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LA
JIRIBILLA Tal compañía, más el incentivo del programa propuesto por los anfitriones, que están entre los más amables del mundo, garantizaron un hermoso día, de esos que uno pasa tomándole el pulso al teatro real. Esa “realidad” es el universo de Pedro Vera, hombre de la escena en toda la extensión de la palabra. Siempre, repito, he llegado de su mano a Unión, un pueblo perdido en medio del mar de tierra de la llanura matancera, al sur de casi todo. Pedro ha sabido fundar una tradición teatral allí, encontrando con el tiempo actrices, actores y colaboradores de diverso signo, comprometidos como él en crear pese a las naturales dificultades y estrecheces de hacerlo en un municipio. Y ha formado un público, integrado por vastos sectores de la sociedad unionense, que lo respeta y sigue con fidelidad. Como parte de ese compromiso con sus espectadores, en este caso infantiles, realizó Stop. Iguanas, un espectáculo sin texto, centrado en el juego y su interacción con la profusa banda sonora. Amén de sus características la anécdota es perfectamente entendible: gira en torno a la agresión ecológica que sufren nuestras playas por la acción del turismo. Ese asunto, si bien universal, está muy presente en la provincia de Matanzas por la existencia en ella de polos tan importantes en esa esfera como Varadero y la Ciénaga de Zapata. La puesta en escena, sin embargo, se resiente debido a su doble direccionalidad –los niños y los turistas–, que no le permite definir con claridad el trabajo con el lenguaje de acuerdo a su destinatario principal. El componente lúdicro podría ser más efectivo si los actores jugaran de verdad e integraran de manera más consistente a los pequeños receptores en el entramado de ese juego, no obstante lo cual el montaje necesita síntesis y precisión, y tal vez costados novedosos para la fábula. Otra arista de ese habitual intercambio con su público la hallamos en la Peña que Teatro D’Sur ofrece con regularidad en el Museo Municipal. En esta ocasión el grupo mostró, recorriendo sus más de dos décadas de vida, fragmentos de obras de la dramaturgia nacional y latinoamericana en las cuales ha descansado su mirada e intelección del teatro. Entre ellas descuellan las de Estorino y Jorge Díaz, el valioso autor chileno. Hilvanando con brillantez esos fragmentos y también ejercicios o poemas dramatizados, dosificando momentos trágicos con situaciones humorísticas, Vera y su elenco demostraron cuan efectiva resulta una estrategia de trabajo que no rehúya la formación de una ola creciente de espectadores a partir de diversos estímulos intelectuales en el campo de lo teatral. Ese público y otro presenció por la noche No me quieras, en la sala principal de la Casa de la Cultura, un sitio donde es hazaña hacer teatro por sus limitaciones de todo tipo, mas el único aprovechable en Unión para tal fin, hasta que Teatro D’Sur pueda inaugurar su sede, desgraciadamente inexistente a pesar del servicio prestado por el colectivo a su pueblo, para la cual tienen ahora espacio físico y todo el resto por construir. No me quieras representa el debut como dramaturgo del propio Pedro Vera, quien la tuvo guardada algunos años ante el temor de invadir un terreno que no es el suyo común. Sin embargo, el texto no padece por el tiempo pasado en la gaveta, ya que, como señala José Antonio Alegría en las “Notas al programa” es obra de obsesiones alrededor del ser y del teatro. Vera enfrenta a dos personajes, uno masculino y otro femenino, que no sabemos si se encuentran por casualidad o antes lo habían pactado. Parecen esperar por una prueba actoral o algo por el estilo. Y en el transcurso de ese encuentro desatan todas sus pasiones, miedos y deseos. Pero Pedro, que es desde Unión de Reyes uno de nuestros teatristas más informados y pensantes sobre los destinos del arte escénico en el planeta, no puede desprenderse de una visión demasiado abstracta de estos conflictos y problemas entre los cuales se debaten sus personajes, encarnados con conocimiento y verdad por Malitzin Núñez y Wilfredo Mesa. Veo esa dificultad como la mayor de la pieza y en cuanto al montaje la falta de definición de lo poético que persigue en la proposición de sus códigos, voluntad siempre presente en el quehacer de Teatro D’Sur, evidenciada con eficacia hacia el tramo final del espectáculo. Mas, ningún señalamiento positivo o negativo, siempre legítimo desde la óptica de la crítica, aunque circunstancial según lo presenciado, agota el acercamiento a la trayectoria de Pedro Vera y Teatro D’Sur por la sencilla razón de que son un ejemplo vivo de un compromiso con el teatro infrecuente entre nosotros. De hecho, ninguno de los actores o actrices se dedica por entero al teatro, lo cual no le resta un ápice de profesionalidad porque, sin paradojas, su existencia vital es el teatro. Pero antes acuden a sus puestos laborales diarios, todos de indudable importancia y responsabilidad. Es la célula posible allí, más cercana a las formas de organización cotidianas en el teatro independiente, sobre todo en América Latina. Viven sin lujos, van a lo esencial, saben lo que quieren, sus casas son los “hoteles” de los visitantes, su dinero el del teatro, su entrega a los visitantes abrumadora en su amabilidad, su pasión por el teatro única e indescriptible. Por eso, Teatro D’Sur no cabe en esta crítica. |
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