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CARNAVALES: ANTOLOGÍA PERSONAL
De
los carnavales de La Habana tendré que recordar en
crónica aparte. Ahí hemos estado, junto al muro del
espléndido malecón; con carrozas más o menos hermosas,
con y casi siempre sin serpentinas, gozando el
azul anochecido del mar, el blanco de la espuma y la
variada tonalidad de nuestra gente caribeña.
Amado del
Pino |
La Habana
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En la infancia la
palabra no me fue familiar. La fiesta de la carne y de
los sentidos se daba de otras formas en aquella escuela
rural de los 60 o en los beisboleros e históricos viajes
de la familia a La Habana al centro de la furia caliente
de agosto. La carnestolenda de mis recuerdos tiene que
ver con los muslos invictos de maestras de escuela que
acudían a la casa-punto de reunión de mis padres los
sábados en la mañana. Sus cuerpos veinteañeros y sus
anécdotas de amores inconclusos se exhibían sin pudor
ante el niño, el juguete, el testigo. La música y el
jolgorio se me emparientan con guitarras rasgadas,
lechones que se asan lentamente y controversias poéticas
deliciosas pero casi interminables.
En el 70, mi hermana
llegó contando de aquellos largos carnavales de La
Habana que se celebraban en un año de zafra contrariada
y agotadora. Después Estorino (otra vez el maestro
llevando a las tablas cosas de la melancolía común)
pondría a la pareja de Ni un sí, ni un no a
enamorarse en medio de aquella fiesta agridulce, con los
pies empapados y la cerveza iluminando sus cabezas.
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A partir de la
adolescencia, el carnaval sí entra de lleno en mis
aspiraciones y certezas. En las vacaciones de noveno, y
horas antes de iniciar la casi épica, hermosa y
devastadora ascensión al Pico Turquino, nos asomamos a
los carnavales de Santiago de Cuba. Pero éramos
demasiado jóvenes, estábamos muy lejos, aquello fue poco
más que verlos por televisión o desde una azotea neutral
e insípida. La fiesta santiaguera la reconstruyo por
decenas de testimonios melancólicos de amigos,
condiscípulos y casuales conocidos. Entre los segundos
está Reynaldo, llegando a comenzar su tercer año de
Actuación en el Instituto de Arte con la cabeza vendada
por un certero ladrillazo, pero con una sonrisa debajo
que daba por bien empleado el golpe y la contusión. Fue
mucho lo que se gozó en la trocha ese año, Compay.
Después el verano se
me llenaría de carnavales. Mi entrañable Tamarindo,
Chambas, Morón, Mayajigua, Ciego de Ávila. En este
último paradero de nuestro entusiasmo juvenil nos
sentamos en un quicio a las cuatro de la madrugada, con
el mal sabor de no haber encontrado novias, después de
buscarlas, con ahínco, desde antes del atardecer. Uno de
mis compañeros de aventura propuso sobre los pies
adoloridos y el olor de cerveza transfigurada: «Mañana
hay que llegar más temprano. La hora buena para
empatarse es el mediodía».
En Chambas —como en
Caibarién, Remedios o Vueltas— el jolgorio se matiza con
el enfrentamiento de bandos tradicionales y un delirio
de fuegos artificiales. Llegué a redactar algo para la
causa del Gavilán (más humilde y variado en colores que
El Gallo) y fui premiado con una caja de cervezas, un
pedazo de lechón y cierto cosquilleo en el ego. Además,
y para no abrumar la bolsa proletaria de mis padres con
tantas exigencias de un hijo de veinte años, trabajé
unos días en la pirotécnica, cuartel general de las
luces y el ruido, sitio peligroso y un poco mágico por
esos días.
Fue en el penúltimo
año del siglo que pude disfrutar los carnavales de Santa
Cruz de Tenerife. Ya los suponía por un especial
resplandor en los ojos de mi prima Nardy o por una
sonrisa, leve y pícara, de Yoly. Y allí estuve desde El
coso, desfile climático, hasta el melancólico Entierro
de La Sardina. En Santa Cruz hay que disfrazarse. Quien
no lo hace es el raro, el pedante, el comemierda, el
disfrazado. Paula, Maruca y otras manos familiares
trabajaron en la búsqueda de un disfraz adecuado para mi
peso y entusiasmo. Al final, salí aderezado con un batón
llamativo y una peluca de resonancia afro. Traté de
complementar el atuendo con una gestualidad en tiempo de
jazz, para configurar la imagen de una negra estrella
del Norte.
En Tenerife se
amanece en plena euforia. Se bebe generosamente, pero el
alcohol no es el protagonista. Como en el apacible
Chambas, que multiplica su población en noches de
parranda, Santa Cruz revienta de tanta gente. Para no
perderse uno se cita a una hora en punto en un sitio
exacto, pero ni así pude evitar extraviarme, con lo cual
no sufrí demasiado por la nobleza, la buena fe, el
sentido sano del disfrute de los canarios que me tocaron
en suerte.
De los carnavales de
La Habana tendré que recordar en crónica aparte. Ahí
hemos estado, junto al muro del espléndido malecón; con
carrozas más o menos hermosas, con y casi siempre sin
serpentinas, gozando el azul anochecido del mar, el
blanco de la espuma y la variada tonalidad de nuestra
gente caribeña. Recuerdo una larga conversación con el
amigo Chinea, mientras el carnaval crecía a nuestro lado
como una tormenta de rostros y voces.
Mientras tecleo, las
calles vuelven a ser asaltadas por los vasos de cartón,
la música estridente y las almas juntándose de una y mil
maneras. En estos festejos estaré, voluntariamente y
como otra forma de disfrute, más bien ausente. Pero
cuando, hace unas horas, fui a sumarme a una queja por
el desvío del tránsito, me detuve, lo pensé dos veces.
Un carnavalero como yo no puede desteñirse de esa
manera. |