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... Y CANTAN EN LLANO
 
La magia de hacer un disco se me desnudaba, sorpresa a sorpresa, como la más alucinante mujer. Los temas, que en un inicio tenían solo las bases, iban cobrando cuerpo. Era una fiesta incesantemente creativa, en la que se discutía el concepto de cada pieza. De aquí sale un nuevo Martí, con el mayor respeto para el Maestro: universal, como era él, y cubanísimo como era él; visto hoy como lo que es: un astro, por las calles.


Abel Varela | La Habana


Estoy en el ruedo —como el torero frente al animal picado que bufea—: ante un micrófono, sobre el tabloncillo del estudio grande de la EGREM, con unos audífonos puestos. Escucho un preludio de violines, violas, violonchelos y contrabajos. Del otro lado del cristal, en la cabina, un grupo de músicos mira expectante: ahora todo depende de mí y siento vértigo. ¿Cómo meto yo mi torpe voz de trovador callejero en ese torrente que devanea como un lamento colosal? Tengo que irle para arriba a lo que suena a un amanecer primaveral visto desde 20 mil pies de altura: ¿qué hago yo aquí?   

Todo se desató aquella noche en que divagaba perdido y fui a dar a La Gaveta. Iba marchito había dejado una vida entre cuentos— y, en una velada inolvidable con la gente de El Caimán Barbudo, escuché música de verdad, en un proceso que me trajo el alma nuevamente al cuerpo o, para ser preciso, me puso alma nueva. Fue hallazgo de caminos que se cruzan en los siglos y en los más apartados parajes, como ríos que fuesen a desembocar todos en mí, en lo que soy, en lo que somos. Con aquella sacudida retorné silbando nuevamente hacia el alba. Debía estar agotado pero no cabía en mí; únicamente la guitarra me sedaba. Con la primavera vuelve el verso alado... retumbaba en mi mente, desde la ronca voz de Bladimir, como un eco incesante. Jugando con un sol mayor, arpegiando una letanía, mi voz se deslizó por aquel texto intentando rozar un instante de un José Julián íntimo, un ser humano que había encontrado en unos versos su más ignoto y desgarrado concepto de la creación. Unos días después me llamaron de la Asociación Hermanos Saíz: suponían que tendría algo musicalizado del Maestro y se iba a hacer un disco.

Hilda, tecladista del grupo Pasos perdidos —en calidad de productora por la Asociación—, me adentró en la aventura a la mañana siguiente. En la recepción, esperando a que me hicieran el pase, quedé prendido a la galería de fotos de los que han grabado allí: todas las épocas y músicas imaginables tras aquellos rostros: Jorrín, Emiliano Salvador, Sindo, el Benny, Silvio y Adalberto abrazados, Leo Brower, José Antonio Méndez, Arsenio Rodríguez, Chucho Valdés, Lecuona, el Bola, las D’ Aida, Pablito, la Aragón... más de cien. Todo confluye aquí, como un capítulo orgánico de aquella noche. Si se pudiera armar la sinfonía imposible con todos esos músicos se vería desde ella, en toda su dimensión, la Patria.

Cuando entramos al estudio nos miraron —como sin vernos— y siguieron en lo suyo. Un mulato marcaba el compás, chasqueando sus dedos, a una joven clarinetista que estaba del lado de allá del cristal: «Un, dos, tres...y... Ahí....París, París (abre los brazos como valseando) ahora.....viene... aguanta, aguanta. Cuida la afinación en la salida. De nuevo... ¡vamos de arriba!... Un, dos, tres y... sigue, sigue.... viene el puente... dale para el Ronnie Scott, duro... eso, eso, nos vamos para Venezuela...3 y... joropo (con sus manazas parece estar tocando un charango o requinto imaginario, luego frasea).... para para pan pan pan... (da una palmada final) ¡Camarones en su salsa!... Ven a escuchar.» Realmente un poco dadaísta ese sistema de dirección, pero parece que funciona porque la instrumentista se ha «colado» en la música ya grabada, como anillo al dedo.

Al fin somos visibles. El mulato casi grita: «Hildita» pero se contiene al notar mi presencia.  Mira, para que conozcas a la tribu: José Raúl... (arqueando las cejas, con voz de spot publicitario) La Crema... Varona, un grabador excelente y el flaco, Alejandro, el esclavo.» Todo parece asumirlo como una «jodedera»; yo me esperaba realmente algo un poco más serio, pero así le va mejor a mi timidez. Su risa inspira confianza y su cara la he visto en otra parte. Pero ¿y su nombre?: «Emilio Vega para servirle». ¡Claro! Emilio Vega: un musicazo; de aquella etapa expansiva del grupo Moncada: del piquete de Gonzalito Rubalcava, Afrocuba; arreglista y productor de infinidad de discos. Pero su cara.... esa expresión... la conozco más de cerca. Le habré visto alguna que otra vez tocando en escena pero no creo haberlo observado como para reconocer su mirada. Además, antes no se rapaba y lo que me resulta familiar es su rostro. En eso llaman por el intercomunicador: «Hilda, teléfono». ¿La recepción?... Ahí está la cosa: ¡las fotos!... ¡Pedro Vega!... Igualito: no hay dudas. No obstante, le pregunto y él confirma: «El puretango; un compositor ya tú sabes…» (Y entona una de sus piezas más entrañablemente conocidas):

Hoy como ayer
yo te sigo queriendo, mi bien,
con la misma pasión que sintió mi corazón
cuando te vi junto al mar.
      

Todo confluye aquí como un capítulo orgánico de aquella noche. Emilio esboza orgulloso un par de anécdotas del gran Benny y su padre; pero por arribita: está en otra cuerda. Acaba de aparecer un nuevo personaje en el estudio: saluda y entra bombos y platillos. Como apurado, monta la batería. Paradojas: esta vez la cara no me es conocida, pero lo he visto muchísimas veces; claro que hace tiempo no estaba en escena: nada más y nada menos que Frank Bejerano, el drums del legendario Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, del grupo de Pablo Milanés, de los discos de Silvio: Días y flores, Tríptico, ¡para qué! Cuando aquello, era un barbudo y, desde la luneta o en pantalla, parecía más grueso; por otra parte: han pasado más de diez años.

Al rato llega un muchachito espigado y muy joven. «El gran Tito», vocea Emilio y lo abraza: «Aquí tienes a tu arreglista». Mi impresión es muy buena, parece serio. Cierto que no debe tener más de 25 ó 26 años, pero un músico como Emilio no sumaría a un disco como este a alguien tan joven si no tiene un gran talento. Su nombre: Gabriel «Tito» Gómez. Todo sigue confluyendo aquí como un capítulo de aquella noche; no solo porque le digan Tito Gómez, sino porque un par de días después se aparecería con un arreglo a mi tema que me dejaría sin aire. Una vez más, constato que en esta Isla uno le da una patada a una piedra y sale un gran músico. Si tuviéramos la infraestructura discográfica y de promoción —soñaría, casi en lamento, Aymara— para soltar al exterior todo lo que hay: ...a correr, mundo: ¡abre que voy, cuidao con los callos! —remataría Bladimir.

Tito va hacia el piano en lo que montan los micrófonos y repasa, como para sí mismo, algo que me resulta familiar: «Estoy dándole vueltas a tu tema: una sección de cuerdas introduce, después entras con tu guitarra y cierran las cuerdas».   

Empiezo a temer y le explico que yo no sé leer música: invento con la guitarra lo que se me ocurre, pero reconozco solo algunos acordes... y de milagro. «No te preocupes que esto va a salir muy bien».

Bejerano comienza a ensayar. Se quedó una partitura en su casa y va a grabar con tres o cuatro ideas que le marca Tito en una hoja. Entra Hilda: «Caballero, llegó la comida».

Emilio sonríe y suelta otro absurdo: «¿Gerardo Alfonso?» Ella asiente con la cabeza y él palmea y hace con los brazos una T como los árbitros: «Tiempo. Llegaron las sábanas blancas. Hay Gerardo.» En la jerga del estudio, aquello se traducía como: unos «bisteces empanizados», que rebosaban los platos (colgadas en los balcones): ...de ahí lo de las sábanas.  

Almorzando conocí a quien tenía a su cargo buena parte de los arreglos: Sardiñas, otro que ha tocado guitarras hasta con el más pinto de la paloma y hace voces en cualquier registro (tantas como Armando Calderón). Deja su comida por la llegada de Leo García, trovador santaclareño. Cuando entro, están escuchando el arreglo de su canción: fino y penetrante, inclasificable; cierto aire guajiro pero muy íntimo, a base de cuerdas, con un lirismo que la interpretación de Leo —honda y sencilla—, enfatizaría una hora después.

A la tarde siguiente me recibió nuestro Tito Gómez ante su teclado: fue montando instrumentos de cuerdas sintetizados para darme una idea. No era tanta mi inexperiencia como para dejar de sentir un estremecimiento imaginando hasta dónde llegaba aquello: «a eso no le hace falta guitarra alguna: es una pieza breve, de atmósfera, y ahí la tienes» fue lo único que le dije. Él, un poco amarrado aún —le daba pena seguramente excluir mi guitarra—, me dijo que lo pensaría y que en el próximo turno vendrían las muchachas de la Sinfónica Nacional a grabar. Luego apareció Dieguito Gutiérrez, trovador de Santa Clara, retomando el poema «Abril» —muy distinto, pero igualmente tierno al que musicalizara Amaury Pérez. Más tarde Heidi Igualada, con cálida elegancia y muy precisa. Necesitó una sola toma, y un pequeño arreglito, para entregarnos un danzón impecable con arreglo de Sardiñas.  

Aquello, de una aventura, se me iba convirtiendo en un curso emergente de cultura (ya que restringirlo al ámbito musical sería un reduccionismo ¿o no? ¿Qué no cabe dentro de la música cubana?). La magia de hacer un disco se me desnudaba, sorpresa a sorpresa, como la más alucinante mujer. Los temas, que en un inicio tenían solo las bases, iban cobrando cuerpo en la medida en que Emilio ponía un vibráfono que había que decirle usted o un bongó, o un güiro o unas claves; Frank Rubio, un bajo; el mismísimo Pancho Amat su portentoso tres o «El Chino Verdecia» cambiaba de un tipo de guitarra a otra, con uña, con dedal. Era una fiesta incesantemente creativa, en la que se discutía el concepto de cada pieza. Las partituras eran solo un punto de apoyo: sobre ellas —en el escucha y requeteescucha—, surgía la propuesta de un yembé, un bandoneón, un cajón, un chekeré. Iba creciendo cada tema y Emilio sobrevolando su sueño inicial:

«A mí con este disco... (una pausa para un énfasis en perfecta armonía con Los Sitios o Los Hoyos) ¡Me ronca! Esta mecánica está durísima. De aquí sale un nuevo Martí, con el mayor respeto para el Maestro: universal, como era él, y cubanísimo como era él; visto hoy como lo que es: un astro, por las calles. Cuando la gente oiga esto va a correr: aquí hay de todo: el Bravo, la Patagonia, el Misissipi y el copón divino. La Torre Eiffel, la neblina de Londres y Cuba hasta por los poros: en colores y cinemascope. Esto va a ser pan caliente, y con música de verdad; ná de cuento: Scola Cantorum Coralina, Sinfónica Nacional... Mozart con Chano Pozo...

«Sí: todo aquí confluye como una prolongación de aquella noche, como una extensión del centro gravitacional del universo de la gente de El Caimán Barbudo. Emilio sabía muy bien su reto, y no era otro que demostrar(se) que se podía hacer un buen disco sin vender el alma, y robarse al público. Lo decía en su jerga, en ese lenguaje ‘ambientoso’ adoptado para divertirnos —porque ya es hora de que diga, que El Vega (como se autodenomina cuando emplea el tono publicitario) traduce perfectamente esa poética ‘cubanística guaposa’ a un discurso teórico en el más académico castellano, cuando la ocasión lo requiere. Como la tarde en que apareció nuestro hermano santiaguero Palomino, cazador de razones. Fuimos escuchando algunas de las grabaciones: unas más adelantadas y otras de las que solo estaban las bases. Emilio pasaba revista: 

«Mira: una guajira muy novedosa. Hay que esperar porque venga Yamira Díaz de Pinar del Río para que la cante. Ella entre nos tiene voz de arpa. El tema de Fernando Bécquer: un depurado trío de jazz (con una honda porteña pero filtrada a la francesa), suelto, relajado. El son, del monte, macho, de Yosvany Bernal.  El tema de Sosa no de Mercedes, sino de Eduardo (aunque tiene mucho que ver con ‘La Negra’ por el chorro de voz que tiene y por estar orquestado con un sentido suramericano ‘con moña’). Y así el de Silvio Alejandro, Samuel Águila, Ariel Díaz, Pavel Poveda: cada uno con sus peculiaridades, con sus estilos; cada cual con una ‘moña’ diferente. Para rematar, dos escándalos: Habana Flamenca con el dúo Karma; una españolada hasta con taconeo y ‘La Guantanamera’, de Diego Cano, el explosivo, con una especie de pop rock, o timba dura: lleva sección de metales, coros, cinco guitarras, yembé... (realmente fuerte). El disco es un abanico. Cada trovador con su swing y, a pesar de tan diversas sonoridades, con un aire orgánico que teje el conjunto más allá de la unidad de pensamiento y sentimientos, que da la poesía de Martí.    

«Compay, esto va a ser un escándalo apunta Palomino (no tanto por lo que le cuenta Emilio, que al fin y al cabo es el padre de la criatura, sino por lo que va escuchando).

«Le estamos poniendo con todo. Tú me conoces, trabajamos juntos los discos de Postrova. Desde que me expusieron este proyecto y lo asumí, sabía que era un gran reto. Tú sabes que hay gente que mira de lado a los trovadores jóvenes: cuando se diga que viene con ellos un disco de Martí, siempre va a aparecer el que piense en algo cañoneado, musicalmente flojo, y quiero que tú sepas que son musicalizaciones muy auténticas. No es la música puesta a los versos para que suenen: hay un estudio serio de los poemas y un canto sacado de adentro, que va a proponer —en muchos casos— una nueva mirada sobre José Martí. La juventud los va a seguir.   

«Los arreglos, ciertamente, están para colarse dondequiera. De lo que he oído, hay cosas muy serias en cuanto a propuesta renovadora; con una fusión de géneros muchas de ellas: van a dar de qué hablar. Otras, más puras en su concepción pero nada convencional. Hay que ver cómo la promoción trata luego al disco; no me preocupa tanto la crítica como la promoción: para que se sepa que existe.

«Tú sabes que en eso estamos flojos, pero yo espero un revuelo. Va a haber ruido porque va a sorprender: es profundo, fresco y, sobre todo: atrevido. Y estamos fíjate a un cuarenta por ciento de lo que va a ser. Deja que yo termine esto. Los textos están garantizados, las musicalizaciones son coherentes con las letras: fluyen, los arreglos están a full, buenas voces, y hay interpretaciones... cuidado. Existe mucho mito ‘fulestre’: que si los muchachos no cantan bien, que si desafinan... Es cierto que los trovadores no suelen ser cantantes de escuela, pero nos ha ido de maravillas; faltan unos cuantos todavía pero te aseguro que hay cosas muy bien cantadas y sorpresas. Yo no sé en el mundo porque tú sabes que el mercado coloca cualquier basura si hay billete de por medio pero aquí, en el terruño, será un suceso; además, porque don Pepe se lo merece.»

Si sabría yo lo de sorpresas... Al día siguiente entraban cuatro muchachas al set de grabación para mi tema. Durante mucho tiempo había soñado con alguien haciendo una versión de una canción mía y ahora, de pronto, un arreglo de cuerdas interpretado por músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional: Jeanette Infasón, primer violín; Iresis García, segundo violín; en la viola nada menos que Marta Salgado y Elis Regina Ramos en el chelo. Luego se sumaría Frank Rubio en el bajo. Un lujo que todavía no podía creer; pero estaban allí, frente a Tito que alzaba la batuta, luego de examinar, con cada instrumentista, la partitura. De entrada me llamó la atención cierta confusión. Le preguntaban mucho, con una mezcla de dudas y asombro. Emilio, notando mi desconcierto me susurró, como quien no quiere las cosas: «Tito está en lo suyo, es graduado precisamente de Dirección Orquestal del Instituto Superior de Arte». Sin embargo, en la expresión le noté cierta impaciencia. El único visible y serenamente seguro era Tito, erguido en su estrado, con seriedad enfatizada: «Bien. Vamos a repasar el tema: Un, dos. Un, dos, tres y...»

Cuando aquello se desató, sentí pánico como ante un hijo que se escapa de las manos y empieza a vivir por sí mismo. Era mi melodía, pero pasada por otro espíritu que le daba una nueva espesura. Aquello sonaba inmenso. No era mi impresión de novato. Todos quedaron estupefactos con aquello: «Tito se la comió», era la frase que se respiraba en la cabina.

Cuando terminaron de montar cuatro veces la grabación —una sobre otra, para multiplicar los instrumentos—, le pedí a José Raúl que me copiara «aquello» en un casete: tenía que estudiarlo para desentrañarle su misterio y replantearme conceptualmente la interpretación —más que para buscar la voz que me haría falta (mucha). 

Estaban presentes el mismo motivo que había dado con mi guitarra y la melodía; pero ahora el poema de Martí se proyectaba en otra atmósfera. A guitarra y en mi lectura, el discurso era, en esencia: llega la primavera (la del amor que —pese a mi voluntad— me roba), estalla la vida y vuelve a mí la poesía hasta que nuevamente me apague, o muera: así de sencilla es la existencia: ¿qué soy al final? ¿para qué la tonta vanidad?

Tito hizo la misma interpretación pero desde Dios (o como recibiendo el influjo del José Martí ya redimensionado por la historia; no desde el creador simple al que yo había acudido). Ahora, con el volumen que dan esas cuerdas (a un tempo más lento), el discurso se convertía en: llega la primavera, una primavera boreal, y el amor —pese a la voluntad humana— exige que nos entreguemos plenamente: como parte de un todo infinito; así, partícula enamorada, creamos hasta que nos extinguimos como una chispa de la eternidad.

Hay dos poemas con los mismos versos: el de mi guitarra es un suceso en primera persona del singular; el que ha encontrado Tito, está en primera persona del plural: un simple giro que convierte una reflexión íntima en todo un tratado filosófico de estatura galáctica. Por supuesto que ahora mi voz tendría que expandirse; y, la palabra que soltaba como un susurro, ahora tendría que brotar a pecho limpio o rajarse y extenderse gravitando. Casi nada.

El clímax de ese disco sería bien tarde en la noche, tras una maratónica sesión de mucho ajetreo. Habana Flamenca había estado horas entre cajones, guitarras y el taconeo que exigía depurar el sonido para que diera tablao. Con la atenuante de disfrutar estética y sensualmente de una bailarina «española» despojada del ropaje gallego, en «shorcito» y camiseta. Por suerte, El Crema Varona es un mago. Luego se «despejó» aquello. Sardiñas ya andaba planificando la jornada siguiente, estabamos a punto de partir; y en eso llegó el doctor  Sosa: «Dime compay. Vengo a ponerla dura. »  

Hasta ese momento todo parecía un juego creativo, una mecánica divertida, que daría un buen disco gracias a ¾como suele ser dicho en el mercado discográfico¾ las habilidades de músicos competentes. En ese preciso instante, sentí que Emilio le daba un punto de giro a lo que hacía y me develaría el trasfondo dramático: la prueba de que no estaba asumiendo un trabajo más y que, detrás del entusiasmo contagiante, estaba el creador debatiéndose entre la duda y la esperanza de todo el que aspira a tocar las nubes (o, a los seres humanos, desde un concepto de arte osado). Se quedó pensativo, reposado en su taburete, con las manos detrás de la nuca, como respirando la atmósfera para que el olfato le dijera si era el momento. Se echó hacia adelante, dio un resoplido, una fuerte palmada y: «¡Vamos a meterle! »

Como ante una alarma de combate, todos salieron corriendo: Alejandro colocó nuevamente el micrófono y los paneles acústicos (ya había recogido los bates), El Crema montó la cinta y Sosa entró al set pidiendo una silla: «Voy a ponerla sentado; por vez primera, quiero hacerlo como cuando tengo la guitarra entre las piernas».

Se dio un trago y pidió repasar tres veces para ir calentando la voz : «Vamos, esta es la que vale».

Vierte, corazón tu pena
Donde no se llegue a ver.
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.

Aquella confesión brotaba como una brisa con acento de mar, como un amigo que nos tira el brazo por el hombro invitándonos a la dicha de entregarnos abiertamente, en la más plena pureza. El silencio en la cabina se ensanchaba. Sólo las miradas, intercambiadas fugazmente, hablaban de una cofradía espiritual.

Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.

Ahora arrullaba dialogando con el verso sujeto. Empezaba a flotar un tremendismo como de padre que mece a la única huella que dejará sobre la tierra. La música pasaba a un segundo aire, como una ola que abandona su niñez. El bombo marcaba un nuevo peldaño hacia la intensidad.

Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.

Como en la socorrida secuencia del cine hollywoodense, nos fuimos parando todos —hasta el propio grabador—, y acercándonos a Emilio como para apoyarlo, para reafirmarle: «estamos contigo», mientras él estiraba los brazos hacia sus lados pidiendo desde el gesto que no se moviera nadie.

Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.

Sosa saltaba en su silla, sacaba ahora un torrente de voz que se elevaba endemoniado: desgarramiento puro, como poseído por el sufrimiento del Poeta. Si había algún fallo, se podía perfectamente parar y empezar de arriba o editar; pero había un pavor generalizado ante la posibilidad de que la voz se quebrara, surgiera un ruido o se le escapara una palabra; un misterio sin lógica aparente nos situaba al borde de un abismo: como si fuese imprescindible que aquel joven cerrara ese tema abofeteando todo imposible, como si fuese de vida o muerte un remate ciclónico; como si se librara en su voz un combate total contra las tinieblas del arte, de la historia, de la vida. Vino el respiro de un fraseo y la arremetida final donde la utopía que habíamos puesto en el disco entraba al sendero de otra más abarcadora: la de todos los pobres de esta tierra: 

¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!

Hubo aplausos y abrazos. Sardiñas, a mi lado, se llevó las manos a la cabeza y sintetizó: «¡Coñó!» Yo tuve un nudo en la garganta hasta que abracé a Sosa: «¡Así se canta, cojones!» Emilio, se había apartado hacia un rincón: aquel mulato «ambientoso», alto y fuerte como una muralla, había sacado su pañuelo y no quería que lo vieran secándose el rostro. Pero era el padre de la criatura y se vio sorprendido por todos; él, que no hacía concesiones ante nada ni nadie, se vio obligado a hacerla ante su machismo. No obstante trató de suavizar: «Este cabrón me ha hecho llorar».

Bajo los influjos de ese impacto, Tito tuvo un arranque disparatado al que sólo obedecí por el respeto que a esas alturas ya me inspiraba: «José Raúl, monta el tema. Y, virándose hacia mí: «Entra y ponte los audífonos».

Estoy en el ruedo —como el torero frente al animal picado que bufea—: ante un micrófono, sobre el tabloncillo del estudio grande de la EGREM, con unos audífonos puestos. Escucho un preludio de violines, violas, violonchelos y contrabajos. Del otro lado del cristal, en la cabina, un grupo de músicos mira expectante: ahora todo depende de mí y siento vértigo. ¿Cómo meto yo mi torpe voz de trovador callejero en ese torrente que devanea como un lamento colosal? Tengo que irle para arriba a lo que suena a un amanecer primaveral visto desde 20 mil pies de altura: ¿qué hago yo aquí?   

Se acerca la ola musical, se desliza sostenida... llega la microfracción de impás donde debo entrar... titubeo...

«¡Relax! Aquí no hay miedo. Concéntrate; piensa en el Maestro; que eso es para él, para nosotros, para lo que estamos proponiendo. »

Es la voz de otro Emilio, firme y dulce, dando ánimos con sentido de trascendencia; como si el mundo dependiera de aquellos instantes.

«Respira profundo, disfruta como si estuvieras flotando en esa primavera; fíjate en mis manos».  Me indica Tito y comienza la música... Pasan los primeros compases y se corta. Siento una bulla y... saludando con las manos: El Gordo, el mismísimo Bladimir Zamora. Se acerca al micrófono y me dice: «Ya tú ves, luego tú dices que no crees.  Cómo se explica que caiga aquí en el momento exacto. Aché pa’ti. »

Rueda nuevamente el preludio. Con él avanzan ahora los fantasmas de aquella noche desde la cual todo «confluye» como un capítulo orgánico: siento como si el coro imposible de la música cubana me empujara, ya no me acuerdo de mí mismo, se abalanza la ola de cuerdas sostenida y siento la ansiedad de cortarla en el punto preciso, mínimo, por el cual penetrar en la espesura humana para nombrar cada detalle de lo que nos circunda en el espacio y el tiempo. Tengo la sensación de que me voy hacia algún remoto lugar; antes de cerrar los ojos veo a Emilio que lleva el dedo índice a la sien, dándose unos toquecitos y palmea en el hombro a Sosa, como señalándomelo; luego, la voz de Tito, que a punto del breve impasse musical, da la orden de partida hacia un mundo ignoto y amado hasta el colmo: un, dos, tres, y.....

Con la primavera vuelve el verso alado...

Fragmento de uno de los textos del libro El Diablo Ilustrado II, en proceso de edición por la Casa Editora Abril.
 

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