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FIESTAS POPULARES
 
Las fiestas de los pueblos son algo así como los juegos de los niños, torrentes por donde se desbordan sus fuerzas síquicas más potentes, espejos donde se refleja toda su constitución en la simple sencillez de su primitividad.


Fernando Ortiz

Es cosa curiosa para los que siguen —aunque sea de lejos— los estudios sociológicos, notar cómo ha sido descuidado el de las fiestas populares. La agonografía, que en tiempos remotos, de formalismos casi sagrados, estuvo cultivada con favor, hoy parece olvidada en un desván de la inteligencia sin haber merecido la regeneración positiva que han alcanzado otras ciencias igualmente arcaicas como la alquimia y la astrología, por ejemplo.

Y ello es verdaderamente de sentir, porque las observaciones  agonográficas que se intercalan en estudios generales de sociología no pueden reflejar sobre el interesante tema luz alguna que vaya perpendicularmente a alumbrarnos su fondo y hacer brillar sus características.

Si el alma del niño se estudia en gran parte al través de sus infantiles juegos, del alma de los pueblos podrían sorprenderse muchas facetas tras los juegos públicos.

Si el juego representa algo de por sí en la psicología individual (tampoco estudiado debidamente), algo deben significar así mismo las  fiestas populares en la psicología, en esa ciencia que al decir de Tarde, no es sino el microscopio solar de la psicología.

Las fiestas de los pueblos son algo así como los juegos de los niños, torrentes por donde se desbordan sus fuerzas síquicas más potentes, espejos donde se refleja toda su constitución en la simple sencillez de su primitividad.

Los juegos del estadio griego, más que fenómeno alguno, nos proyectan la silueta del alma helénica. El circo y las fiestas sagradas, saturnales, etcétera, nos retratan las características psicológicas de los romanos.

Las justas, los torneos y las cortes de amor de los señoríos y feudos, nos hacen llegar destellos vivos  de la vida medioeval.

Y así hoy día: de las corridas de toros al base-ball, de de las carreras de caballos al correr de la pólvora. Hay estratos de vida bien diversos que no son revelados por dichas fiestas de la misma manera que en las estratificaciones geológicas aparecen las huellas de especies vegetales que ya no son  y que fueron contemporáneas.

Pero la conclusión más triste que la agonografía habría de deducir de la observación sintética es la de que los pueblos que no tienen fiestas públicas, o son pueblos caducos  que van rodando hacia la disgregación y absorción por otros, o son pueblos en germen que no han podido todavía cristalizar sus expansiones  de gozo en moldes propios y ya definidos.

Como los niños que no juegan con la algazara propia de sus volcánicas impulsiones, o son niños defectuosos que no han podido desarrollar sus almas al ritmo de la naturaleza o son retoños raquíticos que han de secarse en breve al primer aquilón de la vida o han de vivir es estufas e invernaderos como esas plantas exóticas que no pueden aspirar la vida común y solo viven para contentamiento de privados  con despilfarros de energías y utilidad de nadie.

Ya que se trata con fines plausiblemente egoístas de dar vida de alegrías a este soñolienta genera capitaleña y cubanas, bueno sería que se estudiara el modo de plasmar las formas más y más propias y cubanas las expansiones populares y en extender el radio de estas a los límites nacionales, sin reducirlos a campos locales.

Los pueblos que no se unen nunca para las fiestas no saben reunirse tampoco para fines más elevados y de más difícil comprensión. La difusión intensa y cubiche del base-ball, por ejemplo, por toda la nación sería empresa de difícil  y sí muy conveniente realización; porque lo que nos pasa en el base-ball nos pasa con la vida pública, y es que por rencillas de comadre, por vanidades de chiquillos y por codicias bochornosas, en el diamante como en el gobierno estamos necesitando del auxilio americano.

No nos propongamos con los nacientes festejos populares un fin exclusivamente  utilitario; miremos más alto, porque si nos contentamos con levantar una pintarrajada y chillona barraca  de feria nos exponemos a verla reducida a jirones, como nos pasó con aquellas república de cartón y percalina que, aunque pintada con roja sangre de libertadores, apenas que para teatros de polichinelas y agosto de mercaderes.
 

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