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NOTAS DEL NORTE
HASTA EL FIN

 

Jon Hillson | Los Ángeles


«No tengo opciones. Tengo 28 años trabando aquí. La compañía quiere romper nuestro sindicato y no vamos a permitirlo», dice la huelguista frente a Ralphs, donde hay un piquete de hombres y mujeres, padres e hijos en Inglewood, cerca de mi casa.

La huelga comenzó el 11 de octubre contra los supermercados Vons y Pavillions.  El dueño de ambos es la corporación Safeway. Pocas horas después declaró un cierre patronal Kroger —el dueño de Ralphs y Albertsons. Son unos 70 000 trabajadores sindicalizados afectados en California, la huelga más grande en la historia del Sindicato de Trabajadores de la Alimentación y Comercio (UFCW) y la más importante en EE. UU.

En un artículo del 10 de noviembre, el New York Times —la voz principal del ala liberal de la clase patronal— describe la lucha como «la disputa laboral más grande en la nación durante años».

«Lo que está en juego es enorme», dice Ruth Milkman, presidenta del Instituto de Labor y Empleo de la Universidad de California. «Si los empleadores tienen éxito en sus intentos de extraer concesiones grandes, van a convertir estos puestos en empleos de sueldos bajos, y otros empleadores en toda la nación van a tomarlo como una señal verde para intentar hacer lo mismo».

Una comprensión creciente de este reto atrae a miles de obreros —huelguistas, sindicalistas, desde maestros hasta obreros de la construcción— a un piquete masivo y a un mitin enfrente de una tienda de Albertson en San Pedro, el 10 de noviembre. La acción, la más grande hasta ahora en solidaridad con el UFCW, es organizada por el sindicato de estibadores (ILWU) quienes operan las puertas de Los Ángeles, en Long Beach y en San Pedro.

 «Traje a 2 000 de mis amigos más íntimos conmigo esta noche para apoyarles en su causa», dice Joe Donato, el presidente del ILWU Local 13, al referirse a los miembros de la base del sindicato. Su participación en el mitin nocturno dejó los astilleros casi cerrados cuando salieron a marchar los huelguistas. Es una de las acciones en favor de una huelga más militante y más grande en años, llena de espíritu y militancia, con la gente gritando consignas, levantando pancartas.

Un huelguista promete: «Vamos a luchar y a mantener nuestros beneficios de salud».

Una bandera en el tablado dice: «Su lucha es nuestra lucha», una expresión de los sentimientos del pueblo trabajador aquí.

Pero fuera de la clase obrera, hay elementos que odian esta acción proletaria.

El 5 de noviembre, un hombre de 26 años, miembro de un grupo supremacista blanco según el Daily Breeze, gritó epítetos racistas al agredir a un piquetero negro en frente de Albertsons en Hermosa Beach. El racista está arrestado.

Seis matones están detenidos en dos incidentes ocurridos el 9 de noviembre, después de agredir a unos huelguistas.  En Palm Springs, cuatro jóvenes, dos de ellos adolescentes, están arrestados después de atacar a una línea de piquete y por disparar una pistola de calibre 25.  En su auto se encontraron dos pistolas, municiones, dos navajas grandes y tubos de metal, según el Los Angeles Times. En Laguna Niguel, la policía detuvo a solo dos de una pandilla de seis matones que unos días antes habían intentado atropellar a unos huelguistas con su auto, y luego regresaron a atacar el piquete. Huyeron cuando unos guardias de seguridad dispararon al aire. Dos piqueteros dicen que no regresarán a la tienda.

Según las noticias en la radio, los seis arrestados tenían las cabezas raspadas una indicación de su posible afiliación a pandillas racistas.

Los patrones han provocado la lucha con sus demandas por cortar brutalmente los beneficios de salud médica, trasladando casi un billón de dólares de sus costos a las espaldas de los trabajadores. El amargo pleito tiene implicaciones nacionales debido a la profundidad de la creciente crisis de acceso a la atención médica que afecta a decenas de millones de personas en el país.

 Por luchar en defensa de tales beneficios, el sindicato ha ganado apoyo popular amplio y profundo. Hay 2,5 millones de personas en el condado de Los Ángeles sin seguro médico —y unos 44 millones en el país.

Kroger, lanzó un cierre patronal el 13 de octubre en los estados de Kentucky, Ohio y el  oeste de Virginia, después del voto a favor de una huelga tomado por los miembros del UFCW. Salieron más de 3 300 trabajadores a las líneas de piquete. El 4 de noviembre, el UFCW, con 4 000 trabajadores, en Kroger, Indiana, votaron en contra de la «oferta final» de los patrones y preparan otra huelga. El «contrato» de las cadenas que impulsó la huelga en California, ofreció cuatro años de congelación salarial, recortes masivos en el plan de salud, un sueldo bajo y la creación de un nivel de pago aún más bajo y permanente para nuevos empleados. Más tarde, en noviembre, un juez decidirá sobre una petición hecha por Albertsons pidiendo que se prohíban los piquetes frente a sus mercados.

Todas las cadenas han empleado decenas de miles de esquiroles —blancos, negros, latinos, jóvenes y viejos, reclutados del ejército laboral. Hay más de nueve millones de personas sin trabajo en el país, mientras los sindicatos representan solamente el 10 % de los trabajadores en el sector privado; hecho que enfatiza la enorme tarea del movimiento sindical: organizar a los que no lo están.

Mientras tanto, los 2 200 mecánicos, en huelga desde el 13 de octubre, comenzaron el 7 de noviembre a votar por la «última oferta» de la Dirección Metropolitana de Transporte (MTA), un brazo del gobierno del condado de Los Ángeles. Según oficiales de la MTA han alcanzado el «punto muerto» en las negociaciones. Pocas horas más tarde, mientras cientos de huelguistas gritaban, se anunció la votación —1,267 contra la «oferta» y solamente 87 a favor, un gancho poderoso a la MTA y su maniobra demagógica de dividir la base y el liderazgo del sindicato.

Los mecánicos, miembros del Sindicato de Transporte Fusionado (ATU) están luchando por  mantener el control del fondo con que se pagan los  beneficios médicos. La MTA está tratando de tomar control de los fondos y los beneficios. La membresía del Sindicato de Transporte Unido (UTU), de casi 5 000 conductores de autobuses y trenes y oficinistas, honra la línea de piquetes. El contrato del UTU con la MTA también ha vencido.

Ambas huelgas son ejemplos importantes de la resistencia que hace posible montar luchas defensivas de la clase obrera contra los efectos de la crisis económica y social del capitalismo y de los esfuerzos de la clase dominante para hacer asumir su carga al pueblo trabajador. Por haber decidido pelear, los huelguistas han abierto una trinchera de guerra en casa.

El proceso de resistencia no se limita a las empresas grandes. En una pequeña huelga de 34 empacadores de carne en Chicago —contra condiciones de trabajo, sueldo y beneficios verdaderamente brutales— uno de los lemas de su lucha es, según The Militant,«¡no al sueldo de esclavos!»

El liderazgo de los patrones gubernamentales de la MTA son miembros del partido demócrata —todos liberales— de la junta de supervisores del condado de Los Ángeles, encabezado por Zev Yaroslavsky, quien ha polemizado contra el ATU en el Los Ángeles Times, haciendo amenazas y promoviendo mentiras contra los supuestamente «sobrepagados» trabajadores. Su papel, con el de otros supervisores, demuestra que «el partido de guerra» incluye a los demócratas, no solamente en la promoción de agresiones extranjeras yanquis, sino también en casa, contra el blanco más estratégico de la burguesía imperialista: la clase obrera estadounidense, sus sueldos, sus salarios, sus derechos y sus organizaciones básicas de autodefensa: los sindicatos.

«Obviamente, están tratando de romper nuestro sindicato», dice el conductor de autobuses, Manuel Guzmán. Los piquetes explican que ni un solo chofer los ha cruzado. El tercer más grande sistema de transporte público ha sido cerrado, afectando de 400 000 a 500 000 pasajeros diariamente.

Como el 80% de ellos son latinos y negros, con un promedio de salario de $12 000 al año, la prensa patronal ha atacado a los sindicatos con despachos que detallan el sufrimiento de los pobres.

Ramón Alatorre, inspector de vías del Metro, y padre de siete hijos, contesta a esas calumnias. «Nosotros nos estamos viendo doblemente afectados, porque no estamos [los huelguistas] recibiendo nuestro sueldo e incluso, en mi caso, mi hijo hasta perdió el trabajo por no tener en qué transportarse, pero debemos de entender que esto ya no se trata de dinero, sino de dignidad», dice.

«Sabemos que la gente está sufriendo», sigue en su comentario el huelguista del UTU, «pero la empresa quiere hacer pensar a la gente que es nuestra culpa o la del sindicato y no es cierto. Son ellos los que nos quieren reducir nuestros beneficios ganados durante muchos años, mientras que los salarios de los administradores fueron aumentados en forma estratosférica».

Esta actitud es común, como indica un titular en La Opinión del 6 de noviembre sobre el voto: «Firmes los mecánicos frente a MTA». Los sindicalistas saben que si rechazan la «oferta final» del MTA, los patrones —según la ley— pueden imponer el acuerdo y comenzar a emplear a los esquiroles.

El mismo día, anuncia la MTA que organizaría el transporte gratuito —con esquiroles— por empresas que tienen 20 % o más de empleados que usan el transporte público para ir al trabajo.

También los patrones de los supermercados tienen algo «gratuito» para promover sus esfuerzos para romper la huelga de los trabajadores de los supermercados. Ofrece Albertsons un pavo gratuito con la compra de uno, a un precio bajo. El 31 de octubre la dirigencia del UFCW anunció que terminaría sus piquetes frente a la cadena de Ralphs —donde sigue el cierre patronal— para suavizar la «inconveniencia» de los compradores y para refortalecer a los piquetes frente a los otros supermercados.

Las cadenas, según el sindicato, pierden casi $100 millones cada semana cuando, cada día,  cientos de miles de compradores —el pueblo trabajador— se niegan a cruzar los piquetes.

«Ayer por la tarde, botaron siete paletas de carne podrida», me dice un huelguista frente a Ralphs, el día antes de la decisión para remover los piquetes. «La tienda está casi vacía. Y no conocemos los compradores. No son ‘regulares’. Viajan de otros barrios porque no quieren ser reconocidos por los huelguistas».

A la vez, la solidaridad sigue, desde estudiantes universitarios que se unen con los piquetes —de UCLA en Westwood o Cal State Long Beach, en esta ciudad— hasta pequeñas manifestaciones de apoyo y sindicalistas que recogen fondos para los huelguistas: sindicatos de maestros, conductores, estibadores, de las aerolíneas y muchos más. Con la manifestación de miles en San Pedro el 9 de noviembre hay prueba que la solidaridad más amplia y grande es posible y necesaria.

Doy cientos de hojas producidas por el sindicato a mis compañeros de trabajo en el aeropuerto internacional de Los Ángeles. Platicamos sobre la huelga en nuestra reunión sindical mensual. Digo que la huelga es algo previsto de lo que tendremos que hacer para sobrevivir a los ataques de los patrones. Varios miembros han participado en los piquetes. Recaudamos casi $200 para el UFCW. Es seguro, que de una manera u otra, este escenario se repita en muchos sindicatos.

Hace poco, el UFCW ha enviado «piqueteros de información» al norte de California —San Francisco, San José, Oakland, las ciudades más grandes— para informar a los compradores de Safeway sobre la lucha e impulsar un boicot de la cadena. Ha comenzado una contienda de anuncios en los medios masivos de difusión, promocionado por el sindicato y los patrones.

Las huelgas, en realidad una guerra de desgaste —con sus repercusiones— desafían las rutinas del sindicalismo ‘oficialista’ con la realidad de un enfrentamiento entre capital y trabajo asalariado, entre la solidaridad de la clase obrera y la unidad patronal, cuyo resultado no se puede predecir, será decidido en combate político, en las calles y las movilizaciones sindicales que pueden fortalecer los piquetes y la confianza en sí mismos de los huelguistas. Este proceso incrementará el costo social de la lucha contra la clase dominante.

Sin duda, el comandante en jefe de la ofensiva patronal en esta batalla es Steven Burd, presidente de Safeway, dueño de Vons y Pavillons. Burd, que según Reuters, «dirige la línea dura». Proveniente de una familia de patrones en el negocio de los ferrocarriles, Burd es «el adversario más vocal de los sindicatos» en la industria de supermercados, dijo Mark Hugh-Sam, un analista de valores de Morningstar.

Burd rechaza ser entrevistado por Reuters, pero hace poco dijo que la huelga y el cierre patronal son «una inversión en nuestro futuro». Es decir, están dispuestos a «perder» cientos de millones de dólares los dueños si pueden asestarle un golpe contundente al UFCW. Un analista de Merrill Lynch, Inc. ha calculado que las cadenas están perdiendo $131 millones cada semana —una indicación de la cantidad de la «inversión» patronal.

Esta declaración y la intransigencia de las cadenas —no han estado en negociaciones desde el 11 de octubre y ningunas están planificadas— indican que los huelguistas enfrentan una lucha dura, amarga y larga que ya ha revelado las capacidades de la base, los desafíos que enfrentan los sindicatos y la necesidad de forjar un nuevo liderazgo basado en las experiencias que la membresía acumula cada día en la escuela de lucha. Después de un mes de huelga, recomenzaron las negociaciones el 10 de noviembre y terminaron 72 horas más tarde, sin resultados.

«Trato de explicar a nuestra gente», dice un capitán de piquetes, «que [los patrones] quieren romper nuestro sindicato. Quieren todo. Y tendremos que estar aquí, juntos hasta el fin.»

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