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LA HABANA: OBRAS SON AMORES
De
las personas que se inscriben ya para siempre en la
historia de una ciudad, hay quienes poseen una relación
tan intensa que en ambas direcciones queda la huella.
Algunas nacieron en La Habana —gentes reyoyas se
dice en Cuba. Otras han adoptado «la habanidad» contra
muchos pronósticos, habiendo nacido en otra parte.
Josefina
Ortega |
La Habana
De las personas que se inscriben ya para siempre en la
historia de una ciudad, hay quienes poseen una
relación tan intensa que en ambas direcciones queda la
huella.
Si obras son amores no hay mejor razón que las
regaladas por varias personalidades ilustres que
dejaron constancia de su devoción por la ciudad.
Algunas nacieron en La Habana —gentes reyoyas se
dice en Cuba. Otras han adoptado «la habanidad» contra
muchos pronósticos, habiendo nacido en otra parte.
Tal es la identificación primera de Graziella Pogolotti
—ensayista y profesora— con La Habana, desde un barco
que esperaba el momento de hacer su entrada por el
canal.
Según sus propias palabras, «fue primero el brillante
arco de luces de su Malecón. Serían horas después, olor
y ruido en el ajetreo del muelle.
Por los sentidos me llegó la ciudad como introducción a
un aprendizaje nunca concluido que comenzó por la
conquista de una lengua que habría de hacerse la mía y
prosiguió con la plena y consciente asunción de una
nacionalidad, de un destino histórico, de la razón de
ser de toda la existencia.
«Crecí —porque allí transcurrió buena parte de mi
infancia y adolescencia— y también se fue haciendo mi
sensibilidad artística y política, en las tres
brevísimas cuadras de la calle Peña Pobre.»
Para otro de los grandes ilustres de esta Habana como lo
es Ángel Augier, esta ciudad, por antonomasia, es la
Habana Vieja.
Augier ha dicho que cuando la descubrió —hace más de
una cincuentena ya—, la recorrió en la intimidad de sus
calles estrechas, de sus patios, de sus zaguanes, de
sus balcones, de sus rejas, supo que «era
difícil desentenderse de ella, librarse de su encanto
único, de su atmósfera peculiar donde el pasado libra
sus batallas para conservar en su más pura expresión
histórica, en su genuina poesía de siglos.
«Porque si es fuerte la consustancialidad con la
historia de estos muros marcados por el decursar del
tiempo, es mucho más fuerte el poder poético que emana
del conjunto urbanístico que fuera otrora recinto
amurallado. No es solo la fuerza de la evolución: es la
presencia humana que ha dejado la huella de sus pasos,
de sus pasiones y sus sueños, de sus gestos y sus
palabras, y esa sombra de luces remotas se percibe en el
silencio de los edificios, en el polvo de las paredes,
en las maderas y la piedra desgastada de las escaleras,
en el brillo de las angostas aceras, en la belleza
indefinible, en fin, que nos envuelve como en un velo
extraño, del que es difícil deshacerse, del que no
quisiéramos deshacernos, aunque lo deseáramos.
«Que esa profunda poesía permanezca; que nuestro afán de
conservarla sea capaz de no transponer los límites
debidos. El futuro también se alimenta de ese aliento
evocador que no solo es patrimonio de la historia, sino
sobre todo, el futuro secreto de lo que los hombres
sembraron de sueño y de belleza en su casa y en sus
cosas y que el recuerdo no cesa de
rondar.»
Félix Pita Rodríguez, uno de los más importantes
escritores cubanos que nunca ocultó su amor por La
Habana explicó su relación con la ciudad de una manera
muy particular. «… se ha dicho alguna vez que las
ciudades forjan o modelan a si imagen y semejanza, a los
hombres que las habitan. Tal vez esto sea cierto. El
peso, la presión del mundo circundante, es fuerte, y no
me parece imposible que el escenario sea en ocasiones un
personaje de tanta importancia como los actores que en
él se mueves. Y hasta que influya tanto sobre ellos al
punto de imponerles de la propia apariencia.
«Pero no es menos cierto que los hombres imponen al
ámbito en que moran un rostro que es como la suma de
millones de rostros, es la síntesis de sus corazones, el
tropel enfebrecido de sus sentimientos más profundos.
Es entonces cuando las ciudades se hacen como espejos de
los hombres que la habitan.»
Cintio Vitier, uno de los más importantes poetas vivos
cubanos, estudioso de la cultura nacional, ha visto La
Habana desde muchas de sus lecturas más queridas:
«...Junto a la calle Empedrado, en una pequeña plaza,
allí donde no llega siquiera la brisa nocturna,
permanece solitario Miguel de Cervantes y Saavedra.
Entre el bullicio de la juventud, en plena Rampa,
cabalga Don Quijote. Duros fueron los tiempos de Don
Miguel. Pero el Ingenioso hidalgo ha encontrado el
camino de la justicia. Está en el centro de la
historia.»
Para Alicia Alonso, la eterna bailarina, para vivir en
La Habana importa sobre todo las raíces.
«Por
todas partes se habla que en cada rincón o momento
está el pasado y el presente de nuestro pueblo. Pero
también su futuro. Porque La Habana es una ciudad que
siempre estamos haciendo, que nunca dejaremos de
construir. ¡Cuánta historia! ¡Cuánta cultura acumulada
paso a paso por nuestro pueblo, con su forma de ser, su
trabajo y sus principios! En La Habana está la
continuidad de nuestro ser, la prolongación de cada uno
de nosotros hacia el pasado y hacia el futuro.»
Por su parte, Mariano Rodríguez, el pintor de la cubanía
en sus eternos gallos dijo de esta Habana: «Tuve mi
primer taller en la calle Empedrado, es decir, en la
Habana Vieja. En los momentos de natural reposo o
angustia del artista, me paseaba por la Plaza de la
Catedral, la cual me hacía sentir el tiempo de creación
para mi trabajo.»
«Allí nos reuníamos un grupo de pintores y poetas, en
ese ambiente acogedor que nos nutría y nos identificaba
con Cuba, con nuestro país maravilloso, en este mundo
colonial. En ella hablábamos de temas y vivencias. Por
ello, para mí La Habana colonial fue y será siempre la
verdadera Habana, aquella que hizo de nosotros lo que
somos».
Gaspar Jorge García Galló, destacado profesor y
ensayista que en más de una
ocasión mostrara orgullo por haber nacido en la
periferia de la ciudad, tuvo una manera muy particular
de vivir en la capital.
Como él mismo se definiera, era un guajirito de
Quivicán, un poblado a una treintena de kilómetros al
suroeste de la capital cubana —de donde venía con su
padre a comprar telas en los almacenes de Muralla para
revender luego en los campos— «La Habana fue para mí
los elevados del ferrocarril, el penetrante olor a gas,
la loma de Atarés y los manglares. Y mucho ruido y mucha
gente.
« De adolescente, fue la fábrica de tabacos H. Upman, el
tranvía eléctrico de Calabazar a la estación terminal,
la calle de Egido, el plantel Jovellanos en Bernaza,
donde empecé a estudiar por las noches.
« De joven, La Habana fue para mí la calle Sitios, la
tabaquería Romeo y Julieta, la universidad Popular y
Julio Antonio Mella. Luego la academia Manrique de Ara,
en la Habana Vieja, mis primeras clases de profesor que
aún no era Bachiller; el bachillerato, la universidad,
el partido, cesante, tabaquero de nuevo y las huelgas...
fue vivir en Calabazar, Bejucal, Quivicán y los treinta
años que pasé en Las Villas, pero siempre con un pie en
La Habana».
Nunca una opinión sobre La Habana pudiera ser menos
prejuiciada si han sido dichas por un santiaguero*
como José Antonio Portuondo: «La Habana fue para
mí —cuando llegué por primera vez, para iniciar mis
estudios universitarios— una ventana abierta a la vida
cultural contemporánea. Yo venía de Santiago de Cuba,
fuertemente anclado en la tradición, donde lo más
preciado está en las raíces, en el pasado glorioso que
exige cumplimiento en el porvenir. La Habana, por
contraste, era —y sigue siéndolo para mí— una presencia
viva, actual, asomada al horizonte que se recorta,
nítido, incitante, más allá de la suave curva del
malecón».
Para el querido Doctor Portuondo, desaparecido
físicamente, pero con eterna presencia en sus alumnos de
la Universidad de La Habana, así continuó hasta el fin
de sus días el amor por esta ciudad: «Santiago mantiene
vivo en mí el recuerdo de un pasado glorioso que señala
el camino hacia el porvenir; La Habana renueva cada día
el espectáculo del mundo de hoy, la actualidad política,
tensa vibrante; la inquietud cultural; la lucha
cotidiana por consolidar por consolidar la Revolución.
Santiago yergue imponente, firme y segura —memoria y
mandato— la silueta gloriosa de la Sierra Maestra; La
Habana abre a nuestras ansias de acción creadoras
—presencia y estímulo— la amplitud infinita del mar».
Para cualquier historiador de una ciudad, la devoción va
acompañada siempre de entrega. Si la ciudad se llama La
Habana y el historiador se llama Eusebio Leal Spengler,
ambas consonancias adquieren aura mágica en el
apellido del propio Eusebio, quien recuerda haber
llegado un día a la Plaza de Armas en agosto de 1959,
al antiguo palacio de Gobierno: «tenía entonces 16 años
y creo que me enamoré de estas piedras y estas maderas
desde el primer día.
«Admiro
toda la ciudad tal y como es hoy, con todos sus barrios
y con todas sus expectativas futuras, pero no oculto que
prefiero intramuros.
«Vivir bajo un techo elevado, los zaguanes amplios,
las escalinatas iluminadas al amanecer por el rayo de
luz multicolor de un óculo, apenas insinuado en una
bóveda; el secreto del agua en su misterioso andar por
aljibes y caños de barro, el calor de alguna que otra
campana solitaria.
«La posibilidad de conocer a todos, o a muchos, de los
que nos encontramos en las calles todos los días en este
pequeño mundo de apenas cuatro kilómetros cuadrados,
donde la historia ha acumulado recuerdos y
acontecimientos de tal magnitud, valores de tanta
importancia, que han permitido que esta parte de La
Habana se integre al patrimonio cultural y espiritual
del género humano.»
* Santiago de Cuba —en el extremo
oriental de la Isla— es la segunda urbe cubana en
importancia. Santiago es la más caribeña; La Habana, más
cosmopolita. Entre santiagueros y habaneros ha existido
la eterna rivalidad entre quienes creen que la ciudad
en que nacieron es más linda, más cubana y más ilustre,
controversia que al parecer existirá por los siglos de
los siglos. |