|
CHUCHO
EN LOS ÁNGELES: UNA GRIETA EN EL MURO
La
negación de las visas para los artistas cubanos para ir
a Miami es algo «completamente loco, absurdo. No lo
entiendo», aseguró Chucho. «La música es universal». Y
después de una pausa agregó: «Realmente es criminal».
Jon
Hillson |
Los
Ángeles
Mientras escribo,
escucho un disco de Chucho Valdés, pero no es igual a
escucharlo tocar en vivo, como tuve la oportunidad de
hacer en Hollywood, el pasado 23 de septiembre.
Ese martes por la
noche en la Bar and Grill Catalina, un pequeño pero
prestigioso y elegante club de jazz, entre los famosos
bulevares Sunset y Hollywood. El lugar estaba casi
repleto de gente que acudió para escuchar a Chucho.
Chucho entró al
salón, recibió una ovación, dijo «buenas noches» en
inglés y comenzó a tocar.
Todos en el club
—aficionados al jazz— saben que, hace poco, Chucho y el
resto de los cubanos nominados por el Grammy Latino no
recibieron visas para asistir a las ceremonias en Miami.
Saben también que Chucho ganó el premio el año pasado en
Hollywood, en el teatro Kodak —una voz sin cuerpo lo
anunció— pero el pianista y los demás cubanos tampoco
estuvieron presentes. A pesar de ganar los premios en
Hollywood y Miami, los cubanos son los fantasmas de la
ópera Grammy Latino. Sus sustitutos —este año en Miami y
en el 2002 en Los Ángeles— han sido los manifestantes
que han protestado contra las decisiones de la Casa
Blanca para excluirles. Las caras de los artistas
cubanos aparecieron solo en pancartas.
Chucho no dice nada
sobre política. Sus manos hablan al liberar al piano de
sus límites convencionales.
El menú de Chucho fue
ecléctico, sofisticado. Desde su versión de
«Bésame Mucho» hasta las canciones de Harold Arlen, Bill
Evans, los hermanos Gershwin y Jerome Kern. Tocó una
versión trascendente de «Over the Rainbow [Sobre el
arcoiris],» triste y suave, poderosa y dulce. Un
homenaje al maestro pianista cubano Ernesto Lecuona y su
obra «La Comparsa». Si cerrabas tus ojos podías oír las
manos de Lecuona.
Chucho tocó con poder
y cariño, improvisando y haciendo bromas musicales. Al
público le gustó mucho por lo que se repitieron las
ovaciones.
Chucho, como un
hombre grande da una «presentación más grande que la
vida», escribió Don Heckman en su reseña en el Los
Angeles Times, al tocar un piano Yamaha de nueve
pies en un escenario pequeño.
En su versión de «la
clásica de [los hermanos] Gershwin, ‘Liza’», explica
Heckman, Chucho hace «el logro extraordinario de
combinar tumbaos cubanos con el estilo de piano tranco
propulsor».
Más temprano en la
noche, hablamos con Chucho, en un salón en el club. Nos
conocimos en Los Ángeles en los días después de la
cancelación de los Grammy Latino en el 2001, la misma
semana de los ataques contra las torres gemelas.
Chucho acaba de
cumplir un trabajo —«muy, muy buen trabajo», dice— para
su nuevo disco en los estudios de Blue Note en Nueva
York, se llama «New Concepts».
La negación de las
visas para los artistas cubanos para ir a Miami es algo
«completamente loco, absurdo. No lo entiendo», aseguró
Chucho. «La música es universal». Y después de una pausa
agregó: «Realmente es criminal».
Más tarde, la gente
en el club Catalina exigió un bis. Chucho regresó,
siempre afable, amable, gozando el hecho de que este
pueblo haya compartido su música, su talento, la pasión
de su vida. Es un momento que será repetido 13 veces más
durante sus presentaciones —dos cada noche— hasta el
fin.
Algunos afortunados de este rincón de Hollywood, por una semana, pudieron escuchar a Chucho. No
hubo cortina de hierro cultural.
A través de una grieta en el muro de Washington
sonó la música en
vivo del incomparable Chucho Valdés, pianista cubano del
mundo.
|