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ADÁN SE
DISFRAZA,
O EL ESCRITOR COMO UNA EVA DIVERTIDA
Alberto
Garrandés
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La Habana
Hay un barroco vocal en la obra narrativa de Jesús David
Curbelo; si el barroco es congruente con el detalle
realista que se multiplica y con la enumeración compleja
(no la enumeración más o menos cómoda y caótica de los
líricos, sino el hecho de ir de una cosa a otra con una
fugacidad intensa, con una vehemencia rica, salival),
entonces Curbelo arma una zona de su prosa barrocamente,
o es, al menos, un narrador barroquizante. Esa
condición suya, detectable principalmente en la novela
Inferno y en algunas otras piezas, de pronto se
atempera o se esconde bajo el estilo denotador, lleno de
efectos de concisión y de discernimientos dramatúrgicos,
de las piezas que componen Las (di)versiones de Eva,
premio Rafael Soler 2002. Curbelo había dado a conocer
Inferno en 1999 y el volumen, una red de
historias atadas al eje de un personaje central que nos
hace pensar en la heteronimia como juego y necesidad de
la ficción, enseguida puso de relieve el esquema
policultural de una prosa requerida por la demasía (en
tanto referente de una existencia adornada con las
excepciones y lo consuetudinario) y muy atenta a la
verbalización estereoscópica.
Curbelo nos dice en Las (di)versiones
de Eva que él es, allí, un autor Eva, es decir, no
un escritor fundador, sino un fabulador lateralizado por
la experiencia ficcional de otros y que aprovecha las
pulsiones ajenas para crear historias sostenidas, en
primer lugar, en la autonomía orgullosa del relato en
tanto posibilidad vital. Sin embargo, el guiño es obvio:
los autores Eva están como distantes, dueños rientes de
un secreto mayor; son los cultivadores del conocimiento
subterráneo y aman lo sibilino, la revelación, o la
hermeticidad aparente de lo que escriben. Juegan. Y
hacen del juego un principio de construcción tan
prestigioso como cualquier otro, hecho este que ya es
común.
Por si hiciera falta decirlo, este
es un libro muy camagüeyano; a primera vista se aqueja
de una provincialidad topográfica copiosa, excesiva. Los
‘informantes’ de Curbelo, y él mismo, son de esa zona de
la isla. ¿Pertenecen al Camagüey esencial?,
susurraríamos preguntándonos hasta dónde es posible
pactar con un rasgo tan ondulado y evanescente. Y aun
así el Curbelo Eva se salva de factografiar la
provincia. Se salva de Macondo porque ignora (y se
rebela contra) las tipologías de Macondo,
independientemente de que tampoco pide asilo en la
nación extraterritorial de McOndo. Confía en la
escritura. Ese es su caballo de batalla.
Hace poco, luego de leer un breve
ensayo que escribí sobre su libro Cetrería del títere,
Lorenzo García Vega me dijo en una carta estremecedora,
refiriéndose al problema de la provincia, que Enrique
Labrador Ruiz le había comentado cierta vez: «Nosotros
tenemos que ser los notarios de esta flora estúpida».
Ambos se referían, como he dicho, a la provincia.
Notarios de la estupidez. Y sin embargo, aunque notariar
es de algún modo testificar, el acto en sí es una
especie de venganza que descabeza la flora estúpida. La
provincia obliga al registro cuando se ha vivido dentro
de su efluvio y se han conocido sus estremecimientos. Y
Curbelo regresa a la provincia, o más exactamente a su
atmósfera, a su derredor tembloroso, casi ectoplasmático,
para salir de ella como quien ha exorcizado un fantasma.
Porque, bien leídas esas (di)versiones
de Eva, se trata de un orbe que se excluye
voluntariamente de la noción de singularidad por medio
de su propia exacerbación. De la provincia, de su
telurismo, de su sistema de supersticiones (montado
sobre otro sistema, simple y poderoso, de ideas
sencillas y rústicas acerca del destino, la realización
personal, el amor, la felicidad, la muerte o la
trascendencia), salen historias que la imaginación
ficcional confía al mundo de lo insólito. Una extrañeza
que se sostiene en el poderoso magma interior de la
conciencia, en especial si ese magma, al no encontrar su
precisa expansión lingüística, se trueca en actos
desatinados o mínimamente raros. Me refiero a un
conjunto de seres —personas, personajes— que se
enfrentan a la realidad del entorno, y a la del yo en su
proceso formativo, con instrumentos no fonocéntricos,
casi ajenos al lenguaje porque el lenguaje no alcanza, o
no sirve, y todo —lenguaje, personas y personajes— se
confina al relato.
Lo que deseo expresar es esto:
Curbelo conoce el esplendor del telurismo (el telurismo
esencializado, no el ramplón telurismo de la llamada
literatura de la tierra, un modelo quejoso que dio lugar
a textos mejores, transitivos, hasta la llegada de
Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos y Gabriel
García Márquez) en tanto circunstancia y núcleo —uno de
tantos— de la narrativa latinoamericana; y, al
conocerlo, es de suponer que sabe, de alguna manera,
cuál es la índole de los atractivos menores del
telurismo (y de la provincia, claro está), y cómo tienen
ellos su origen en expresiones del subdesarrollo que
dejan una pátina cultural denominada provincianismo.
Así de sencillo. Las (di)versiones de Eva es una
inteligente reacción que borra esa pátina y restablece,
como después de un aguacero, la claridad no nociva y
natural de la provincia.
Pero a Curbelo lo intranquilizan la
trascendencia del escritor y el efecto, crucial o no, de
la literatura; tal parece como si le obsesionara la
idea, presente en muchos escritores (algunos la enuncian
con firmeza, mientras que otros la acallan o no les
preocupa), de la perduración. Y no es para menos. La
perduración es esa certidumbre en lontananza que
acariciamos todos a pesar de los clásicos, los monstruos
modernos y el talento sublime de algunos contemporáneos.
Y así Curbelo escribe dos textos punzantes, que rozan la
sazonada angustia de los escribanos, como «Promesas» y
«El error», en los cuales hay un accidente inevitable
que detiene toda percepción de los malentendidos de la
fama y las razones de la querencia intelectual. Porque
cuando un escritor insignificante muere sin que
mueran su esperanza ni su pluma, lo terrible es,
precisamente, el no saber adónde van a parar los efectos
de sus obras en los lectores, no saber qué caminos
siguen ellas, si irán a dar en el relativo consenso de
la academia, si se precipitarán contra la muralla de los
críticos, o si el olvido las sepultará definitivamente.
Curbelo Eva, ambicioso sin codicia,
absorbe ideas e historias de otros y nos confía otra vez
que su horizonte de misterios se encuentra ocupado en
buena medida por lo femenino, la feminidad, el sexo, el
placer y el erotismo. De pronto topamos con un
escribidor que se fascina ante el lenguaje —en el libro
de marras hay tres relatos estupendamente escritos—
exigido por esos arcanos de la mente y del cuerpo. Un
escribidor tantalizado por los periplos únicos de
ciertas vidas tenaces, lo mismo en la dimensión de la
voluptuosidad carnal, que en el reducto donde la
voluntad se hace amiga de ciertas monomanías poseedoras
de un encanto indescriptible.
Una narración que se adentra en
esos periplos es «Lo mucho que yo te quiero», donde un
escozor al inicio vulgar va adquiriendo proporciones de
flagelo metafísico. Ladillas, chinches u otras
sabandijas se ausentan de la exploración sistemática de
los personajes hasta que tropezamos, al final, con una
realidad fantástica. En «Triángulo isósceles» la
anécdota se halla a punto de acceder a lo banal, pero se
salva de lo banal gracias a una acertada facturación que
demora la sorpresa y que permite la conformación de un
texto donde el examen sicológico no se resiste a la
lectura. Pero donde la construcción de tipo estructural
alcanza la excelencia de la destreza es en «Contigo en
la distancia», «Una mujer diferente» y «La esposa del
domador», relatos de pasiones extremadas.
«Contigo en la distancia»
reivindica el gótico al torcer sus premisas estéticas y
reintroducirlas en el ámbito rural; la operación, en sí
misma audaz, nos pone de frente a lo que sería la
estética de un Horacio Quiroga hoy. «Una mujer
diferente» compendia en la ficción la idea, en estos
momentos muy atomizada en virtud de las renegociaciones
del pensamiento queer, de que lo masculino es
apenas una variación de la matriz femenina y de que los
roles y el sentido de pertenencia genérica del deseo
sexual se diluyen (o derogan) en la transitoriedad de su
construcción. «La esposa del domador», acribillada de
referencias con mucha autoridad cultural y célebres por
demás, es capaz de evitar las repeticiones que ya
conocemos (Curbelo maneja aquí registros —de volumen,
relieve, tono y color— finamente controlados) y de
subrayar en la protagonista una pertinacia abisal, que
desemboca en un tipo de pensamiento extraordinariamente
perturbador de todos los órdenes.
Sé que Curbelo, con Evas y sin Evas,
ha leído a Bataille, a Sade, al demonio espléndido de
Lautréamont, al temible Henry James de The Aspern’s
Papers, y que ha paladeado vampirescamente la
pintura de Bacon, o visto con fruición determinadas
películas de Andy Warhol —Lonesome Cowboys (1969)
y Trash (1970), por ejemplo—, así como The
anger (1983), un espléndido cuarteto audiovisual de
Tony Scott presentado y narrado por David Bowie. El
mundo de la imaginación gótica, teñido de ironías
posmodernas, de intervenciones en la frágil epidermis de
la tradición del realismo mágico, se presenta allí, en
esos relatos de Las (di)versiones de Eva, con una
energía muy bien dosificada. Y cuando digo esto estoy
queriendo decir, simplemente, que Curbelo acaba de
adueñarse de un estilo de sorprendente calidad, distante
del que puso en marcha en su novela de 1999 y del que
jalona sus elegantes ejercicios de Cuentos para
adúlteros (1997). Un estilo conseguido sobre la base
de apretarle el cuello al lector mientras estimula con
maña y saña, desde la vigorosa motricidad de los textos,
su sexo, su cerebelo, sus cuerpos estriados y sus
núcleos talámicos.
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