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BUSCANDO A TENNESSEE
 
Omar Valiño | La Habana

Fotos: Xavier Carvajal
 

Me recuerdo el año pasado entre las hermosas calles de New Orleans, tras las huellas de Tennessee Williams. El French Quarter se rinde culto a sí mismo y olvida casi todo, también al Williams que llegó desconocido a sus casas de alquiler, a sus prostíbulos  y a sus bares, convirtiéndose allí, entre ellos, en el gran autor estadounidense que conocemos. 

Con mucho esfuerzo descubrí parte de su «geografía» citadina, pequeños edificios que ayer lo acogieron y hoy son otra cosa, una tarja bajo el balcón desde donde escribiendo su pieza emblemática, molesto por el ruido del tranvía, veía doblar en la esquina el de la ruta llamada Deseo.

En La Habana anoche no tuve que caminar tanto.  En la sala Covarrubias del Nacional se presentó el Teatro Mladinsko, de Eslovenia, con ¿Quién le teme a Tennesse Williams?  La atracción radicaba, en principio, en observar un grupo de ese país, algo totalmente inusual aquí, que además llegaba precedido de múltiples referencias positivas en revistas de teatro de medio mundo. Y por supuesto, observar cómo trataban la obra de un autor tan conocido entre nosotros. 

La expectativa fue cumplida. El montaje, de Matjaz Pograjc, se basa en la tipología de esos horribles programas de televisión que, obscenidad mediante, desvelan cual circo mediático hechos privados de la vida de sus invitados. Mas en ¿Quién le teme...? se produce una saludable inversión. Pograjc aprovecha la estructura y la «estética» de los talk show   y de los «reality show», dado que la biografía de Williams se presta a ello, pero en función de ofrecernos una disección plurívoca del ser humano y su entorno, así como de las relaciones entre los acontecimientos de su trayectoria vital y su teatro. 

El espectáculo lo hace no sin ironía hacia el propio Tennesse Williams y hacia el medio elegido para comunicarse, creando una interesante textura dramática, muy en sintonía con una visualidad algo extraña al teatro: pantalla al fondo, banquetas y micrófonos delante, camarógrafo presente en escena... 

Así mezcla escenas de obras o pasajes biográficos realizados por los actores en vivo, que a su vez se filman y se proyectan en la pantalla, con otras cinematográficas previamente filmadas que ahora los actores (siempre orgánicos, eficaces, profesionales), se detienen a ver. De entre todas ellas emerge la vida difícil y desgarrada, pero siempre vital de Tennesse Williams: problemas con la familia, traumas de infancia, violaciones, alcohol, drogas y su asumida homosexualidad, frontal y brillantemente tratada por la puesta en escena. 

No sé si a Mladinsko le negaron los herederos de la obra de Williams la posibilidad de montar Un tranvía llamado deseo, como aparece mencionado en un momento del montaje. Verdad o pretexto, les sirvió como estímulo para ofrecernos un Tennesse Williams, leído por eslovenos, que rebasa una obra. El teatro, siempre con la posibilidad de lo universal, es fuente más rica que los fetiches que no encontré en New Orleans.

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