando sobre las aguas quietas del Yammuna... Pocos minutos después, el emperador derrocado murió. El Taj Mahal ha sido descrito, fotografiado, pintado como pocos edificios del mundo. Pero ni las palabras, ni la pintura, ni la fotografía, pueden dar una idea cabal de su imponente belleza, libre de la cárcel del tiempo. Paola me hace una foto con mi cámara Zenit, con el mausoleo al fondo. Y mientras la bella morena toma foco y me pide en broma “una sonrisa inmortal”, yo pienso en Shah Jahan y Mumtaj Mahal, y en su amor ejemplar, que gracias a Taj, venció sobre la muerte y el olvido.
* Publicado en Bohemia, año 77,
no. 12, 22 de marzo de 1985. |
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