LA JIRIBILLA

Reencarnación de la leyenda

Fidel Díaz
| La Habana
 


“¡Azúcar abanicando! ¡Cuba campeón mundial!” es la voz emocionada del inolvidable Bobby Salamanca que llega desde agosto de 1969. El Curro Pérez cerraba a todo tren aquel noveno inning contra los norteamericanos ganando un juego mítico. Se destronaba el hasta entonces rey del béisbol mundial y surgía otro de una Revolución naciente. Entonces no hubo televisión; llegaron luego  unas borrosas imágenes en que se ven aquellos peloteros con trajes anchos de franela, en el momento en que el propio Curro conectaba el hit de oro y alguien —quizás Isasi o Wilfredo Sánchez— doblando por tercera con la carrera que marcaba el definitivo score 3 por 2. Un corte, el último strike, otro corte y todos brincando como locos en el terreno abrazados a la bandera nacional. Yo tenía entonces 9 años; me había quedado dormido como en el sexto inning —quizás por la agonía que reinaba en la casa: todos pegados a aquel radiecito, maldiciendo con palabrotas a aquel pitcher imbateable de los yanquis. Llegaba el último chance y con la primera “caña cubana” la algarabía me sacó de la cama. Aquello fue tremendo; todos abrazados llorando y el barrio entero salió para la calle gritando y dando vivas: no era solo una victoria en pelota, era el punto de giro que marcaba el inicio de la cosecha; a partir de entonces vendrían los triunfos progresivos que nos convertirían en  potencia mundial deportiva.

Con la leyenda de aquel peleado juego sobre sus hombros, llegaron nuestros peloteros al mismo estadio de Quisqueya, igualmente en agosto, 34 años después, a discutir con los estadounidenses nuevamente el título Panamericano de béisbol. Como entonces, el público agita cientos de banderas cubanas, levanta carteles de Cuba Campeón y ovaciona tras cada jugada. Una gran fiesta de hermandad del pueblo dominicano que siente en nuestro equipo la victoria suya.

El juego se desarrolla casi idéntico: Cuba visitador. El lanzador norteamericano no tira casi bolas; abrimos con un foul fly al catcher y dos ponches. Vera, el pitcher nuestro, sale bien del primer inning —aunque nos reservamos dudas ya que ha lanzado un juegazo en la etapa de cuartos de final contra República Dominicana hace sólo 3 días.

En el segundo inning nos vamos igualmente de 1, 2 y 3, con otro ponche incluido: Jered Weaver está insoportable, debe tener en la recta cerca de 95 millas.

Vera abre con base por bolas y le dan hit después. Con rolling al pitcher avanzan los corredores y entra una por fly de sacrificio. Golpea con un lanzamiento al siguiente bateador; creo que lo van a sacar. Pero no, Higinio Vélez confía en él; entre santiagueros se entiende mejor la guapería y le deja la pelota. En efecto,  fly a tercera: mató la entrada.

En el tercero Cuba amenaza por doble de Pestano, pero nada.

Aumenta la tensión, seguimos abajo una por cero. Si nos hacen otra puede imperar el desánimo. Sube al box Vera, lanza, y le conectan un gran batazo a lo profundo del left center: ¡Tabares! ¡Tabares! ¡Tabares! Gritamos todos mientras nuestro center field corre endemoniadamente contra el imposible: aproximándose a la cerca da un gran salto de espaldas al home, captura en el aire, da dos vueltas y se revuelca hasta el final del terreno con el guante en alto. Ya aquí sabíamos que no se perdería.

Cuarta y quinta entrada se fueron sin carreras; cada inning que caía pesaba sobre Cuba, pero también contra los estadounidenses que con esa carrerita no ganaban.

El sexto lo abre Tabares; di dos palmadas y lo dije, desde antes: este es su día: él la da. Toque de bola perfecto, entra de manos a primera: quieto. Avanza por toque de sacrificio, pero se poncha Videaux. Dos veces hemos dejado el empate en segunda. Viene Gurriel junior. Aquí se multiplica la leyenda. Ese muchachito de 19 años es el hijo de Lourdes Gurriel el hombre que, en Parna, Italia, en 1988, había decidido un juego crucial por jonrón cuando los contrarios estaban a un out de la victoria. Si esto fuera poco, un par de días después, le tocó ir al bate cuando los norteamericanos estaban igualmente a un out de la victoria y ganaban por dos carreras. Recuerdo que Héctor Rodríguez dijo en ese momento, afligido: “Caramba la misma situación con el mismo bateador. Si se repitiera la historia... sería mucha la casualidad”. Había un hombre en base  y los norteamericanos estaban listos para saltar a festejar al terreno... pero Gurriell desapareció la pelota tras las cercas. Increíblemente,   ocurría exactamente igual en el juego final, como si fuese brujería.

Ahora está su pichón afincado en el home plate, Weaber lo tiene en dos strikes: le caza un rectazo en la esquinita de afuera y le conecta un línea de hit al jardín izquierdo: Cuba empata el juego. El graderío es un manicomio.

Sigue la amenaza, base por bolas a Joan Carlos Pedroso, momento difícil para el gran lanzador norteamericano. Parece que explota en el sexto, pero confían en él. Domina a Cepeda en foul fly.

Se nota a un Vera dueño de la situación y de sí mismo (ha rebasado todo posible cansancio); da una base por bolas tras un out, pero cogen al corredor en intento de robo; cierra con ponche.

Urrutia abre el inning de la suerte con metrallazo  y envían a Benavides a correr por él. El toque está en el ambiente, pero Michel Enrique se deja cantar dos strikes inexplicablemente. Pero él es de los grandes, ya probados: suelta un metrallazo entre primera y segunda en jugada de bateo y corrido. Los americanos contra la pared: hombres en primera y tercera sin out. Pestano —bateador de poco promedio en nuestra pelota pero oportunísimo en torneos internacionales— se viste de Curro Pérez y da el hit de oro que nos pone encima dos carreras por una. Vuelve el delirio al graderío y ahora también al dogout. Parece que acaba “la pesadilla Weaver”: le han dado tres hits seguidos, sin embargo el mentor norteamericano lo deja. Creo que nos vamos a dar banquete; pero me equivoco: domina a Tabares en fly a segunda, poncha a Paret y Videaux cede el tercero.

No hay inning de la suerte para los contrarios: se van de 1, 2 y 3.

El octavo se va sin contratiempos para ambos equipos; salvo un rolling durísimo entre tercera y short que Paret saca con un fildeo brillante y un soberbio tiro a primera.

Abre Cuba el noveno; gana dos por una; han sustituido a Weaver que ha lanzado un gran juego. Nos hace falta otra para asegurar. Michel es dominado y viene Pestano. Tiene que darla y la da. Lo que hacía falta para que el juego tuviese plato fuerte....la bola se va elevando y... ¡se fue de jonrrón! Las cámaras toman los rostros abatidos de los contrarios. Ya no nos ganan ni ganando.

El heroico Norge Luis Vera está en el centro del diamante, como 34 años antes estuvo el Curro Pérez. Ponche, out 25; ponche, out 26, la voz de Bobby Salamanca emerge de aquel mítico juego con su “¡azúcar! abanicando y lo tiró pa´ la tonga”.

Toda Cuba está de pie. A un out de la victoria. Vera toma las señas de Pestano, se impulsa, lanza: rolling por primera, Pedroso acepta, dice que él, pisa la almohadilla y la historia se repite. En el graderío de Quisqueya se agitan banderas, la afición delira como si estuviéramos en el estadio Latinoamericano. Saltan al terreno nuestros peloteros, como locos, brincando y abrazándose con la bandera nacional, se pasean saludando al público que los ovaciona y grita ¡Cuba, Cuba, Cuba!. Alzan los brazos y se palmean el pecho mencionando a la patria entre felices y tremendas palabrotas. Los veo en blanco y negro, con anchos trajes de franela; Rosique, Wilfredo, Changa, Isasi, el Curro, todos con los nuevos muchachos y, desde un rincón de la historia, la voz de Bobby que, saltando grita la noticia: ¡Cuba, campeón panamericano!
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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