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MORADAS
Estos hierros, esta piel,
esta cárcel que padezco
y de algún modo merezco
me hace redundar en hiel,
en la blasfemia, en lo infiel
sobre la tierra heredada,
padezco:
esta es la morada:
veo la marca inobjetable
de mi rastro, el insalvable
tiempo que me sigue:
nada.
La ruta es también el filo,
lo siento por el bregar
inconcluso, y el rogar
es inútil, pues el hilo
que me conduce está en vilo,
es deuda y lección que aprendo,
o que intuyo, o voy teniendo,
o que traslado, en vital
sentencia como espiral
sobre mi cuerpo ascendiendo.
Porque a mí mismo levanto;
ello es lo que ratifica
Su señal, y mortifica,
y hace mi piedad quebranto
y vuelve blasfemia el canto
que pueda entonar a veces:
cuando soy más que las heces,
cuando no importan pobreza
ni el deber ni la maleza,
y sólo soy queja y preces.
Ante la reja insalvable,
sin excusa ni razón,
queda mi fe sin pasión,
casi sin vida, improbable
porque no hay marca que hable
en el Todo, en otro ser
que va en mí:
no soy poder,
no soy Dios ni irreverencia;
soy,
cada vez más,
conciencia;
me alejo del suelo a ver
cómo, siendo lo que soy,
también me convierto en hombre
que puede arriesgar su nombre
y volverse lo que doy:
apenas un rastro:
hoy
que es un día o son mil años,
que es eterno o son los paños
con que cubro mi existencia
sin tener —¿será inocencia?—
la cuantía de estos daños.
Así, la piedad se aleja
—la que les tengo y me tiene
Dios—,
o el hombre que sostiene
mi cuerpo que, erguido, ceja
y vuelve a caer, me deja
hecho un caracol, un signo
de lo reencarnado, el digno
infeliz que llora y carga
lo que es su cruz y su adarga;
lo que me confirma indigno.
¿De qué?
de piedad maldita
que reaparece y no quiero:
no es el latido que espero,
no su dolor que me incita
a salvar lo que me irrita
aunque sea oblicua su rama
pues amo a quien mi odio ama
y en la muerte y su dolor
—o su cambio de color—
la piedad se me hace llama.
Y entonces soy otro y yo
mismo, y lo que siento es
de hombre y molusco o tal vez
de sentencia que cayó
pero que no destruyó
sino que me hizo indagar
la razón para aquí estar
aunque precise de ayuda:
la caridad y su duda:
lo que no puedo explicar.
¿Muerte?
¿Vida?
¿Este planeta?
¿Y su causa?
¿O el manido
dolor que me ha sostenido,
que me ha hecho tener discreta
felicidad, ya sin meta?
¿Vegetal?
¿Roca insensible?
¿Qué debo ser?
¿Un risible
ente gobernado?
¿Un ciego?
¿Sordo?
¿Mudo?
¿Sabio ego?
¿Lancha varada en la playa
de Dios?
¿Debo ser la malla
tramada y deshecha luego?
Mas, cuando el hierro, por fin,
acaba, recibo el peso
de mi deseo y soy preso
del dolor que siento sin
lo que tanto he amado:
al fin
no soy más que Su presea,
Su adorno mientras pasea,
Su blasón mejor colgado,
quien debe tener cuidado
con las cosas que desea.
Katia Gutiérrez
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Poema
mientras observo un paisaje
a Pablo y Angelina
Una casa en la loma. Un río al bajarla.
Un álamo que saludaba y despedía
a los visitantes a caballo.
Antes del árbol, o después,
según la posición del espectador,
el umbral por donde cruza el viajero
enrojecido y sediento.
Entre el aroma de la cocina
y las aves corriendo hacia los granos de maíz
mi abuela alegre como el diente de oro
que muestra su sonrisa.
Pero cuenta mi madre:
«...de la boca para afuera...»
En el extenso pasto una arboleda,
a la sombra el ganado casi indiferente
(comportamiento del animal
cuando está fuera de peligro).
Y la dormidera descubriendo en los pies
mi condición frágil de niño de pueblo.
Llegaba mi abuelo con la alforja,
y algunos dulces para justificar su ausencia.
Muchas preguntas. Pocas respuestas.
Entre un niño y un adulto hay una distancia
parecida a la que existe
entre Dios y el hombre.
Amable el campo en la mañana,
violento desde el primer anuncio de la tarde,
lóbrego y sarcástico en la noche
como la soledad que ha de sentirse en una celda.
Gracias a la luz de una vela
podía aliviar el miedo
hasta que por fin entraba en el sueño.
Una casa en la loma. Un río al bajarla.
En el rincón de un cuarto imágenes y ofrendas
(tan distantes entonces).
Lo que hoy es hierba pasajera
desde una ventanilla
mañana puede ser piedra angular
de nuestra existencia.
Israel Domínguez
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Cruz de los
vencidos
Nadie más pernocta en mi cadáver.
Quise todo el silencio, la antigua luz de marzo,
y era bueno morirse de constelaciones,
de un tatuaje en la puerta.
Saber que la manzana era mi boca,
grávida costura sobre el barro,
lujuria del pesebre disperso
frisando tenues ascuas aun por degollar.
Qué penitencia me libra de las águilas
allí donde es oscuro y no ha llovido.
Qué será de estos ojos cuando no doy con la casa.
Válgame lo absoluto, cada mano triste,
insomnios que faltaron.
Vuelvan al ombligo del prójimo
a un exacto país de imprecaciones.
Vuelvan los astros al templo, su remota muerte,
Puesto que mucho antes quiebro alguna copa.
Nadie lame sus flechas ahora.
Solo mi cuerpo anduvo entrecerrado
Como si descendiera al fin para calmar las aguas.
Herbert Toranzo (Ciego
de Ávila, 1972)
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en la demorada cicatriz del polvo
con los pies en los gladiolos, duerme.
Rimbaud
sobre una alfombra de hojas otoñales
he puesto el corazón
para que duerma su siesta-soledad
para que en la húmeda transparencia de la luz
su principal costumbre se diluya
con los pies enredados en el perfume leve de los
gladiolos
le observo desangrarse
como el más antiguo de los deseos
murmurando con el ronquido de su saxo
una pobreza enorme
ceniza que el viento va fijando
en la demorada cicatriz del polvo
de nada sirve el cuerpo que
deseado hasta la lasitud
vi morir acuchillado
con un gesto lívido
suave como una canción
en los labios del recuerdo
cuerpo que transformé en bahía
en puerto al que llegaba
para saciar mi sed
bebiéndote la vida
y esos ojos inmensos donde cabía mi rabia
y mi benevolencia
sobre esa misma alfombra de hojas
que el otoño ha ido acomodando silenciosamente
he puesto también esta miseria que dios
en su más absoluta intimidad
nos va dejando
pétalos para abanicar el perfilado acento
de esos nombres
que hicieron de tu cuerpo
una sombra ajena
y muda.
George Riverón Pupo
(Holguín, 1972)
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PASIÓN POR MI OFICIO
Heme dispuesto a revelar con el silencio de las palabras
todo cuanto de frívolo acoge mi corazón impuro
como los ojos
que han subastado más de un áspero paisaje.
Con tanta exactitud lo dibujo
que nadie rehusaría escuchar sus latidos.
También he escrito con heroicidad mis versos
en cortezas húmedas y distantes
como el abismo al que me entrego
tan sólo para disfrutar de la caída.
Admito que no me pertenece la sabiduría,
sólo presto mis manos
para que Dios escriba
cuanto considere justo y necesario.
Arístides Vega Chapú
(1962)
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Todas las
cosas que toco tienen tu nombre
Asisto a los mismos actos, nada me desespera.
Aderezo la carne, corto las verduras
y siento el dolor amordazado de la vida
que una y otra vez sacrifico.
En la tarde, bajo el sol punzante del mediodía,
le he devuelto a la tierra dos semillas oscuras.
Y he pedido a cambio con los ojos cerrados,
con las manos unidas,
como los niños cuando de noche le hablan
a los ángeles,
le he pedido un olivo.
Secretamente todas las cosas que toco
tienen tu nombre, me ha dicho.
Liudmila Quincoses
Clavelo
(Sancti Espíritus, 1975)
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Un abrigo
a propósito de un abrigo que
dejara abandonado José Martí antes de salir hacia Cuba
desde Nueva York.
en la noche de Nueva York
se pasea el hombrecito.
su aire triste, mirada de ser que camina
hacia la selva de los cielos.
imposibilidad de aguardar
o guarecerse del agua en el quicio miserable.
sonidos torvos, principio de camino que presupone fin
conversación consigo en alta voz...
trasuntos de nuestro porvenir.
lleva un sobretodo que dejará abandonado
en la antesala del viaje, en casa de un amigo.
el huésped de la lluvia no tiene que mirar con cordura
sin ambición, como lo hemos hecho nosotros.
la soledad del hombrecito se disuelve
en la niebla del anochecer,
raído por el polvo de las despedidas
como el cuerpo de un mendigo
bajo la mirada impaciente de los incrédulos.
y yo pasé sereno entre los viles.
René Coyra
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LA VOLUNTAD DE PODER:
PENÚLTIMO DISCURSO DE ZARATUSTRA
Para Ariel y Damarys
El 2000 empezó ayer.
Tras cien años de crepúsculos
artificiales y músculos
capaces de sostener
la antimateria; volver
a preguntarse ¿de dónde,
Señor, venimos? esconde
un sofisma cruel. ¿La ciencia
puede brindar, en esencia,
lo que a Dios le corresponde?
De fe y milagros exento,
este Siglo, en nada lírico,
nos demostró que lo empírico
es un frágil argumento.
Fracasó el experimento.
A pesar de un ADN
tan vapuleado, mantiene
el hombre el gen de la duda.
Pero ya ni Dios lo ayuda
a saber de dónde viene.
El Siglo pasó de largo.
Cortado de su raigambre
despertará Dios con hambre
del espantoso letargo.
Dios ha muerto por encargo.
Transcurrida una centuria
sufrimos la misma furia,
el mismo desasosiego.
Cambian las reglas, no el juego.
La eternidad nos injuria.
¿Quiénes serán perdonados?
Somos mucho más efímeros
que los inertes polímeros
torpemente reciclados
por el hombre. Sentenciados,
advertimos que se comba
sobre nosotros la tromba
del porvenir. ¿El dolor
podrá ser el zapador
que desactive la bomba?
Aferrarnos al escollo
dogmático nos pertrecha
de una plenitud estrecha.
Observar el Desarrollo
es contemplar el meollo
de la perdición. ¿Premura
conceptual? ¿Es tan oscura
la hoguera que nos abrasa?
¿Hay algo que sobrepasa
nuestra fe, nuestra amargura?
Todos los días regreso
a la humilde madriguera
donde otro siglo me espera
por defecto o por exceso.
Yo no digo que estoy preso
porque nadie me acompaña;
ni pienso que es una hazaña
morir de frío en el Polo,
o ser alpinista sólo
para vencer la montaña.
Esa criatura extraña
que nombramos Universo
siempre esconde en su reverso
una luz que nos engaña.
Nadie sabe cuánto daña
a los que quieren «saber»,
la voluntad de poder
enfrentarse con el Todo.
Algo germina en el lodo.
El 2000 empezó ayer.
Clonaciones y etiquetas.
Cosmonautas y autopistas
de la información. Conquistas
del Siglo XX. Recetas
para llenar las probetas
con un líquido infernal.
Todo es realidad virtual,
excepto esta vida parva
que nos duele y nos escarba
siempre detrás de un cristal.
Ayer comenzó el 2000
y, exceptuando a los astrónomos,
seremos menos autónomos
que en el tablero un alfil.
Todo estaba en el atril
escrito. Llegó la hora
de escuchar la bienhechora
Música. Con la batuta
en alto, Dios nos amputa
de nuestra banda sonora.
La película termina.
En la pantalla los créditos.
Entre fragmentos inéditos
un gángster nos asesina.
Concluye el filme. Culmina
una porción del azar.
El Milenio va a empezar.
Alguien inventa la rueda.
Todo pasa y todo queda;
pero lo nuestro es pasar.
enero, 2 de 2000
JOSÉ LUIS SERRANO SERRANO
(Estancia Lejos, San Felipe de Uñas, Holguín,
2.2.1971).
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Bukowsky
No tuve que dejarles mi hermoso cisne
pues no había invierno
ni lagos congelados donde mueren los cisnes.
Y es lo único que no he tenido que dejarles.
Los mismos que arrastraban sus zapatos de polvo
y echaban su distracción sobre los seres
vivientes
pidieron para sí todo lo que tenía:
gatos de mirada equidistante
haciendo equilibrios sobre las alambradas
pájaros comunes que anidaron en mis árboles.
Los vi desde el cercado:
ya no tenían ese brillo en la mirada
y morían contemplados por las miradas sin brillo
de los que hablaban de la comida y el verano
y uno me miró
para que lo pusiera a morir a salvo en mi corazón
pero fui cobarde y lo dejé allí
como tú les dejaste tu hermoso cisne
y nadie me ha vuelto a mirar con la misma necesidad.
Teresa Melo
(Santiago de Cuba, 1961)
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LAS GRANDES INTUICIONES
La arena abrasa. Humo la maravilla.
Me canso de subir escalones endebles.
El vacío por el cual el ángel se inmoló.
Hace frío en el alma. Ici chópin.
La permanencia es cero y son las vacaciones y el
petróleo.
Hay que ver la continuidad. Pan a deshoras.
Búsqueda del azúcar en la sal. La limonada.
La luz. La sombra. Alguien que no es amigo ni enemigo.
Es peor. Tarda la noche. Martes apenas y qué hacer.
La luz de Ana. La luz del aguafiestas.
La luz de la que implora su cuarteta. ¿El arte?
Qué vacío mortal. Qué sutileza.
Qué increíbles maneras de reírse.
Qué cansancio.
POEMA DE AMOR Y COMPLICIDAD
CON AGATHA CHRISTIE
para Edel y Miladis
No te anules amor no te aniquiles
deja que aquel altivo buitre haga la cena
dolores odios presumir vanidades
vista fija y alante oportunista
droga fácil y alcohol de contrabando.
No es la hora de ver si falta el dedo
si ese metal del monumento es lo importante
o la mano completa del vecino
que duele aún en medio de su historia.
Pueden tocar hoy mismo la puerta de mi casa
y detenerme este poema.
Lo incierto es lo más triste o lo contrario
palabras son y palabras se quedan
unos dicen que no que no nos creen
pero nos vamos a reír un año entero
porque Agatha Christie amor de mis amores
Sólo tú y yo sabemos lo que está pasando.
León Estrada
(Santiago de Cuba, 1962)
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ORACIÓN CONTRA LA DECADENCIA
He recostado mi cabeza sobre la irrealidad
de unas sábanas que anuncian la Caída
oculta en el doblez de los remiendos
que no podré sustituir como un verso por otro.
Pienso en el infortunio de ignorar
la senilidad que anula cualquier reino posible
mientras repaso la subrepticia demolición.
Aquí todo está bien,
salvo el horror intraducible a una línea fatal,
salvo días amarillentos como la mancha en la pared
donde comparo la geografía de una isla
con el borde raído de mis sábanas.
He querido ignorar hondos cubículos de niebla
que me acompañan a lo largo de todos mis discursos,
pero siempre termino por repasar las aniquilaciones
del Vacío,
las tiranteces del poema que no puede cubrirme.
Horas de zozobrar
sin la incertidumbre lúbrica de las monedas,
eternidades para traducir la señal que el otoño
carboniza sobre una hoja
escrita contra la veleidad.
Tales son los minutos en que apenas distingo
los influjos de seguridad que me abandonan.
Y temo reproducir los argumentos
que intuyo en solitaria decadencia
cuando sobre los hilos rotos discurre mi obsesión
como la incauta serenidad de una pregunta.
MAÑANAS DE LO ETERNO
Para Joaquín Osorio.
En el trayecto que va del rostro de mi madre
a la resaca de la noche múltiple
comienza a amanecer.
Envueltos en el delito del humo y los escorzos
en la pared de tablas
mi Padre parte el pan en tantas voces
que ignoro cuál ha de ser el fin de su ritual.
En esta casa nos hemos vuelto mudos y distantes
como ciervos que huyen.
Huir es el precio de maldecir las huellas
que concluyen en la mesa del pan.
Alguien pudiera intuir no sé qué signos
y simbólicos gestos
en esta humilde paz que nos transforma.
Alguien, sin dudas, extendería la mano
para señalar los caminos del odio
y las puertas más próximas,
pero es el vértigo que emana de lo irreal
quien contradice todo.
¿Para qué pretender algún sentido
en esta vana forma de soñarnos
ahogados en la niebla,
si al final nada nos salva de los ecos
repitiéndose en torno?
Padre, bendice el pan
como si fuera una oración contra el fracaso
y no el miserable pago de una deuda.
ÚLTIMA CENA
Yo también quise sentarme ante la mesa
como en un sitio espléndido,
cuyos muros fueran solamente división de las sombras
y no el pesado cuerpo de la muerte.
Urdí, durante lluvias, una oración para el instante
en que ningún comensal quedara fuera del convite,
arriesgué la ceniza que mi madre aventaba
como un símbolo del escaso pudor
que invadió los rincones
sin poder impedir el lacerante cerco
que derramó la Nada en los platos de sopa.
Afirmé ninguna ausencia ningún odio
podrá más que el susurro de mi padre en esta Navidad,
todo depende de la porción de indiferencia
que viertan en sus manos
o de la plenitud que propicie el recuerdo.
Años atrás mi madre sonreía
como un santo de estopa
en la hora de conciliar nuestros destinos
separados por la vajilla humeante.
Hoy el humo nos dicta mil palabras
confusas, música de las ferias que sólo yo descifro
y apresuro a calmar para que avance la cuaresma
sin tanta hiel encima.
Yo también quise sentarme ante esta mesa
sin temer al dolor del rostro de mi madre,
pero es inútil ponerme este disfraz.
Debo asistir, una y otra vez, a la ciudad
deshabitada
que borró la grandeza
de mi propia familia.
Ronel González Sánchez
(Cacocum, Holguín, 1971)
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BAJO LOS GRAVES PUENTES
para Teresa
Yo que en estos días no he tenido más sexo
que un niño Jesús escucho a lo lejos palabras
BERNORD NOËL
Tendrías que jurar aquí no pasa nada
sólo el estruendo de los días las ausencias bajo los
graves puentes
Tendrás que jurar antes de verme
pasando frente a tus ojos como un inocente
de cara triste como el traspié mayúsculo
como el peregrino buscándose en el rostro que no
encuentras
Consiento que el destino se evite me trae hasta ti se
aprovecha
se confabula el destino
yo que nada entiendo la soledad
la mancha flotando como un ahogado al centro del
estanque
yo que adivino en esas manchas algo muy parecido a un
gesto humano
algo semejante a un cuerpo transparente
que se sumerge de tiempo en tiempo
como un rostro de ave que no existe
Pero a cambio me consuelan los recuerdos
la infancia el tiovivo del patio
el gusto al café de mis abuelos
la ciudad los ruidos y el brazo de mi madre
me consuela desde mis trece años
haber visto a Yethro Tull alucinado
de pie sobre el cajón de la referencia
arrancándole más trinos a su flauta
anunciando la madrugada en que mi hermano
regresó vivo de África
Otras cosas igual de absurdas me consuelan
los viajes la muerte mi terquedad tu silueta recortada
en el humo
Tendrías que verme para decir aquí no ocurre nada
para decir eres el aliento de mis sombras
el alimento silencioso de mis fuegos
el que tantea sus designios en mi palabra
tendrías que verme y jurar bajo los graves puentes donde
no vive nadie
que nunca podré herirte con el vértigo
con las angustias de todos estos días
con tu manera de estar callada llena de tantos sitios en
el mundo
y la esperanza de nuevos barcos en las playas del alma y
la memoria
Si fueras así tendrían sentido
las fiebres el duermevela y el derrumbe
el sueño que cuidabas con mi nombre
jugándote en la carta náutica de mi cuerpo
en la patria de dos en las criaturas que nacen de tu
vientre
en el error que bebo trago a trago
Tendrías que verme para jurar aquí no ocurre nada
solo la falta de mi mano
mientras tus labios se abren en la oscuridad como dos
piedras de luz
y no pueden decir esta es la casa la isla para siempre
Yo que en estos días
bajo la sombra de los grandes puentes a donde no viene
nadie
donde no vive nadie
no he tenido más sexo que un niño Jesús
y estoy enfermo cansado de escucharte lejos.
Manzanillo, 19 de marzo de 2003
Alejandro
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La Ronda
Bajo la calavera de alabastro
tres mujeres sacuden el polvo de sus infiernos.
Cada una desconocida para sí,
cada una ajena.
Bajo la calavera de alabastro
tres mujeres sacuden sus ropas en el tablero.
Cada una olvidada antes,
Cada una etérea.
Bajo la calavera de alabastro
una mujer mira a otras dos sacudir lo que han amado.
Cada una incierta,
Cada una perdida.
Bajo la calavera de alabastro
una mujer mira a otras dos sacudir lo que han tenido.
Cada una más cercana,
cada una propia.
Bajo la calavera de alabastro
una mujer mira a otras dos sacudir lo que han soñado.
Cada una esperada siempre,
cada una pensada.
Bajo la calavera de alabastro
Una mujer leve
Una mujer pesada
Una mujer
¿Cuál de las tres más sola?
Marilin Roque
(Jagüey Grande, 1972)
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Acompañando en la muerte a un hombre viejo
A Ramón Leyva Zayas
Se duerme sin saberlo el hombre viejo y muere. Desnudo y
al calor de su intemperie, ocupa indiferente una mínima
porción de su ancha cama: Hundida al suelo, pesada y de
madera oscura como un cofre que condiciona en el suelo
reposo maternal sin movimientos. Ahora techo y paredes
recuperan todo tedio y como lápida oprimen los flancos
del que yace con una espera labrada en horas de vigilia
y sueño. Y las ventanas, furiosamente abiertas al
reclamo de la calle, desordenan fragmentos de esta tarde
que no cesa. (Tarde inaugural que califica otras tardes
y toda eternidad precede). Pañuelos sucios y moscas,
decoran un rostro que la miseria para agrietar, fundió
en pesadas tinieblas de su seno. (La pesada tiniebla que
al hombre por no asombrar, asusta). En cada esquina del
cuarto, y en cada hueso húmedo del viejo, gravita un
plazo arrancado sin disculpas a la muerte, y no resuelto
en ninguna profecía, ni en la mirada fugaz del que teme
su victoria y participa en las promesas de recuerdo que
sin pretexto otorgan, aquellos que comparten la
irrevocable soledad del muerto.
José Ramón Sánchez Leyva
(Guantánamo, 1972)
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Abril
Todo era sencillo y hermoso
como un cántico medieval,
la noche, la lluvia, tu sexo brillando en el centro de
la luna
y yo incorporando a él el desamparo de mi sexo.
Tu cuerpo no sabía que hacer con la proximidad del
invierno
y mi cuerpo se construía su más sublime soledad,
donde nacen y agonizan
las fieras terribles de la memoria.
Yo recorría mi tiempo
con una tristeza antiquísima
te imaginaba lejos de todo, hasta de ti,
traicionando a todos desde el puente,
riendo mientras los barcos se hundían en espera de una
señal,
ignorante de las premoniciones y las advertencias.
La ciudad nos ofrecía sus laberintos
como nos ofrece el pan y el día de mañana.
Nada podía contra la oscuridad que se avecinaba,
contra nuestras sombras tendidas como bestias
sobre el extraño sitio que hoy parece lejano
e innombrable.
Volvía cada cual a recorrer su tiempo,
esta vez con una rara diferencia:
yo seguía con una tristeza antiquísima
y un velero pretendiendo hinchar sus velas en mi
vientre,
tú, lejos de todo,
continuabas riendo mientras el velero se deshacía
sin mirar al horizonte.
Kenia Leyva Hidalgo
(Holguín, 1974)
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EL AMANTE DE E.B. FRENTE AL ÁRBOL
DE LAS LAMENTACIONES
sabemos que tenía un amante,
de ojos –tal vez- del color de las campana
de alguna iglesia medieval.
lo sospechábamos: acaso habíamos apostado
por uno que otro nombre:
queremos ver en otros lo que en nuestra carne lacera.
imaginábamos aquella Habana
tarde que enmudece
árbol de las lamentaciones pugnando con la tierra
que apenas se hace tocar por él,
la caricia recíproca del mar y la sordidez nuestra.
tenía un amante,
me gusta soñarlo de esa manera
verlos sentados en cualquiera de esos parques
que existen gracias al abandono que Dios debe haber
sentido
en algún momento por nuestras cosas.
hemos olvidado la fuente
sus delfines de plata
la música de la yerba dentro del agua.
un parque y un país
que suerte…
mañana tras mañana
un amor como un apuesto lazarillo.
prefiero no creer en nada a pesar que puede
no ser cierto, los veo irse
juntos, penetrando en la devastada ciudad
el círculo que forma nuestra vida con las nada.
yo pude ser su amante;
el pudo escribir todos aquellos poemas para mí.
Emilio Ballagas, de que vale ya avergonzarnos.
Glosa por un Hai-Kai de Matsuo Basho o tribulaciones
ante el adorable espejo de las aguas
Vieja laguna sentada,
parsimonia de un bajel
que pace aguas; de miel
va en el recuerdo la amada.
Ebria la cuerda, cansada,
bosteza de ajenos peces.
Ya no sabremos las nueces
del curvo pasto y la vida
será una barca perdida
de amor, como tantas veces.
Paciencia, salta una rana
decapitando el macío.
Avistado el pez, el frío
es de bronce, es la campana
que ha de aplastarnos mañana
si no alertamos el pez.
La tarde se abre al revés.
Dibujemos un sombrero
bajo el ocaso, un zarpazo
ligero al torso y después
la falsa muerte del pez
nadando entre los zargazos.
Y así va el ruido del agua
que nos arrastra. Ya muertos
vamos penetrando puertos
despojados de la enagua.
De nuevo el círculo.
El agua
reposada entre carrillos
nos espera. Los cuchillos,
tercos por la mansedumbre
del pez, aguardan. La lumbre
se nos va entre los anillos.
Monólogo
Como un ligero movimiento de péndulo,
la diferencia es mínima entre ser o no ser.
Ser o recortar el abrazo,
asumir el enigma como al roce de las
/horas o no ser.
En brecha tan falsa
un óleo del intento pudiera desplazar al
/dibujo original
pero aborta su derecho a contar otra leyenda.
Ser o renunciar al abismo
y encender una luz para salvar la caída.
Resignarse a creer que morir es dormir...
/tal vez soñar
por odiar la sentencia de amor o no ser.
¿Imitar otra voz y anular la propia?
Ser o aceptar el indulto la primera vez.
Compartir un argumento o no ser.
Reciedumbre del monólogo,
las palabras se vuelven torcedura
/Gordiana.
Alternando en el péndulo
se atropella mi sombra.
Esta es la cuestión.
René Coyra
(Banes) |