LA JIRIBILLA Nro. 109

DECÁLOGO PARA EL POSTESCRITOR EN EL SIGLO DE PILATOS
 
Las grandes potencias no se hacen responsables por el bienestar de los pueblos que invaden. El Fondo Monetario Internacional no acepta responsabilidad por los recetarios que impone. Los estadistas del Tercer Mundo se lavan las manos ante los desastres sociales que causan al aplicarlos. El escritor es aquel que acepta la responsabilidad por sus palabras. Solo así puede disociarse de los poderes que rigen el Siglo de Pilatos.

Luis Britto García|
Venezuela

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Extrañas tribulaciones acometen al escritor en su éxodo hacia la Tierra Prometida. Hace algún tiempo, voces unánimes le encomendaban el agobiador repertorio de funciones de profeta, guerrero, espía de Dios, depositario de la cultura, legislador sin corona de todo lo creado, inventor de obras maestras alrededor de las cuales se constituyen naciones, solitario aplastador de la infamia, agente de la historia, productor de sentido, ingeniero del alma, defensor del pueblo, testigo incorruptible, mártir valioso e incluso operador de milagros estéticos más o menos perdurables. Quien rehusara la pesada carga era tragado por la ballena, como Jonás; quien la asumía era decapitado, como Juan el Bautista.

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Pero ahora estamos en el desierto, y las tribus se han detenido a adorar al becerro de oro. Ya nadie sabe lo que es un escritor, pero todo el mundo conoce perfectamente lo que no debe ser. Un escritor, nos lo repiten todos los días, no puede estar comprometido con nada, salvo con su escritura.  ¿Y esto qué significa? Nada, o que su escritura no debe significar nada. Si en el principio era el Verbo, al final será la verba. Como en una producción de Cecil B. de Mille, todos los medios son permitidos a condición de que no transmitan mensaje alguno.

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En esta secuencia, es de buen cinemascope  hacer aparecer mediante efectos especiales un disuasivo Decálogo. No testimoniarás, porque ello te haría realista. No calificarás, porque ello te asimilaría al crítico. No exhortarás, porque te suplantarías al político. No militarás, porque inquietarías al militar. No te comprometerás, porque parecerías leal. No te exaltarás, porque parecerías sensible. No desearás, porque te asimilarías al ideólogo. No interpretarás, porque parecerías ser racional. No juzgarás, puesto que estás aquí para ser juzgado. No tendrás otro Dios que el lenguaje, y amarás la Retórica como a ti mismo.

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El Decálogo, confesémoslo, tiene lugar y fecha: ha sido impuesto tras el cruce del Mar Rojo, en el Sinaí postmoderno. Es de buen tono clamar contra él cuando lo aplica un totalitarismo, y de mucho mejor tono imponerlo en nombre de la libertad. Sus vestales, como Danilo Kis, asumen la misión de predicarnos: “No tengas ninguna misión” (1). Sus custodios son las instituciones académicas, las industrias culturales, los medios de comunicación. El fariseo lo predica al escritor, y paga para que lo violen su publicista, su propagandista, su agente de prensa. Al igual que sucede con los demás decálogos, su cumplimiento total o parcial es imposible.

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Pues este Decálogo postmoderno para el postescritor lo prevé todo, salvo la imposibilidad de producir una escritura de grado cero, una escritura sin significado: una escritura ajena al árbol de la ciencia del bien y del mal. Si el lenguaje es el principal vehículo de las relaciones sociales, ¿cómo evitar que transmita contenidos sociales? Julien Algirdas Greimas ha demostrado que un relato puede ser leído como un ensayo, y viceversa: no podemos narrar sin razonar (2).   Rokeach ha evidenciado que en el discurso político y literario es posible cuantificar la jerarquía de los valores: no podemos narrar sin valorar (3). David McClelland ha comprobado la relación entre la literatura de un país, el grado de motivación de sus ciudadanos hacia la autorrealización (achievement) y su nivel de desarrollo económico: no podemos escribir sin revelar nuestras motivaciones y difundirlas(4). Carroll, Davies y Richman, tras analizar una montaña de muestras extraídas de periódicos, libros de textos  y otras fuentes, contabilizaron minuciosamente que en el inglés de Estados Unidos en cada millón de palabras time aparece 1.634 veces; money, 307; cars, 128,39; woman, 125,81 y love, 88,11 veces(5). No podemos escribir sin desnudar y contagiar nuestras obsesiones, la comparativa importancia de ellas, el mapa oculto de nuestra alma.

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Las grandes potencias no se hacen responsables por el bienestar de los pueblos que invaden. El Fondo Monetario Internacional no acepta responsabilidad por los recetarios que impone. Los estadistas del Tercer Mundo se lavan las manos ante los desastres sociales que causan al aplicarlos. Los militares no son sentenciados por las masacres que ejecutan en defensa de aquellos. Los pueblos no aceptan ser enjuiciados por el crimen de votar por esos mandatarios. Los organismos de seguridad están por encima de toda sospecha. Las agencias informativas no se consideran responsables por las mentiras que transmiten. Los científicos no aceptan responsabilidad por las armas que sus descubrimientos posibilitan. Las transnacionales niegan toda responsabilidad por sus productos contaminantes o defectuosos. Los banqueros rechazan toda culpa por los colapsos bancarios que causan.

El escritor es aquel que acepta la responsabilidad por sus palabras. Solo así puede disociarse de los poderes que rigen el Siglo de Pilatos.

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Quizá consentiría en no inmiscuirme en las funciones que hoy quieren monopolizar el científico, el político, el periodista, el militar, el financista, el publicista, siempre que de manera equitativa todos ellos renuncien a escribir o a decirme sobre lo que no debo escribir.

Aquel de vosotros que esté sin pecado, que arroje su primer cero.

Notas:

1- Danilo Kis: Consejos a un joven escritor; Ediciones Oxymoron, Chile, 1990

2- Greimas, Algirdas Julien: Semántica estructural; Gredos, Madrid, 1973.

3- Rokeach, M: The nature of human values; Joey Bass Inc. San Francisco, 1973.

4- McClelland, David: La sociedad ambiciosa; Guadarrama, Madrid, 1968. Inc. Nueva York, 1971.

5- Carroll, John B.; Peter Davies y Barry Richman: Word Frequency Book; American Heritage Publishing Co.


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La Habana. 2003
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