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RASTROS CUBA
 
Cuando los aires de modernidad soplan hacia la multimedia, el argentino Edgardo Rodríguez parece cumplir una penitencia: adulto y en plenas facultades físicas y mentales realiza a pulso cuadernos de viajes. La Habana dejó lo suyo en lo que escribe y dibuja. De una serie concebida salió Rastros Cuba.


Jorge Sariol| La Habana

GALERÍA DEL CUADERNO DE VIAJES, RASTROS CUBA

 

Cuando los aires de  modernidad soplan hacia la multimedia, el argentino Edgardo Rodríguez parece cumplir una penitencia: adulto y en plenas  facultades físicas y mentales realiza a pulso cuadernos de viajes.

La Habana  dejó lo suyo en lo que escribe y dibuja. De una serie concebida salió Rastros Cuba, un raro cuadernillo publicado en Argentina por la Fundación Mecenas-Botellas al Mar.

Encontrarse con Rastros Cuba a mediados del 99 y lograr un diálogo con el autor, pudo haber sido cosa fácil.

El autor vendría tiempo después a Cuba por solo una escasa semana. Una donación de un mural hecho a cuatro manos con un pintor  cubano iba a ser entregado al Parque Histórico Morro-Cabañas.

El mismo día de su llegada estaba invitado a  una presentación de artes plásticas en la casa Carmen Montilla, en la habanera calle de Los Oficios. Fotógrafo y periodista se apostaron a la caza. A las siete de la noche y en medio de un aguacero, ambos imaginaban ya  el trabajo, encabezado por la foto del personaje caminando por la calle brillante bajo  la lluvia. De fondo,  el Convento de San Francisco de Asís con unas trazas que ni en 1739…, pero a las 9 y 30 se decide empezar sin el invitado. El avión  que  deberá traerlo de México  sufre cuatro horas de retraso.

Semanas más o menos casi un siglo en el oficio del periodismo ya olvidado el trance y en el más común de los domingos, el autor de Rastros Cuba tocaba la puerta del periodista para disculparse personalmente por el tiempo del Caribe, la seguridad de los vuelos y para conversar durante horas sobre lo humano y lo divino. 

¿Cómo es posible una obra así en estos tiempos? 

No es tan raro. Siempre existieron libros llamados «de autores»,  raros tanto por el contenido como por la forma.

La idea se me ocurre por la lectura de textos antiguos y ya con anterioridad había realizado un libro llamado Rastros Guatemala. En el caso de Cuba, me salió de golpe porque el enamoramiento fue más rápido. Pude haber pasado por aquí  y no haberlo hecho, como me pasó con otros lugares, pero el caso es que no pude dejar de hacerlo, porque Cuba es algo que se mete más abajo de la epidermis y como por arte de magia ya no se puede dejar de pensar en ella. 

Porteño convencido, de un Buenos Aires legendario hasta el delirio, ¿cómo puede entregarse tan poéticamente a La Habana? 

Buenos Aires  es una ciudad «atrapante», fabulosa y mágica... de noche.  De día es gris, y como en toda gran cosmópolis, se ha perdido la escala del hombre, en donde ya casi no se tiene tiempo para uno mismo; además ya no quedan muchas joyas arquitectónicas antiguas porque la ciudad se sustituyó a sí misma. Entonces, desembocar en un lugar como La Habana puede ser contundentemente definitivo.

Se te abren las puertas, la calle es más calma y es como la sala de estar de la casa con personas expansivas. Ni siquiera la polución es tan terrible  la que hay será por cuestiones económicas, pero no es el tema... y, bueno, acá me contagié con esa vibración total que tienen en esta ciudad, en donde además se ha tenido la dignidad de reservarse.

En La Habana hay un patrimonio en cada pedacito y toda ella es una joya arquitectónica. Te aseguro que es una suerte que no esté superpoblada. 

Cuando se recibe Rastros Cuba es como si quien lo hizo  conociera la ciudad desde siempre y desde adentro... El Malecón, El Morro, el mar, los poetas, el verde, el azul, las gentes que ascienden y las que se hunden también...

No, todo lo contrario. Compré el libro La ciudad de las columnas,  de Alejo Carpentier para entender mejor mis propios bocetos, porque mi visión de dibujante la tengo llevada como por duendes que muestran los claroscuros y las molduras.

Recientemente, cuando venía para acá tuve una frase dándome vueltas en la cabeza y que sonaba más o menos así: ...«domingo en La Habana con pájaros y color, mientras el adoquín despierta con sonidos de campanas y recobra su silueta laberíntica como solitaria enciclopedia» No sé si será tema para algo, pero al menos por ahí me va.

También por esa razón invoco a poetas cubanos como Guillén, Tallet o Regino Pedroso, porque me ayudan a comprender mejor al humano en otras vertientes.

Por otra parte hay algo entre Buenos Aires y La Habana que las hacen parecerse y es que, como los cubanos, los porteños son gentes muy abiertas los porteños bohemios, no los de clase media, que son otra cosa quizás por estar ligados a la vida artística, y  llevan siempre la alegría de vivir, aún en los peores momentos, y andan buscando constantemente comunicación. Finalmente, siempre me han parecido muy próximos el tango y la habanera, porque ambos géneros musicales parten del rescate del mundo interno del hombre. 

¿Esa fue la primera impresión que tuvo de La Habana? 

La primera impresión y que se mantiene constante es el olor de esta ciudad. La Habana es  marítima, de mar abierto, con presencia, color y olor, pero no lo impregna a la ciudad porque tal y como yo lo percibo,  ella tiene su propio perfume. Lo puedo afirmar porque en este segundo viaje, apenas salí del avión lo sentí diáfano. Había llovido recién y percibí un vaho tibio y picante que te entra por la nariz y se instala ahí para siempre. No me extrañaría que al entrar en Cuba con los ojos vendados,  solo aspirando, la reconocería.

En las calles el aire pasa, penetra por la ventana, por la puerta y llega hasta los dormitorios. Vos te encontrás olor a mar en la catedral y un poco más allá otra vez la sensación picante. Caminas un poco hacia otro lado y entonces es el olor a ron de un bar en una esquina... es curioso,  pero todo esto me recuerda lo que de niño me imaginaba sobre el trópico cuando leía las obras de Salgari.

Por lo demás,  siempre descubro algo nuevo o percibo distinto lo que ya había visto. Por ejemplo, ahora aprecié los últimos trabajos de Sosabravo y francamente quedé impactadísimo y me voy con un cohete en... la mente, que me acelera la creación. En un pequeño grabador me llevo sonidos del mar y del viento en El Morro, de la ceremonia del Cañonazo de las  nueve, de música de tambores batá. Todo esto también me dinamiza la creación. 

Arquitecto,  asesor del  Palacio de las Artes Belgrano R,  pintor,  dibujante, poeta, caminante por estas tierras. ¿No es querer abarcar demasiado? 

La arquitectura que hago en Buenos Aires es sentimental, son obras de reciclaje para hacer noble lo antiguo.  Con mi hija Solange rescatamos una casa de 1906, que es donde funciona el Museo Belgrano R,  y por donde transita la obra de pintores  argentinos que se presentarán en Cuba y la de los cubanos que expondrán en Argentina. Con mi otro hijo reciclamos otra casa, muy antigua, del cineasta Pino Solana, que es muy amigo mío.

¿Cómo hice Rastros Cuba?, por ejemplo: con coraje. ¿Cómo pinto, dibujo o escribo?: con intrepidez y en el mismo lugar donde veo las cosas.  Como soy un convencido de que cada cosa crece dentro de uno,  hay que darle a cada cosa su lugar.

¿Querer abarcarlo todo?  ¡Y, bueno!, finalmente no sería tan malo, porque la oportunidad de vivir es un hecho único, y esto siempre me hace recordar a José Ingenieros cuando hablaba de vivir de manera tal que al llegar la muerte, sea una tremenda injusticia.

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