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HAY UN
ALMANAQUE DE 35
Se habla
de la trova cubana que ha tenido distintas etapas. Pero
en realidad es una sola trova que viene desde mediados
del siglo XIX, con una figura representativa: Pepe
Sánchez. Y no debe decirse en este sentido trova, sino
canción trovadoresca y lo que ha ido cambiando son las
maneras de trovar. Yo soy de los que afirmo que por la
trova han pasado todos los momentos de cambio, todos los
momentos evolutivos de lo que se ha cantado y canta en
Cuba.
Magaly
Cabrales|
La Habana
Fotos:
Jorge Villa
Justo
por estos días el Movimiento de la Nueva Trova está
conmemorando el aniversario 35 de su fundación. Entre
las celebraciones más importantes se encuentra la que
tuvo lugar en el Instituto Superior
de Arte el pasado siete de octubre, donde en el acto de
inauguración del curso 2003-2004 se le hizo entrega del
Diploma al Mérito Artístico a 31 fundadores de la Nueva
Trova. Entre ellos no podía faltar Noel Nicola, quien
precisamente ese día celebraba su 57 cumpleaños.
Por tal
motivo, las páginas de La Jiribilla se abren
doblemente para Noel. Primero, para felicitarlo por su
onomástico augurándole todavía muchos más éxitos de los
que ya ha conquistado y, segundo, para que nos hable
acerca del Movimiento de la Nueva Trova, en su doble
condición de cantante y compositor de más de 300
canciones.
Noel,
hace 35 años que formas parte del Movimiento de la Nueva
Trova, pero mucho antes de integrarte a él ya te hacías
acompañar de una guitarra. Aunque no pueda decirse
literalmente que naciste con ella debajo del brazo. ¿O
sí?, teniendo en cuenta el legado ancestral.
Ciertamente, como tú afirmas, no traje conmigo una
guitarra cuando vine al mundo. Sin embargo, puedo
asegurarte que a diferencia de otras personas
escuchaba ese instrumento desde que estaba en el vientre
de mi madre, pues ya desde entonces mi padre, que fue
ese señor catedrático fundador de la llamada Escuela
cubana de
guitarra, tocaba para mí melodías enternecedoras. Ya
incorporado al mundo, continué escuchándola y quizás sea
esa la razón por la que no sentía la menor inclinación
hacia la guitarra cuando era un niño. Decidí no
estudiarla y no lo hice nunca, pero de todos modos los
Reyes Magos, personificados en mi padre, me dejaron una
guitarra chiquitica cuando yo tenía siete años. Con
ella, más bien por obligación que por voluntad propia,
aprendí a tocar cuatro o cinco acordes. Me los enseñó
mi padre y también a tocar una ranchera, el corrido
mexicano «Allá en el Rancho Grande». Poco después me
enseñó un bolero de Agustín Lara, «Solamente una vez».
Pero realmente no me apasionaba la guitarra y me
desentendí de ella. Por aquellos años mis oídos eran
mucho más receptivos a otros tipos de música que estaban
de moda en aquel momento, como por ejemplo el rock and
roll. Ya en etapa de la adolescencia fui cambiando de
parecer con respecto a la guitarra: comencé a sacar de
oído, con los pocos acordes que conocía de ella, piezas
de rock and roll. A los 14 ó 15 años aproximadamente ya
me sentía todo un maestro y comencé a componer mis
primeras canciones. Algunas de ellas fueron hechas a
cuatro manos, pues las creaba con ayuda de un amigo.
Eran una especie de calipso, de baladas que también
gozaban de popularidad. Después hice unas canciones al
estilo de los maestros del filing. Pero no eran
un filing puro y decidí retomar las baladas.
En esa
mezcla de estilos musicales anduve hasta mediados de los
años 60 en que comencé a componer unas canciones, que
aunque no eran menos raras que las anteriores ya estaban
mucho más definidas. Trataban temas sobre la Revolución
cubana, sobre la guerra en Vietnam. La rareza de estas
canciones no estaba en la letra, sino más bien en la
música que yo les ponía, la cual tomaba de cualquier
parte, o de cualquier intérprete ya fuera cubano o
extranjero. Así andaba dando tumbos de uno a otro estilo
musical. Sin embargo, sí había definido algo muy
importante: quería ser cantante y también compositor y
no ingeniero como había pensado en los primeros años de
mi vida, ni tampoco etnólogo como pretendía ser en
aquellos momentos. En ello ejercieron gran influencia
Haydée y Adita Santamaría, quienes me apoyaron en mi
decisión por la música, haciéndome comprender que era lo
que podía lograr de forma más inmediata gracias a mis
modestas dotes como trovador y los conocimientos que
poseía de música, mientras que a la Etnología llegaría a
un plazo mucho más largo.
Así que
me quedé con la música y comencé a estudiarla seriamente
cuando pasé a formar parte del Grupo de Experimentación
Sonora del ICAIC. En la fundación de este grupo, como en
la del Movimiento de la Nueva Trova, creado algunos años
después, tuvo mucho que ver Haydée Santamaría. Eso se ha
dicho muchas veces, pero creo necesario reiterarlo. Fue
ella quien nos alentó desde el principio, quien nos
ofreció amparo y cobija en la institución que presidía:
la Casa de las Américas. Fue ella también quien buscó
una vía para encauzar aquel grupo de muchachos que
cantaban y tocaban guitarra, quien nos ayudó a encontrar
una filiación. Muchos ni la escuchaban, otros, en
cambio, le ofrecieron apoyo. Entre estos últimos se
encuentra Alfredo Guevara, presidente del Instituto
Cubano de Artes e Industrias Cinematográficos (ICAIC) en
quien también encontramos una gran ayuda. Aunque ni en
el caso de ellos ni en el de otros que se pusieron de
nuestro lado, encontramos jamás la menor complacencia.
Nos ayudaron sí y mucho, pero siempre con rigor, con
exigencia.
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Se ha
hablado con bastante reiteración acerca de los
desaciertos que tuvo la Nueva Trova en sus comienzos. ¿A
qué podrían achacarse esos tropiezos iniciales?
Hay que
empezar reconociendo que surgimos en un momento en que
se estaba conformando la política cultural de nuestra
Revolución. Fue ese período entre 1967 a 1972 que los
literatos llamaron el quinquenio gris. Para nosotros, en
cambio, fue el quinquenio de la luz porque con nuestra
música contribuimos indiscutiblemente a esa
configuración de lo que iba ser la política cultural de
este país una vez alcanzado el triunfo revolucionario.
Por eso nos miraban con ciertas ojerizas algunos
funcionarios y también muchos artistas porque pensaron
que constituíamos una amenaza para los valores
establecidos. También éramos muy mal vistos por los
medios de difusión. Por todos, especialmente por la
televisión. En ella apenas nos programaban y ello se
debía en buena medida a nuestra forma de vestir. Yo, por
ejemplo, las escasas veces que salí por la televisión en
esos primeros y difíciles años, o cantaba en un teatro,
me presentaba con lo mejorcito que tenía. No tenía otra
ropa, pero aun teniéndola hubiera resultado ridículo
usar un traje de lentejuelas, porque además de que no
tenía nada que ver con lo que yo estaba cantando, fue
siempre una línea nuestra vestirnos como el trabajador o
el estudiante o como el jubilado mejor vestido que
presenciaba nuestras actuaciones. Lo importante era que
prevaleciera nuestra voz, nuestras canciones y no
acaparar la atención de quienes nos observaban y
aplaudían con un traje más o menos costoso; más o menos
adornado. Por otro lado, lo nuevo tiene necesariamente
que bregar y demostrar sus valores para imponerse. Tiene
que abrir muchas puertas. Nuestro Movimiento era muy
nuevo y muy revolucionario en esencia. Pero de todos
modos, con todos esos tropiezos, con toda esa poca
aceptación por parte de unos pocos, el pueblo, o sea la
mayoría nos recibió con beneplácito. También nos
acogieron los viejos trovadores y nos dieron una
herencia haciéndonos todavía más cubanos. Eso era
suficiente para sentirnos satisfechos. A eso aspirábamos
y lo conseguimos desde nuestras primeras presentaciones
públicas.
Cuando
se trata de ustedes, de aquel grupo de muchachos un
tanto desorientados de los años sesenta se les
identifica como Nueva Trova, mientras que a quienes los
precedieron se les reconoce como Trova Tradicional.
¿Acaso son dos trovas o una solamente desde Pepe
Sánchez, Matamoros, Compay Segundo hasta nuestros días?
Se habla
de la trova cubana que ha tenido distintas etapas. Pero
en realidad es una sola trova que viene desde mediados
del siglo XIX, con una figura representativa: Pepe
Sánchez. Y no debe decirse en este sentido trova, sino
canción trovadoresca y lo que ha ido cambiando son las
maneras de trovar. Yo soy de los que afirmo que por la
trova han pasado todos los momentos de cambio, todos los
momentos evolutivos de lo que se ha cantado y canta en
Cuba.
En su
intervención del día siete de octubre en el ISA, Silvio
decía: «que nuestras canciones lucieran sin la más
mínima vergüenza entre las otras artes…» ¿Consideras que
esta aspiración se ha conseguido realmente?
A menos
que la gente nos mienta cuando nos escucha, cuando nos
aplaude, cuando nos reconoce, que es esa su manera de
expresar que si lo hemos logrado. Y eliminando cualquier
vanidad yo también pienso que sí. Pero no fue una
propuesta a priori. Nos fuimos enfrentando a
nuestra propia creación en la medida en que la vida nos
fue demostrando que había que tener un rigor ante lo que
hacíamos para respetarnos y darnos a respetar. Como
mismo hay que respetar a Sindo Garay, a José Antonio
Méndez. Ellos no hicieron arte menor cuando se
enfrentaron a la canción. Nosotros tampoco.
¿Podrías
ser calificado como un trovador popular?
La
música que yo hago es de raíz popular y además es
intuitiva. Yo no compongo canciones clásicas. Cuando me
siento a crear algo lo hago intuitivamente y me sale el
cubano aunque no lo quiera. Eso sí lo hago con rigor,
con exigencia. Y puede que en eso esté también mi
popularidad.
En lo
personal, ¿qué representa el Diploma al Mérito
Artístico?
Sentí
una alegría muy grande, aunque estaba muy nervioso
porque no estoy acostumbrado a los homenajes. Mientras
Fidel me lo entregaba, me dijo algo que yo considero muy
lindo y que recordaré siempre: «hace mucho tiempo que
sigo tu trabajo y creo que te mereces mucho este
reconocimiento». Quise agradecerle sus palabras de
alguna manera. Pero solo me salió un gesto
indescriptible con el que pretendí expresarle que yo no
creía haberme ganado nada. Ahora, más calmado, también
lo considero así, porque nosotros, los que recibimos el
Diploma en el ISA y los que lo recibirán después y
también los que ya no están, nos preocupábamos más por
hacer nuestra música que por cualquier otra cosa.
Nuestra razón de ser era componer canciones y cantarlas
fuera donde fuera. Con dos personas o con doscientas.
Estábamos desdeñados de los medios de difusión y eso
tampoco nos preocupaba. Pensábamos en nosotros, en
nuestra música y no en un reconocimiento en el futuro.
Sin
embargo, Noel Nicola y junto a él todos los fundadores
del Movimiento de la Nueva Trova son merecedores, por
sobradas razones y con creces, no solo del Diploma al
Mérito Artístico, sino también del reconocimiento más
justo e imperecedero: el de todo el pueblo cubano y los
del mundo entero, que han vibrado con sus poesías
convertidas en canciones por más de tres décadas.
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