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LA CIA Y LA GUERRA FRÍA
CULTURAL
UN LIBRO PARA NO OLVIDAR
Frances Stonor Saunders analiza pormenorizadamente la
actividad de la CIA en el mundo cultural europeo durante
los años de la guerra fría con el rigor y el
distanciamiento propios de una entomóloga. Proporciona
datos, cifras, fechas, declaraciones. Los clasifica. Les
confiere sentido. Su trabajo acaba resultando
infinitamente más valioso y eficaz que si hubiera
escrito un panfleto contra la CIA, por documentado que
estuviera. Su libro rezuma honestidad. Y ganas de saber.
Javier
Ortiz |
Madrid
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La obra
La CIA y la guerra
fría cultural (Debate) hace ya dos años que se editó.
Creemos que es un importante trabajo que no se debe
ignorar ni olvidar por la vorágine de títulos que
abruman en el mercado editorial. Para recordar su
vigencia, nada mejor que las palabras de Javier Ortiz el
día de su presentación.
Presentación de la obra del mismo título, de la
británica Frances Stonor Saunders (Ed. Debate, 2001), en
un acto que tuvo lugar en la librería Fuentetaja, de
Madrid, el 15 de octubre de 2001, con asistencia de la
autora.
Todas las lecturas son interesadas.
Incluso cuando no nos damos cuenta, también leemos
interesadamente.
Estoy seguro de que muchos de ustedes lo habrán
comprobado por propia experiencia: lees un libro a los
veintitantos años, inmerso en una determinada realidad
—y
en un específico estado de ánimo—,
y el libro te dice unas cosas, y te deja una impresión
concreta. Vuelves a leerlo veinte años después, y te
parece que fuera otro libro, del todo distinto: las
enseñanzas de ayer se difuminan por completo y otras
nuevas ocupan su lugar. No ha cambiado el libro: ha
cambiado el lector. Hemos cambiado nosotros.
Finalmente, solo encontramos lo que buscamos.
Admito sin el menor recato que mi lectura de este
impresionante trabajo de Frances Stonor Saunders ha sido
interesada. Ferozmente interesada. No tanto porque me
apasione la Historia de la guerra fría cultural
—que
ahora ya también—, como porque me apasiona el
presente.
La autora ha hecho un trabajo de recopilación de datos
que resulta conmovedor, a fuer de exhaustivo. No me
cuesta nada hacerme cargo de las muchas dificultades con
las que se habrá topado. De algunas, ella misma da
cuenta en la Introducción. Otras imagino que las habrá
omitido, por mero pudor.
Es difícil escoger una materia de investigación que
cuente con fuentes de más difícil acceso. Incluso
refiriéndose a una época ya relativamente lejana en el
tiempo, es obvio que los protagonistas supervivientes
tienen demasiado que ocultar, o que maquillar, o que
reconvertir. La CIA, por su parte, tampoco se
caracteriza por dar facilidades a quienes tratan de
inspeccionar sus tétricos desvanes. La autora de este
libro ha demostrado poseer una tenacidad y una presencia
de ánimo envidiables.
Reconozco en ella el espíritu investigador anglosajón
del que me convertí en ferviente admirador en el breve
espacio de mi vida en que me dediqué a la indagación
historiográfica. Invertí varios años en el estudio
febril de la Historia de la Rusia zarista y de la
posterior URSS, con el ánimo de hacer un ensayo
biográfico sobre Jósif Stalin.
Tuve ante mí dos ejemplos contrapuestos. De un lado, el
de los estudiosos anglosajones, con Edward Hallet Carr
en primerísimo plano. Del otro, el de los analistas
latinos, entre los que, por aquel tiempo, destacaba
Charles Bettelheim. Los primeros analizaban la realidad
rusa y soviética con actitud y pasión semejantes a la
que hacen suyas los entomólogos cuando estudian la vida
sexual de los himenópteros. Los segundos sucumbían, uno
tras otro, a la irrefrenable pulsión de explicarnos «la
verdad de lo sucedido», extrayendo las lecciones
políticas correspondientes, para el caso de que nosotros
no fuéramos capaces de hacerlo por nuestra propia cuenta.
Bettelheim llegó al extremo de publicar tres tomos
sobre la Historia de la Rusia Soviética: en el primero
nos explicaba cómo había que interpretarlo todo, en el
segundo refutaba lo dicho en el primero y nos explicaba
cómo había que interpretarlo todo, y en el tercero
refutaba los dos anteriores y, oh maravilla, volvía a
explicarnos cómo había que interpretarlo todo. Sin
cortarse un pelo.
Prefiero con mucho a los entomólogos.
Frances Stonor Saunders analiza pormenorizadamente la
actividad de la CIA en el mundo cultural europeo durante
los años de la guerra fría con el rigor y el
distanciamiento propios de una entomóloga. Proporciona
datos, cifras, fechas, declaraciones. Los clasifica. Les
confiere sentido.
Pero no da muestra de estar izando ninguna bandera
particular, salvo la del conocimiento de la realidad de
lo sucedido. Por ello mismo, su trabajo acaba resultando
infinitamente más valioso y eficaz que si hubiera
escrito un panfleto contra la CIA, por documentado que
estuviera. Su libro rezuma honestidad. Y ganas de saber.
Imagino que no hará falta que les diga que yo hubiera
preferido que su documentadísimo trabajo no se refiriera
al periodo de la guerra fría, sino al momento presente;
que no se centrara en músicos, pintores y escritores,
sino en los medios de comunicación de masas; y
—ya
puestos a pedir—
que incluyera un amplio capítulo relativo a España.
Ocurre, sin embargo, que el libro que ella ha escrito ha
sido posible (aun a costa de ímprobos esfuerzos), en
tanto que el que yo pido sería directamente imposible.
Pocas realidades tan bien escondidas como las que yo
quisiera que se desvelaran.
Sin embargo —y
retorno con ello al inicio, en el que hablaba de las
lecturas «interesadas», este libro, por más que se
centre en un tiempo pretérito y en un sector tan
específico como es el de los escritores y artistas, nos
proporciona claves de valor inapreciable para analizar
la realidad presente, incluyendo la realidad del mundo
de la comunicación de masas. Y eso es así porque
Saunders, al describirnos la intervención de la CIA en
el mundo cultural de hace décadas, nos devela lo que
bien podría calificarse como «un modelo de actuación».
Un modelo que, sin lugar a dudas
—ella
misma lo apunta—,
ha sido utilizado también en tiempos posteriores y con
respecto a otros sectores de interés estratégico para
los EE.UU. Dicho de otro modo: aunque ella hable de la
intervención de la CIA en el terreno estrictamente
cultural, literario y artístico, en los principales
países de la Europa democrática y durante los años de la
guerra fría —esto
es, aunque hable muy poco de los medios de comunicación
de masas, no se refiera prácticamente para nada a España
y no proporcione datos actualizados—,
nos proporciona de hecho las herramientas necesarias
para reconstruir lo que, sin duda, está sucediendo
actualmente aquí y ahora.
¿En qué consiste ese «modelo de actuación»
extraíble, a mi entender, de la obra de Saunders?
Trataré de describirlo brevemente.
Primer punto que conviene retener: la reivindicación de
la llamada «mentira necesaria».
Cuenta la autora cómo George Kennan, uno de los padres
de la CIA, desarrolló en 1947 el concepto de «mentira
necesaria» en tanto que componente esencial de la
diplomacia norteamericana de posguerra. Kennan,
situándose en la línea del sempiterno principio que
justifica la utilización de cualquier medio, por odioso
que resulte, siempre que el fin se considere correcto,
propugnaba la puesta en pie de una tupida red mundial de
complicidades intelectuales, culturales y periodísticas
que permitieran a los EE.UU. expandir sus criterios. Esa
red no debería dudar en recurrir a la mentira, la
manipulación y la «intoxicación» a gran escala
cuando ello resultara conveniente para los intereses
norteamericanos.
Pocos meses después, y en sintonía con los criterios de
Kennan, el Consejo de Seguridad Nacional norteamericano
elaboró diversas instrucciones
—entonces
ultrasecretas, ahora ya accesibles, gracias al trabajo
de Saunders— destinadas
a impulsar no solo el desarrollo de esa red de
propaganda, sino también el trabajo sistemático de
«guerra económica, acciones directas, incluido el
sabotaje... y de subversión contra Estados hostiles,
incluida la ayuda a movimientos clandestinos de
resistencia, grupos guerrilleros y grupos de liberación
de refugiados». El CSN precisaba que esas acciones
deberían «planificarse y ejecutarse de modo que las
personas no autorizadas carezcan de pruebas de la
responsabilidad del gobierno de los Estados Unidos, y
que, en caso de ser descubiertas, el gobierno de los
Estados Unidos pueda rechazar de forma convincente
cualquier responsabilidad al respecto de ellas» (National
Council Directive 10/2).
En 1949, el Congreso de los EE. UU. liberó al
director de la CIA de la obligación de dar cuenta del
uso que asignara a los inmensos recursos económicos
puestos a su disposición. Era la única pieza que faltaba
para que el plan pudiera llevarse a la práctica con
total impunidad y a gran escala.
En el plazo de solo tres años, la Office of Police
Cordination de la CIA, encargada de estas tareas bajo la
tutela de Kennan, pasó de contar con 302 agentes a tener
casi 6 000 servidores a sueldo, más de la mitad de ellos
en el extranjero.
La CIA se ha mantenido fiel desde entonces a la
«filosofía» de «la mentira necesaria» y a los métodos
propugnados por Kennan para aplicarla, disponiendo para
ello cada vez de más y mejores medios.
Hace una década tuvimos una llamativa muestra de su
poder: recuérdese con qué entusiasmo participaron casi
todos los medios de comunicación occidentales en la
difusión de la patraña según la cual Iraq poseía un
poderosísimo ejército, «uno de los más importantes del
mundo», lo que podía llevar a Sadam Hussein a
convertirse en «un nuevo Hitler», por lo cual era
imperioso cortarle las alas de inmediato. Fue una
«mentira necesaria» arquetípica.
Conclusión de utilidad bien actual que puede sacarse de
esto: no hay ninguna razón para creer en la veracidad de
las supuestas informaciones que se nos están
proporcionando con respecto a los atentados del 11 de
septiembre y a la red terrorista, supuestamente
poderosísima, de Ben Laden, contra la que el Pentágono
está librando su autodenominada Guerra Contra el Terror.
No afirmo que todas las informaciones que se nos están
dando sean mentira. Constato que no tendría nada de
extraño que lo fueran. O que se trate de un batiburrillo
de verdades, medias verdades y perfectas mentiras.
Hasta ahora lo sospechábamos. Ahora sabemos,
gracias a Saunders, que hay decenas de funcionarios de
la CIA, con abundantes contactos en el mundo entero,
cuyo trabajo consiste en expandir «mentiras necesarias».
Sabiendo eso, resulta imperioso deducir que al menos una
parte de lo que se nos cuenta tiene que ser el fruto del
trabajo de los fabricantes de «mentiras necesarias».
Es también extraordinariamente interesante la
descripción que nos proporciona Saunders del modus
operandi de la CIA en este terreno.
Lo primero que conviene retener de su trabajo de
investigación es que, en contra de lo que alguna gente
supone, la CIA no va repartiendo a gogó carnés de espía
por esos mundos de Dios. Según cuenta
—y documenta—
nuestra autora, la CIA apenas suele tener agentes
propiamente dichos en cada país, dedicados a estas
tareas. Ni siquiera en los europeos. Lo que hace es
tejer una amplia «red de complicidades» en la que
atrapa a bastantes profesionales, muchos de los cuales
ni siquiera saben a ciencia cierta que están trabajando
para la CIA. Se ven impelidos a servir a sus designios
sencillamente porque cobran, en metálico o en especie,
de plataformas formalmente asépticas especializadas en
la concesión de «favores»: ignotas publicaciones que
pagan a precio de oro artículos que poco importa si
alguien lee, fundaciones y asociaciones que subvencionan
actividades de alto standing (cursillos,
conferencias, debates, viajes de lujo, etcétera.),
premios, honores y prebendas de origen más o menos
oscuro... A veces ni siquiera necesita crear nada de eso
ad hoc: se aprovecha de lo ya existente,
proporcionando los fondos necesarios para las tareas de
presunto mecenazgo.
Sus agentes explotan también mucho el lado «tripero»
de los profesionales: las sobremesas relajadas en
restaurantes de muchos tenedores configuran un excelente
escenario para el establecimiento de lazos de
complicidad.
Esto en lo que hace al trato directo con la gente más o
menos influyente. Pero hay que contar también con las
posibilidades que tiene la agencia de intervenir por la
vía empresarial: nunca ha carecido de medios, directos e
indirectos, para «persuadir» a tal o cual grupo
empresarial o financiero de la conveniencia de invertir
—o
de no invertir— aquí o allá. Y no hace
falta decir qué formidable capacidad de convicción
otorga el poder accionarial.
No resulta nada difícil hacer la traslación de ese
esquema de funcionamiento, minuciosamente descrito por
Saunders, al mundo de los medios de comunicación de
masas de la España de hoy (o de la Francia de hoy, o de
la Alemania de hoy: tanto da). Conozco a un buen puñado
de periodistas que tienen chollos rarísimos, sé
de fundaciones y asociaciones que financian actividades
de nulo valor intrínseco, me consta que se producen
viajes de lujo de justificación prácticamente imposible,
hay premios y becas genuinamente inexplicables... y ya
casi mejor ni hablo de las comidas opíparas con
sobremesas propicias a las confidencias. En ocasiones,
incluso, me ha tocado participar a mí en alguna historia
de ese estilo, más o menos de rebote.
¿Está la CIA detrás de todo ello? De todo, no; seguro.
Pero es fácil que sí esté detrás de algo. Ignoro de qué.
No sé a través de quién. Pero, insisto: es fácil que lo
esté.
La siguiente pregunta es inevitable: en tal caso, ¿qué
profesionales españoles de la comunicación serán los que
trabajan para la CIA? No me refiero a gente que lo esté
haciendo sin conciencia de ello
—que de esos puede haber
varias toneladas—,
sino a los que lo hacen a sabiendas, porque están en
nómina.
Admito que nunca había pensado en esa posibilidad. Pero,
ahora que me le ha planteado tras la lectura del libro
de Saunders, se me han venido a la cabeza sin demasiada
dificultad cinco o seis nombres. Y me da que no debo de
andar muy errado. Pero tampoco es cosa de hacer en
público meras suposiciones, por bien traídas que
parezcan.
Cierto es que la CIA no necesita comprar periodistas
españoles a puñados para que nuestros medios de
comunicación privilegien su versión de los
acontecimientos. No lo necesita, en primer lugar, porque
los mass media españoles se nutren en muy buena
medida de los grandes medios norteamericanos trasmisores
de noticias (las grandes agencias de Prensa, las grandes
cadenas de televisión, etcétera), con lo que buena parte
del trabajo ya les viene hecho, y convenientemente
orientado. Tampoco lo necesita, en segundo término,
porque buena parte de los profesionales españoles de la
comunicación coinciden «espontáneamente», por así
decirlo, con los puntos de vista del gobierno de
Washington. No vale la pena empujar a nadie para que
vaya por donde ya está caminando de buen grado.
Pero hay una vuelta de tuerca más para la que
probablemente sí se requiere una intervención directa
«sobre el terreno». Me refiero al control, altamente
conveniente, sobre esa subespecie del periodismo que
nutre el género de la opinión, de tanto peso en España,
esto es, sobre los perpetradores del cúmulo de
editoriales, columnas de Prensa y tertulias radiofónicas
que se abaten a diario sobre nuestra sufrida población,
que los absorbe con tan singular como desconcertante
entusiasmo. La creación de una red de complicidades que
«invite» a los periodistas de ese género a
suscribir los puntos de vista más convenientes para los
intereses estadounidenses tiene que ser, sin duda, un
objetivo de las «antenas» de la CIA en España. Y
doy por hecho que lo están persiguiendo con la máxima
tenacidad, habida cuenta, sobre todo, del «prejuicio
antiamericano» que se le presupone, no sé con
cuanto fundamento, a una parte considerable de la
opinión pública española.
No puedo probarlo por la vía positiva, como ya antes
decía, pero lo infiero sin mucha dificultad por la vía
negativa, a través de la simple constatación de lo
complicado que resulta «no» sostener esos puntos de
vista cuando se trabaja en la España actual para un gran
medio de comunicación. Este humilde servidor de ustedes
podría darles abundante cuenta de ello, si no fuera
porque no está aquí para contarles su vida.
Termino. No sin antes disculparme ante la autora y ante
la editorial por lo muy interesada que ha sido mi
lectura de este libro. Mucho me temo que haberlo
reconocido desde el comienzo no me exculpe demasiado.
Permítanme que trate de compensarlo, así sea sólo en
parte, diciendo que, aparte de para presuponer cómo
trabaja la CIA con los medios de comunicación de la
España de hoy, este libro es fundamental para saber cómo
trabajó esa agencia en el mundo de los intelectuales y
artistas en la época de la guerra fría.
Yo le estoy muy agradecido a Frances Stonor Saunders por
haberse tomado el inmenso trabajo de averiguarlo. Y de
contárnoslo.
Puedo asegurarles que, si se deciden a leer el libro,
compartirán mi agradecimiento. |