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EL
TAMAÑO DE LA REVOLUCIÓN
Carlo
Frabetti|
Madrid
Debo reconocer que cuando, en mi juventud, visité
algunos países de la Europa del Este, me llevé una
amarga decepción. Junto a logros innegables y muy
importantes, percibí un generalizado desánimo, un
excesivo silencio, una difusa tristeza social. Tuve que
admitir ante mí mismo que, tal vez por comodidad o
cobardía (es decir, en función de unos privilegios
personales a los que me resistía a renunciar), prefería
vivir en la seudodemocrática Italia o en la España
tardofranquista.
Se ha hablado mucho de las causas del fracaso del
socialismo soviético: la elitización de la nomenclatura,
la hipertrofia de la burocracia, la ineficiente
planificación económica... Y, sin duda, son estas (sin
olvidar el implacable acoso del imperialismo
estadounidense y del mundo capitalista en general) las
causas últimas del desmoronamiento del llamado
«socialismo real». Pero cabría señalar, como causa
inmediata (consecuencia de las anteriores, pero causa a
su vez de la fragilidad del tejido social), la tristeza
colectiva. La revolución es necesariamente dura, pero no
puede ser triste.
La ineficacia económico-administrativa de la Unión
Soviética (baste recordar el estrepitoso fracaso de los
«planes quinquenales») se debió, en buena medida, a su
gigantismo. Si el telégrafo hizo posible la revolución,
para gestionarla habría sido necesaria la informática.
(No hace mucho, en Quito, hablaba con el matemático
escocés Paul Cockshott y el físico cubano Raimundo
Franco de la necesidad de crear un nuevo hardware para
poder planificar eficazmente la producción de un país
industrializado: ni siquiera las poderosas herramientas
informáticas actuales son suficientes para ello.) Y una
gestión ineficaz propicia la hipertrofia de la
burocracia —la «sobrerrepresión», como diría Marcuse— y
la corrupción (y viceversa). Es decir, la tristeza
colectiva, el deterioro del tejido social.
No me parece exagerado afirmar que una de las claves del
triunfo de la Revolución cubana fue (sigue siendo,
puesto que una revolución no es un hito histórico, sino
un proceso continuo) su reducido ámbito territorial y
demográfico. Cuba tenía, al comienzo de la Revolución,
una población equivalente a la de Madrid, y en la
actualidad no supera la de algunas grandes ciudades. Tal
vez tenga que ser esta (al menos al principio, al menos
por ahora) la escala de la revolución, su tamaño humano,
la dimensión de su entusiasmo, de su irrenunciable
alegría de vivir. Tal vez la revolución, como ocurrió
con la civilización misma, tenga que germinar y
consolidarse en pequeños e intensos focos, capaces de
irradiarla luego a su alrededor, de transmitirla por
emulación, como se transmiten los grandes
descubrimientos, como la está transmitiendo Cuba a toda
Latinoamérica.
Lo cual, por cierto, conferiría un sentido trascendente,
revolucionario, a determinados proyectos nacionalistas
planteados desde la izquierda. Tal vez en Euskadi sea
posible, por sus abarcables dimensiones y su fuerte
cohesión social, llevar adelante, a partir de la
autodeterminación, un proceso capaz de culminar en una
democracia realmente participativa. (No me parece casual
que el pueblo vasco sea, junto con el cubano, uno de los
más hospitalarios y vitales del mundo, puesto que estas
cualidades dimanan de un tejido social tupido y sólido,
la clase de tejido capaz de resistir los zarpazos de los
opresores.)
Y esa potencialidad transformadora —revolucionaria— es
también la clave del encono con que tanto los
neofascistas como los socialdemócratas atacan el
nacionalismo vasco (que es el mismo encono con que
atacan a Cuba). Porque podría convertirse en una
alternativa real, viable, a la globalización neoliberal,
al pensamiento único, al neocolonialismo imperialista,
al capitalismo, en última instancia. Y podría cundir el
ejemplo.
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